[Boletin-originarios N°206] MOMENTO DECISIVO PARA LA VIDA DE LOS PRISIONEROS POLÍTICOS MAPUCHE
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© Getty ImagesEn momentos en que la cuestión de la restitución de los bienes culturales se debate en la escena internacional y en los medios de comunicación, la UNESCO continúa difundiendo un mensaje fuerte para fomentar la cooperación internacional entre Estados y con los representantes del mercado del arte. La Organización recuerda así su compromiso en pro del respeto del patrimonio cultural, en particular cuando posee un carácter religioso o está vinculado con vestigios humanos. La 16ª reunión del Comité Intergubernamental para la Promoción del Retorno de Bienes Culturales hacia sus Países de Origen o su Restitución en Caso de Apropiación Ilícita se inscribe en este marco.
Para leer:
Ahora que me sofocan los bailes
y me asfixia Valencia
me acuerdo de tu pelo al aire
y mis manos en tus caderas
las que ahora danzarán con elocuencia
siguiendo un ritmo cadencioso
haciendo de lo frívolo algo hermoso
Pienso en aquella piel de arena fina
donde encontró regocijo mi boca
en ese aliento que me llenó de vida
cuando las horas se me hacían pocas
Esa piel ahora está a merced del mar
y ese aliento romperá contra las rocas
No me acompañan ni tu pelo ni tus caderas
no más de tu piel ni de tu aliento
Nada de ti que ya no me esperas
nada de mi cuando me lleve el viento
© Hale Sastre.
Más información: http://www.myspace.com/keet_catadau/blog#ixzz0vCsHlONC
halesastr@hotmail.com
Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931, dos años antes que llegara a Argentina. "Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser:

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Espacio Cultura Urbana, PRESENTA:
El 4 de Septiembre en la Universidad Nacional de Tres de Febrero el escritor y poeta Juan Pomponio nos presenta su poemario, junto a la bailarina y coreógrafa Karina Roldán que nos enseña su primer libro.
Poesía y Danza son las palabras perfectas que envuelven el arte de ambos. Estos dos lenguajes artísticos, fusionados en uno solo.
Ese sábado a las 16.00 hs, Juan y Karina nos relatarán sus experiencias artísticas. También nos recitaran sus poemas y se proyectarán imágenes del espectáculo LLUVIAS TORRENCIALES, creado y coreografiado por Karina Roldán, basado en la obra poética de Juan Pomponio.
Los esperamos a todos.
Entrada libre y gratuita.
Buffet.
Esta presentación fue gestionada y producida por Espacio Cultura Urbana CEUNTREF con la colaboración y el apoyo de Unión Universitaria- CEUNTREF y Universidad y Comunidad.
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También buscanos en FB: Espacio Cultura Urbana CEUNTREF y poné "Me gusta"
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Karina Roldán
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EL PRIMER PECADO
Yo en otra vida fui serpiente. Sin duda tente a Eva, la hice morder la manzana, y es indudable que ella tentó a Adán. Y de repente Dios se confundió de era, y lo juro termine en la quinta avenida de Nueva York. En el escaparate de una tienda exclusiva. Convertida en unos “Manolos”
© Carmen María Camacho Adarve
A MODO DE PRESENTACIÓN DE LILIANA MARIA CELIZ
• Premio de la Casa de la Amistad Argentino Cubana, año 1987.
• Tercer premio en el Concurso Nacional de Poesía organizado por la Emisora Lobos, año 1988.
• Finalista en el Concurso organizado por la editorial “Argenta Sarlep”, año 1988.
• Primera mención en el Concurso Nacional de Poesía organizado por la Emisora Lobos, año 1989.
• Mención especial en el concurso organizado por la Emisora Lobos, año 1989
• “Escritura de la novela”, curso dictado por el escritor Antonio Dal Masetto en la Biblioteca Nacional.. Año 2006.
• “Literatura Argentina y Latinoamericana”, curso dictado por el profesor Carlos Dámaso Martinez en la Biblioteca Nacional. Año 2005.
• Curso de análisis de textos, dictado en forma privada por el profesor Roberto Ferro. Desde 1995 y continúa.
• Ha cursado materias específicas en el Departamento de Castellano, Literatura y Latín del Instituto Superior del Profesorado “Joaquin V. González”. Años 1995 a 2000.
• Curso de Teoría Literaria dictado en forma privada por la profesora Isabel Vassallo. Años 1989 a 1991.
• Curso para coordinadores de Talleres Literarios dictado por la profesora Ana Auslender. Desde 1987 a 1990.
Publicaciones
- O elevación de vos o pensamiento” Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2007.
• ¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre?. Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2000.
• Del traje de Eva y su manzana (poemas). Buenos Aires, Último Reino, editado con el apoyo económico de Fondo Nacional de las Artes. 1997.
• Desembocadura, Buenos Aires, Tierra Firme, 1990. Compilación de poemas en conjunto con los poetas Gustavo Baz, Gabriel Rizzola, Carlos González y Chantal Damon. Se editó con el apoyo económico del fondo Nacional de las Artes
En prensa:
A los que fueron pájaros. Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2008.
· Coordinación de Talleres Literarios (poesía y narrativa) en forma privada, así como asesoramiento individual a escritores noveles. Desde 1992 y continúa.
· Coordinación de Taller Literario en el Club Gimnasia y Esgrima, en el año 1997.
· Coordinación del Café Literario “La Salita” en el año 2002. · Coordinación de Talleres en “La Casa de la Cultura del Abasto”, en los años 2001 y 2002. Algunos de sus poemas fueron traducidos al italiano, portuguès, catalàn y gallego
Poemas de uno de mis libros inéditos, aún sin título.
del plano de la voz en el discurso, el habla en el desierto que ha estampado
la locura a su matriz (el vértice en lo externo) a su matriz diurna de las voces
más allá de los desiertos/ lo estampado aquí en el habla en el mundo otoñal
de algún discurso de la voz suprema en la caída de hojas al absurdo
(entre la calle muerta, los gorriones muertos, la mordaza) en el circuito
a lo imposible de la voz
como en planos mi cuerpo visto desde el agua (a través de los muñecos)
ojos enjutos de muñecos muertos que no caen en las noches bailan
al tezón de los ciruelos que amedrentan flores en capullo al olor de los
inciensos/ flores consumidas en las noches al olor de los capullos
en el flanco de las aves revestidas desde el polen (polen líquido en el ave/
en las avejas)
en el espacio de mí que da a la vida
(puentes a los lagos y en las sombras caídas como gradas
desde el fondo en el oleaje súbito del tiempo) lagos y este
tiempo que declina verde en la impostura de la voz a los
derrumbes consumados (cuerpos ateridos de sus brazos
en la noche en algún páramo nocturno y lapidado) aves
de la noche en el crespor del agua del comienzo en el atrás
del campo en la vigilia (días con sus noches en las bridas)/
en la representación de la raíz el bosque/ el árbol pleno en su
desdoble de ramas nimias de su cuerpo (connotación de rama
en su desdoble) en el retorno de ser hoja hacia el comienzo/
páramos silentes derramados blanco en la escanción de ojos
al adentro (en la refloración del ojo al infinito/ tan desdoblado
entonces como verbo) pájaros cayendo como fragua en el
colchón de blanco desde el cielo (a un tope de espesura en el
silencio cae) en floración de hojas como invierno
© Liliana María Celiz
"Lo real crece, lo real avanza.
Un día todo será real y, cuando todo sea real,
será el fin". Baudrillard
Programa literario "Eternos Efímeros" del día 27 de agosto de 2010

Llévame a Atacama que corre el tiempo
y hagamos un ronda de memorias,
33 mineros nos esperan
desde los ciegos 5 siglos
del socavón trabajo,
vetas, metales, desvelos,
venas traspiradas de impotencia,
pieles minerales de la suerte humana,
empeinoso vellón de la conquista,
verdetriste malaquita de la eterna
recuerdan su cena de maíz
cada larga noche
aprisionados a 7o0 metros
con gravedad de oro,
700 metros pesadumbre cobre.
Hoy lunes, como cada lunes,
33 están vivos
resistiendo las entrañas hambrientas
del progreso
y nos piden a sus hijos
que hagamos una ronda
para ofrendar en el hoyo comida,
cigarritos y chicha
a la Pacha enojada.
Redoblemos que están vivos.
No dejemos piedra por mover.
¡Apuremos que corre el tiempo!
http://juandisante.blogspot.com
Buenos Aires - Argentina
© Juan Disante
La madre de Carmen abrió “la tienda de las bromas, su tienda en el número treinta y tres de la calle Millán de Priego, cerca de los jardinillos. Y Carmen Puri, la niña flacucha y con escaso éxito entre los compañeros de clase. Volvió a engatusarme una tarde al salir del colegio –me dijo- muy excitada
“Sabes María mi madre ha comprado la casa de las bromas”
“¿A?, si respondí alucinada”
“Si quieres puedes venir mi madre me esta esperando para hacer unos recados…
Podemos aprovechar el momento –añadió-“.
Y aquella tarde gris y lluviosa la acompañe a la casa de las bromas. Fue vernos su madre entrar por la puerta, y ponerse su impermeable coger el paraguas y salir corriendo, era ágil cual gacela y también flaca.
Me mostró: Extravagantes encantamientos, risas que salían de bocas andantes, muñecas hinchadles que me daban miedo, bromas y tomaduras de pelo se mezclaban con olores a pólvora, petardos y platico un olor envolvente que atontaba un poco.
En La casa de la bromas, se buscaban los artículos de broma que más éxito pudiera tener en cualquier fiesta, por ello, en la tienda se pueden encontrar las bromas clásicas de toda la vida, como bombas fétidas, caramelos picantes, polvos pica-pica, todas clases de gafas de broma, con o sin nariz, con los ojos que se caen, tinta mágica, y también otros artículos de broma más modernos, como los sacos de la risa, postizos de nariz..., pedorretas... todo ello también con las novedades de cada temporada.
En el escaparte de la izquierda había un surtido de mercancías que giraban, estallaban, dentelleaban, y chillaban. Y a la derecha un cartel gigantesco, negro con letras amarillas que decía: VENDEMOS TODA CLASE DE BROMAS.
Dentro, en cajas amontonadas hasta el techo estaba el surtido. Había baúles llenos de varitas mágicas de mentira, las baratas eran se convertían en brujas de goma o monstruos verdes, las caras se enredaban alrededor de la cabeza y el cuello del cliente, y cajas de plumas, que corrigen la ortografía, inventan una respuesta inteligente o se recargan de tinta solas. Tenían un verdugo: un diminuto hombre de madera que camina ascendiendo despacio al patíbulo de la horca, si no deletreas la palabra correctamente ¡se ahorcaba!.. A mi me parecía una broma cruel.
Me ofreció el encantamiento de “soñar despierto”
”Muy realista me parece Carmen Puri,-le dije- “
“Vale – respondió- este te va a gustar mas ya veras: Es un simple encantamiento y
llegarás a la cumbre de la felicidad”.
“Siiii este me parece ¡genial¡ -conteste-“
“O tal vez te guste mas; El ensueño de veinte minutos, fácil para utilizar en mitad de un examen de matemáticas e indetectable (los efectos secundarios incluyen expresión distendida y babeado menor).” No se vende a menores de seis años” –prosiguió-.
Ya estaba yo empezando a marearme; el olor de la tienda, la acumulación de genero e intuía que si, otra vez volvería a engañarme.
Mira Carmen Puri; pasa el tiempo y va a regresar tu madre ¡haz ya un encantamiento¡
Mientras miraba extasiada un estante con trucos de cuerda y naipes: Trucos mágicos, el tren de la bruja de hojalata. (Ese era bastante bueno de hecho logro realizarlo cuando se hizo alcaldesa.
“Démonos prisa –dijo- mi madre esta al llegar, mira ¿quieres este Sombrero de copa de cartón negro” (invitas a tu acompañante a hechizarte cuando lo llevas puesto y le miras a la cara cuando el hechizo simplemente rebota), El ayuntamiento compra muchos de estos sombreros”.
“Venga dame el sombrero de copa, lo mismo un día puede servirme”.
Y, Carmen Puri, metió el sombrero con toda rapidez en una bolsa de papel marrón.
“Quieres Polvo inmediato de oscuridad (lo importan de Perú). Para hacer un escape rápido-por si entra mi madre de pronto a la tienda”
“¡Claro, Carmen ese me parece el mas urgente¡” y lo introdujo en la misma bolsa.
No me interesaron los detonadores de Señuelo, cuernos negros. Calderos bromistas, pociones de amor (dependen del peso del chico y del atractivo de la chica).
Ni las bolitas de pelusa redondas de colores, que giraban alrededor del fondo de una jaula y emitían agudos chillidos. Bastante cariñosos.
Con mi mercancía, Salí a la calle, era ya casi de noche y llovía copiosamente. Llegue corriendo a mi casa, llame al timbre y salio a abrirme la puerta mi madre que estaba trasteando la cena. ¡Se puede saber de donde carajo vienes a estas horas niña¡ Me dijo muy enfadada, ¿Qué escondes en esa bolsa?, nada madre juegos de magia. ¡Anda ayúdame a poner la mesa que vamos a cenar¡ ¡que pareces tonta¡
El sombrero de copa jamás me fue de ninguna utilidad: necesitaba un compañero, soy una mujer y nuca vestiré de frac. Pero debe seguir siendo útil entre los ediles, concejales, partidos políticos y demás vainas. El polvo inmediato de la oscuridad del Perú sin embargo me ha sido y sigue siendo de gran utilidad: en esas ocasiones que uno quiere que se lo trague la tierra…Y sobre todo para gastarle bromas a la secretaria de la alcaldesa. Ya que mi situación no ha cambiado; sigo siendo una poeta muy pobre y todos los meses mantengo la buena costumbre de pedir audiencia pero sigue sin recibirme a pesar de todos los encantamientos que debe guardar. Pero mi querida Carmen Puri no tienes el mejor. El polvo inmediato de la oscuridad y mira tu que estoy pensando en sorprenderte de vez en cuando en la alcaldía, de donde deben salir muchas bromas de todo tipo, de mal gusto, para reír, y de noche como por ensalmo desaparecen, medianas, árboles y calles enteras y la broma mas gorda es el tranvía reminiscencias de “la casa de las bromas”.
© Carmen María Camacho Adarve
© Carmen María Camacho Adarve
Siguen vivos los 33 mineros sepultados en una mina de Chile
Las víctimas amarraron un mensaje y una carta a una sonda para informar de que siguen vivos después del derrumbe en el yacimiento de San José, hace 18 días. Mundo - 23/08/2010 Los 32 mineros chilenos y un boliviano que habían quedado atrapados por el derrumbe en la mina de San José, en la región de Atamaca, situada a 950 kilómetros de Santiago, dieron una alegría al país al hacer llegar al exterior una nota que indicaba que todos seguían vivos. Uno de ellos, Mario Gómez, de 65 años, aprovechó para amarrar a la sonda una carta destinada a su mujer.
Los 33 mineros, todos ellos con experiencia, consiguieron concentrarse en el refugio de la mina, hasta donde los especialistas intentan llegar por medio de sondas. Las escasas medidas de protección de los yacimientos y el hallazgo de mapas erróneos de la mina han provocado una dura crítica a los responsables de la compañía minera San Esteban, dueña del yacimiento.
El presidente de Chile, Sebastián Piñera, agradeció a las víctimas y a sus familiares el temple que han mantenido desde el accidente y pidió la colaboración de todos para efectuar un rescate que podría demorarse entre tres y cuatro meses. La prioridad del equipo de rescate es ahora mantener a los 33 hombres en las mejores condiciones posibles y hacerles llegar agua y alimentos.
Radio Televisión Canaria -
El pasado 10 de agosto falleció a los 86 años en Francia el lúcido poeta, filósofo, ensayista y traductor Roger Munier, quien fuera amigo entrañable de René Char, Paul Celan, E.M. Cioran e Yves Bonnefoy, entre otras grandes voces de la literatura universal.
Nacido en Nancy, el 21 de diciembre de 1923, estudió filosofía y teología y dirigió la colección el Espacio Interior de Editorial Fayard de París. Publicó numerosos textos de budismo, hinduismo, islamismo y taoísmo. Sus traducciones del alemán, inglés, griego antiguo, español y japonés, son piezas de culto en su Francia natal y contemplan la obra de Heidegger, Silesius, Kleist, Paz, Juarroz, Porchia, Heráclito, y el memorable libro Heidegger, Silesius, Kleist, Paz, Juarroz, Porchia, Heráclito,Haiku – de las cuatro estaciones.
Es autor de las siguientes obras: Contra la imagen (1963), El instante (1973), La visita que jamás viene (1983), Éxodo (1993); La ardiente paciencia de Rimbaud (1993), Orfeo (1994), La dimensión desconocida (1998), La cosa y el nombre (2001) y Las aguas profundas (2007)...
En 1972, desde Friburgo, Martin Heidegger, definitivo amigo de Munier, le envió una misiva donde analiza la “Carta del vidente”, que se ha convertido en un documento imprescindible para los estudiosos del infante iluminado, reproduciéndose en numerosas lenguas.
El exilio de Rimbaud, el ejercicio de la traducción, la pedagogía de la videncia, son algunas de las fronteras aquí franqueadas por este poeta que nos ha revelado en uno de sus textos:
“Hay otro mundo,
escondido en este.
Nosotros lo sabemos al crepúsculo.”
***
«Amigos poetas: Al recibir el cuestionario de la entrevista me sorprendió hallar en el sobre el lugar del remitente, pues Colombia es un país que recorrí en los años cincuentas y por tal motivo me pareció que se reintegraba mi pasado. Conocí esa patria, estuve en Bogotá, viajé a aquello que llaman clima caliente, amé ese rayo horizontal y murmurante denominado río Magdalena. Estuve en Girardot y en Barranquilla. Allí me ocurrió algo que los poetas conocen desde siempre, aprendí a dialogar con lo otro, no sólo porque el español me ofrecía esa posibilidad, como el alemán, el inglés y otras lenguas que hablo, sino porque conocía una cultura que me daba la opción de mirar a la mía desde afuera. El poeta es quien puede escapar de su mundo para regresar a él sigilosamente antes del amanecer.
Adjunto mis opiniones esperando no empobrecer los interrogantes que me han formulado y que son siempre y en toda circunstancia más definitivos y perdurables, que las inocuas, arrogantes y falaces respuestas que pueda dar un ser sobre la Tierra. Con mi abrazo de fraternidad, Roger Munier. Les Erables, Francia».
—Siguiendo la orientación de su obra, ¿la filosofía debe ser un dominio de lo poético?
—Dominio es una palabra ambigua. Puede significar «domaine», el sentido del territorio que poseemos, y también dominación, autoridad, tutoría, imperio sobre... Me preguntan si considero que la filosofía es un «dominio» de lo poético. Por consiguiente, asumiendo esta ambigüedad del término, donde ella vendría solamente a tomar lugar, respondería: No. La filosofía no es un sector de lo poético. La filosofía es interrogante, y la poesía adhesión, aunque ella misma cuestiona, sobre todo canta. La filosofía no canta. Ella interroga. Y justamente, entre todo eso que cuestiona, existe también la poesía. Allí su interrogación es prudente y permanece en vilo. La filosofía se queda como pasmada ante la poesía. Ella interroga en ésta su cara a cara, y casi su contrario. Yo afirmaría: como el hombre interroga, la mujer responde... Interviene entonces el segundo sentido de dominio, que le conviene más en propiedad: el de autoridad, de tutoría. Pero es restricto, si no molesto, en este cara a cara, como el dominio del hombre en la confrontación hombre-mujer... La filosofía, dentro de su mirada clara, interroga conjuntamente los límites y la gloria de la poesía. Si ella ve bien los límites, ella queda fascinada por la gloria. Es la experiencia que yo realizo y de la cual consigo quizá, aquí y allá, dar forma en un decir que se quisiera unitario.
La poesía tiene grandes recursos en el alcance. Yo pienso en cuanto a mí, que la filosofía —digamos mejor el pensamiento—, ganaría en integrar a la poesía en su pensar y por derivación en su palabra. El cara a cara no debería permanecer como un simple «uno frente al otro», pues él conduce naturalmente al encuentro, tiende a la unión. En la contienda hombre-mujer, esto es lo que llamamos el amor. Y nosotros sabemos que en el amor, cada uno de los compañeros termina finalmente siendo lo que es, excepto en el momento fugaz del abrazo donde se opera la unidad de tensión que definió bastante bien la expresión de «combate amoroso». ¿Nosotros podemos esperar que filosofía y poesía, no existieran más que en breves instantes, alcanzando en este bello encuentro un decir más fresco y originario? Esto, en todo caso, es lo que yo busco...
—¿La incomunicación a la que nos condenó el lenguaje, es aquello denunciado en varios de sus poemas?
—El lenguaje es una equivocación, la más cruel inventada por la humanidad, y cuando más se extiende su eclipse sobre nuestro rostro, sobre nuestro cuerpo, más solos nos sentimos; a no ser que esa misma oscuridad —como ocurre algunas milagrosas veces— que generan las palabras por no lograr apresar nuestras ideas o sentimientos, dé paso al amor o al reino de lo poético, pues allí todo parece corregirse en un relámpago.
—¿Aún es posible pensar en la herencia de lo «desconocido» y en el poder profético concedido a la palabra por algunos románticos iluminados?
—Sí, podemos hablar siempre de «videncia» en poesía. A condición justamente de que la poesía cese —como lo demandó Rimbaud en la Carta del vidente—, y se ocupe simplemente de «ritmar la acción» humana, para proyectarse «adelante», en lo desconocido.
—Podría hablar sobre sus acercamientos a escritores como Heidegger, Char, Paz, Porchia...
—Literariamente yo padecí, poco de influencias. Digamos que mi gran maestro fue y seguirá siendo Martin Heidegger, cuyo pensamiento y amistad tuvo sobre mí un extraordinario poder despertador. Primero, revelándome la dimensión de la nada, digamos más bien de la nada como «rien» en francés (Nichts en alemán), siempre insistente en el horizonte del hombre. Y además instaurando un cuestionamiento sobre las relaciones fecundas entre pensamiento y poesía. En materia de escritura, yo no he hecho sino intentar obedecer lo más justamente a una difícil exigencia dentro de la claridad.
—¿La marginalidad de lo poético, la exclusión orquestada por una sociedad vana y pragmática, hace obligatorio el aislamiento del poeta como lo postuló René Char al escribir: «Hiciste bien en partir, Arthur Rimbaud?»
—Es seguro que la verdadera escritura no comienza sino con el sentimiento profundamente experimentado en su poco de peso, frente a otra cosa que nos atormenta y es su origen como escritura, sin que jamás ella sepa eso que es, que la funda y la magnífica, pero la rebasa. Es por esto, me parece, que Rimbaud partió. La escritura para él (¡y por tanto aquella escritura!) no le hizo más peso. Es aquello que pretendo probar entre otras cosas, en el extenso libro que escribí sobre el destino global de Rimbaud, palabra y silencio: L’ardente patience d’Arthur Rimbaud, que aparecerá pronto en Editorial Corti. Ahora, si ella está bien: «adelante», la poesía será siempre «marginale», y quizá primero, para el poeta mismo.
—La fácil poesía conversacional, coloquial-cotidianista, simple moda en Hispanoamérica, ¿qué territorio posee actualmente en el ámbito europeo?
—Me parece que la ligera poesía conversacional que es en efecto moda en América Latina, no ha encontrado refugio en Europa, sino bajo la forma de la «canción», muy viva en nuestro ámbito, y que le habla a un gran público. La canción se aleja más y más de una poesía hermética (y lo es, en efecto, en el cara a cara al que me referí, que la concierne tanto como al pensamiento). La forma más degradada de esta tendencia del puro reflejo de lo cotidiano habría que buscarla, en primer término, en el estúpido video-clip dentro del audiovisual omni reinante.
—Su labor de traductor y editor es reconocida. ¿La traducción es traición pero también lealtad con el Espacio Interior, una ofrenda de nuestra voz y nuestro silencio?
—Yo he traducido, en efecto, bastante. Primero y ante todo, aquello que habría querido escribir yo mismo. El hecho es especialmente cierto en Porchia, en Juarroz; que publiqué en mi colección L’Espace Intérieur. Yo hice conocer al gran público en Francia a esos dos autores admirables. También capté la atención de numerosos lectores sobre Angelus Silesius, en mi selección de dísticos: L’Errant chérubinique (1970) y sobre el Haiku (1978), en una antología que ha llegado a su cuarta edición. A lo cual se agrega mi reciente traducción comentada de los Fragmentos de Heráclito, en Editorial Fata Morgana. Todo aquello compone un paisaje interior que es el mío, y que yo puedo, me parece, integrar al conjunto de mi obra. Traducir, para mí, es aumentarse en una y otra dimensión.
—¿La imagen poética surge de la dialéctica y la trasciende, la riqueza de la ambigüedad es la gran herencia de la poesía moderna?
—La imagen poética es en efecto la forma suprema de la «dialéctica», ella ajusta en una suerte indecible, dos términos en apariencia extraños o lejanos el uno del otro, sí no contrarios. Las más justas imágenes apaciguan una tensión, revelan una inmóvil fascinación que súbita nos aborda, a través de un ensamblaje milagroso de palabras. Esta inmovilidad, a mis ojos, es la misma que el pensamiento considerado, sin poder asirlo. En la imagen reside la gran fuerza de la poesía. Fuerza que es sólo de ella y que el pensamiento le envía. Me hablan de «ambigüedad». Es verdad que la imagen, aproximada según los criterios objetivos, parece ambigua. Pero los criterios objetivos no tocan el fondo de las cosas. Ellos no se aplican sino en un perímetro restringido que representa nuestra aproximación objetiva al mundo. Esta aproximación permite una influencia, que es aquella de la ciencia y de la técnica, de efectos sorprendentes. Pero el mundo así aproximado no es «el mundo», no es más que su superficie. Desde que nosotros dejamos esta superficie, la «ambigüedad» reina. No tengamos miedo de ella, pues ella es lo real mismo, inasible.
—¿Es posible reconciliar al arte con la ciencia —como sueña Saint-John Perse— aún después de la guerra atómica y de los demás sofisticados artilugios de destrucción?
—Por lo dicho anteriormente, yo no pienso que nosotros podríamos reconciliar el arte con la ciencia. O no se tratará sino de un arte acompañante, que también a su manera, «ritmará la acción». El gran arte escapa al «dominio» de la ciencia. Yo pienso incluso que escapa al mundo. En todo caso, con certeza, a este mundo que la ciencia nos impone, que no es más que un mundo de exilio, cargado por lo demás, de una pesada amenaza.
—¿Haría una propuesta para el nuevo milenio?
—Mi voto para el nuevo milenio, es que él simplemente pueda tener lugar...
(Les Erables, Francia, 1993)
EDÉN DE ROGER MUNIER (fragmentos)
(Vertidos al español por Gonzalo Márquez Cristo y Roger Munier)
En este momento también
el abismo está abierto,
donde todo se precipita
con rumor de grandes aguas
* * *
En la noche casi llegada,
el cerezo en flor,
inmóvil, irreal,
como un vigilante blanco
* * *
Todo se posee, es verdad,
en la luz.
No ver sino el contorno.
La luz dice la presencia.
El contorno está vacío
* * *
Mi flecha partió
sin tocar blanco.
la presa es ella misma,
ella sola,
extraviada.
* * *
Prefiero el alba
que en su fulgor aún
retiene la noche
* * *
Los que creen en la vida
y quienes creen que no es sino un sueño
tienen sendos puntos donde son fuertes
y otros donde su certidumbre tiembla
* * *
Atento al mundo sin sentirlo,
en una suerte de distancia extraviada,
de calma delirante
* * *
El mediodía avanza…
Escucho el gong
el gong fúnebre
del verano.
* * *
Puedo sentir que no deseabas
POR CULPA DE LA BOSANOVA
Mi mujer se llama Rosangela; yo, Fabio. «Somos una pareja brasileña, llegamos a Granada a un pueblito en busca de pistas de baile o discotecas. Somos, un matrimonio joven, nos gusta mucho bailar, Como consecuencia, vamos por la noche a bailar a la discoteca del pueblo parte de nuestra vida transcurre en asuntos sociales, en las colas de inmigración, el paro, las de caritas..., por nuestra situación casi indigente nos remuerde la conciencia salir de discotecas, sin embargo no podemos dejar ir a bailar, normalmente nos suele amanecer en la pista de baile o tomando mojitos.
No hacemos esfuerzo alguno para destacar. Sin embargo -y hablo con objetividad - Rosangela y yo somos siempre los más caribeños, los más bailones, los más inteligentes: los reyes de las discotecas.
Nosotros, en realidad, somos personas tímidas y reflexivas, por nuestra situación, silenciosos, dados al íntimo diálogo; personas que que huimos de las multitudes, las músicas estrepitosas, la frivolidad, las conversaciones olvidables, las risas porque sí...
Y entonces..., ¿Por qué no podemos dejar de ir ni una sola noche a una discoteca?
Será porque, Rosangela y yo tenemos carácter débil y no nos atrevemos a decirnos que no. Camino de la discoteca, y vamos sumidos en oscuros pensamientos, amargas dudas, y sentimientos de culpa. Pero, una vez que entramos en el ruido de la discoteca, las voces, los que están bailando, las carcajadas, la música las bromas nos hacen olvidar, nuestra indigente situación, el mal rato de estar allí en contra de nuestra voluntad.
Y de vuelta a casa... ¡cómo nos duele considerar cuán débil es nuestra situación!, ¡qué sensación penosa, la de nuestra impotencia!, ¡qué horrible, vernos obligados a ir siempre a la discoteca!
Agobiados por un problema semejante al nuestro, dos personas vulgares habrían caído en la depresión. Rosangela y yo, lejos de ello, estamos en plena campaña para evitar nuevas situaciones de peligro, para no ser más los que mejor bailamos los ritmos caribeños en la discoteca. Hemos elaborado un plan cuyo fin es hacernos antipáticos, odiosos, aborrecibles.
Ahora bien, estando en las discotecas, no tenemos valor para mostrarnos antipáticos y, mucho menos, odiosos o aborrecibles. Hasta tal punto estamos compenetrados de nuestro papel de reyes de la salsa. Pero en nuestra casa, donde el sosiego invita a la reflexión y a donde no llega el pernicioso influjo de las discotecas, nos transformamos en los parias que somos, comiendo de caritas, sin poder pagar la luz, y a veces el agua, nos convertimos en la antítesis de los reyes de la pista de baile.
Al poner en práctica nuestro plan -hará unos meses-, aún adolecía de muchos fallos. Nuestra inexperiencia, nuestra emoción, nuestra falta de sangre fría nos hizo cometer, al principio, algunos errores importantes. Pero el hombre aprende toda su vida: poco a poco, Rosangela y yo fuimos mejorando. Exageraría si dijera que hemos alcanzado la perfección: sin embargo, declaro que nos sentimos contentos, satisfechos, hasta orgullosos, de nuestro último desempeño. Ahora estamos esperando los frutos.
Hay alguna pareja que simpatiza especialmente con nosotros y está deseando venir a bailar. No tenemos inconveniente en que nos acompañen, sólo que nos permitimos dejar al máximo el instante de invitarlos. Cuando esto pase, la pareja -sea unión de jóvenes inconformistas- o un proyecto de -matrimonio- pero no está esperando otra cosa, y se precipitan a la pista.
Al matrimonio Rodríguez lo hicimos esperar mucho, tiempo para que viniese con nosotros. Es que, dada su peligrosidad, con esa gente había que tener cuidado: prefería no improvisar, quería que estuviéramos muy bien preparados.
De más está decir que aborrezco a Rodríguez: su poca espiritualidad, su codicia, su burdo humorismo, su afán por agradar, su rostro impecablemente afeitado, sus ojillos inescrupulosos de abogado, su ropa de primera calidad, sus uñas cuidadas por la manicura, su suspicacia,
Rosangela y yo somos casi indigentes. Pero vivimos con alegría, no podemos renovar a menudo nuestro vestuario, solo cuando tenemos suerte en los contenedores de basura. Los propietarios de nuestra vivienda son gente del ayuntamiento y posemos un viejo automóvil.
En la planta baja hay una churrería, luego esta la entrada de la casa de abajo y, pegada a ella, la puerta de la nuestra: ésta se abre directamente a una empinada escalera de losas negras que conduce al primer piso, donde empieza nuestro hogar.
A nosotros nos gusta la casa: es más grande de lo que necesitamos, de modo que, en caso de emergencia, podemos cambiar los muebles de una habitación a otra y realizar otras operaciones estratégicas.
Un día los Rodríguez vinieron a visitarnos inevitablemente tocaron el timbre de Walter el chileno, por lo que recibió la pequeña descarga eléctrica que yo tenía prevista. Por supuesto, la culpa es de Víctor: ¿quién le manda tocar el timbre de una persona desconocida?
Las orejas pegadas a las persianas, Rosangela y yo escuchábamos con agrado las conjeturas de los Rodríguez:
-¡Te digo que el timbre me dio una patada!
-Te habrá parecido...
-Llama, vas a ver
-¡Ay! ¡A mí también!
-¿Has visto? ¿No sonará el timbre, arriba?
-¿Esta bien el número de la casa?
-Claro...
Entonces asomé la cabeza por la persiana y, cubierto por un sombrero impermeable y un paraguas, grité desde el primer piso:
-¡Víctor! ¡Víctor!
Feliz de oír mi voz, quiso verme y se corrió hasta el borde de la acera, con lo que se mojó muchísimo más. Echó la cabeza hacia atrás y descuidó por completo el manejo del paraguas.
-¿Cómo te va, Fabio? —gritó, entrecerrando los ojos por el agua que azotaba su rostro.
-Muy bien, muy bien, muchas gracias -contesté cordialmente-. ¿Y su señora? ¿No habrá venido solo, no?
-Aquí estoy –dijo-, solícita, Carmen, precipitándose junto a Víctor: era maravilloso contemplar cómo corría el agua sobre su compacto peinado y sobre el maquillaje de su piel.
-¿Qué tal, Carmen? ¿Cómo esta? Siempre buena moza, eh... –dije-. ¡Qué lluvia más inoportuna! Esta mañana hacía un tiempo espléndido... ¿Quién se iba a imaginar que...? Pero..., ¡bueno! ¡No se estén mojando...! Pónganse contra la pared, que en seguida les abro.
Cerré la ventana y dejé pasar quince minutos. Al cabo, volví a llamar:
-¡Víctor! ¡Víctor!
Se vio obligado a volver a la acera.
-Disculpe la tardanza –dije-: no encontraba la llave. Por ninguna parte.
Víctor a duras penas mostró una lamentable sonrisa de comprensión.
-Tome la llave –añadí-. Atrápela al vuelo y abra usted, si me hace el favor. Está en su casa.
Se la arrojé con tan mala puntería, que la llave fue a caer en el agua del filo de la acera. Pedro tuvo que agacharse y revolver un rato con la mano el agua oscura. Cuando se incorporó, habiendo ya conquistado la llave, estaba como una sopa chorreando.
Al fin, abrió la puerta y entró. Ya dije que la escalera es negra: de manera que, apenas oscurece, ya no se ve nada. Víctor tanteó la pared en la oscuridad hasta que encontró el botón de la luz. Desde arriba oí clac, clac, clac, pero la luz no se encendía. Entonces grité:
Anda que justamente ahora se funde la bombilla, Víctor. Suban despacio, no sea cosa que se vayan a caer.
Fuertemente agarrados de ambos pasamanos y a la incierta luz de efímeras cerillas, los Rodríguez subieron vacilantes la escalera. Arriba los aguardábamos Rosangela y yo con nuestras mejores sonrisas:
-¿Cómo le va a la simpática parejita Rodríguez?
Víctor se disponía a estrecharnos las manos, cuando un grito de horror de Rosangela lo petrificó:
-¡¿Qué tienen en las manos?! ¡Cómo se han manchado! ¡Qué pena, las ropas! ¡Y ese visón tan fino de Carmen!
Gigantescas manchas amarillas cubrían el flanco derecho de Víctor y el izquierdo de Carmen.
-¡Qué disparate! -Me indigné-. ¿A que a Cecilia se le ocurrió pintar las barandillas de la escalera precisamente hoy? ¡Qué muchacha, ésta!
-Cecilia es la limpiadora que nos mandan del ayuntamiento -dijo Rosangela, dando por terminado el tema-. Nos tiene cansados con sus torpezas.
-Mañana mismo -alegue, con gesto trágico e índice admonitorio- pongo en conocimiento del ayuntamiento las cosas de Cecilia es muy rara y que la pongan de patitas en la calle.
-Pobre chica -dijo Rosangela-. Justamente ahora que estaba aprendiendo... Si ya era como de la familia.
-¡Que la pongan de patitas en la calle! -repetí con mayor énfasis.
- Piensa que la pobre es madre soltera, que tiene dos bebés. ¡No seas inhumano!
-No soy inhumano –señale-. Soy justo, que es muy distinto.
-La justicia no se puede sostener sin una base humanitaria -añadió Rosangela-. Un filósofo griego decía que, cuando las nubes tapan el sol, los carpinteros, en cambio, cosechan manzanas.
Y, dejando olvidados a los Rodríguez, Rosangela y yo nos metimos en un jardín de polémica, de citas disparatadas y autores apócrifos. Este diálogo fue muy largo e ilustrativo.
Los Rodríguez escuchaban nuestra conversación, ansiosos por intervenir pero -negados como eran- sin saber qué decir. Evidentemente, sufrían..., pasaban un mal rato. ¡Con qué arte lo disimulaban!.
De pronto, recordamos la existencia de los Rodríguez y los ayudamos a despojarse de sus impermeables, paraguas y abrigos
Los Rodríguez habían visto nuestras indumentarias y habían fingido no haber notado nada especial en ellas. Rosangela y yo, implacables, no los íbamos a eximir de la desagradable experiencia de observar nuestras ropas mientras, a su vez, eran atentamente observados por nosotros.
-Mire, Carmen, mire -repetía Rosangela, girando sobre sí misma.
Estaba despeinada y sin pintar. Vestía una blusa muy vieja y remendada, y una sencilla falda, cubierta de lamparones de grasa y con el falso descosido. Tenía las medias llenas de grandes agujeros y de largas carreras, y, sobre las medias, dentro de unas chancletas destrozadas.
-Mire, Carmen, míreme...
Carmen no sabía qué decir.
-¿Y yo, que? –intervine-. ¡Ni camisa tengo!
En efecto, me había puesto un chaleco ensanchado verde de barrendero municipal directamente sobre una agujereada camiseta de algodón. Directamente sobre mi cuello, una vieja corbata deshilachada. Un grisáceo pantalón de albañil y alpargatas negras completaban mi atuendo.
-Así es la vida —filosofe, mientras me rascaba una barba de cinco días y mascaba un palillo de dientes—. Así es la vida, amigo Víctor, así es la vida.
Víctor asintió con la cabeza, por completo desorientado.
-Así es la vida -repitió, cual loro.
-Así es la vida -insistí aún mas-, «ansí es el mundo amigo: ¿Qué le parece?
- Sí -se apresuró a decir-.
-¿Se da cuenta, Víctor?
-Sí, sí, -dijo-.
-Hoy tiene usted muchísimo dinero -añadí, hincándole mi índice en su pecho-. Tiene éxito social. Tiene inteligencia. Tiene cultura. Tiene una mujer hermosa. Tiene todo, ¿no es cierto?
Me detuve y lo miré fijamente, obligándolo a una respuesta.
-Bueno..., tanto como todo... -sonrió débilmente, como dando a entender que prefería no ufanarse de sus capitales.
-Mañana puede perderlo todo -dije entonces con oscuro acento, para mostrarle otra faceta del drama de la vida. Puede perder su fortuna. Puede ir a parar a la cárcel. Puede enfermar gravemente. Su inteligencia puede atrofiarse, su cultura diluirse. Puede ser despreciado... Su mujer puede ponerle los cuernos... irse con otro.
Seguí un largo rato apostrofándolo con la visión de un futuro atroz de cautiverios, enfermedades y desdichas. Formábamos una curiosa escena: un mendigo harapiento pontificaba ante un caballero de rigurosa etiqueta. Éramos una suerte de alegoría sobre los desengaños del mundo.
Mientras yo monologaba, los ojillos de Víctor saltaban preocupados de aquí para allá. ¡Qué escarnio, haber vestido sus mejores ropas y ser recibidos por dos vagabundos mugrientos, plañideros melancólicos! « ¡Cómo!», parecían pensar, « ¿y las ropas y la elegancia que siempre lucieron en las discotecas?».
-Estamos en la ruina, amigo Víctor -dije como respondiendo a su pensamiento-. Ayer tuvimos que malvender los muebles del comedor.
Los Rodríguez pasearon entonces -como si fuese necesario- una estúpida mirada por el evidentemente desierto comedor.
-De manera -dijo Rosangela- que no nos queda otra que cenar en la cocina. Después de cenar saldremos a bailar.
—...y tampoco tenemos mesa en la cocina, así que vamos a tener que comer sobre el mármol del fregadero. Si quieren ir pasando...
Observé los rostros de los Rodríguez: por ellos pasaron rápidamente el estupor, la incredulidad, la cólera reprimida.
La cocina era una suerte de monumento en homenaje al desorden, a la desidia, a la suciedad, al abandono. Dentro del fregadero, a medio sumergir en un agua espesa de tan pringosa, en la que flotaban restos de comidas, se amontonaban platos, ollas, fuentes, cubiertos, cacerolas pegajosas... Tirados aquí y allá por el piso, había periódicos viejos y húmedos. Contra una pared, se destacaba una enorme bolsa de basura, desbordante de desperdicios, sobre el que corrían y se agitaban multitudes de moscas, cucarachas y gusanos. Flotaba un olor de grasa, de frituras, de papel mojado, de agua estancada...
Los Rodríguez estaban muy serios.
-En dos minutos -dijo Rosangela, en dos minutos picamos algo -y señaló el mármol del fregadero, cubierto también de restos de comidas y latas de atún vacías -y comemos...
Rosangela se echó a llorar estrepitosamente. Carmen, haciéndose la humanitaria, intentó consolarla.
-Pero, Rosangela, ¿qué le pasa? ¡Por Dios...!
-... es que, es que... -tartamudeó Rosangela, entre sollozos e hipos-, es que no tenemos dinero.
-¡Todo, todo hemos perdido! –chillaba-. ¡No tenemos nada! ¡Todo, todo, malvendido! ¡Hasta mi vestido de primera comunión! ¡Todo, todo, perdido... por culpa de el baile!
Y me señaló con un trágico índice acusador.
-¡Sí, sí y sí! -insistió, llorando cada vez con más fuerza y dirigiéndose a los Rodríguez, poniéndolos de testigos de sus desdichas-. ¡Todo por culpa del baile! ¡Yo era feliz en casa de mis padres! Éramos ricos, vivíamos en San Paulo, en una casa grande y alegre, con un jardín de rosas... Un mal día, aquella felicidad quedó truncada... Un mal día llegó un monstruo, un monstruo que estaba al acecho de mi belleza y de mi juventud, un monstruo que se aprovechó de mi inocencia... el baile.
-¡¡¡Rosangela!!! -insistí, con rabia concentrada.
Ella, ignorándome, continuó dirigiéndose siempre a los Rodríguese:
-El monstruo de la bosanova tenía forma humana y tenía un nombre: se llamaba... ¡salsa! -y subrayó este nombre oprimiendo el puño cerrado contra su frente-. Y este monstruo me sacó de mi hogar, me arrancó del cariño de mis padres y me llevó con él. Y me hizo pasar una vida de privaciones, y perdí toda mi fortuna en el bingo y en el casino...
Me puse a llorar y a rivalizar con Rosangela sobre quién gritaba más fuerte. ¡Qué manera de llorar! Llorábamos con tanto placer, que llegó un momento en que nuestras lágrimas resultaban casi sinceras.
Los Rodríguez, pálidos y lóbregos, estaban desconcertados. Habían llegado a nuestra casa -a la casa de los reyes de la fiesta- con la certeza de gozar de una velada agradable, y se encontraban ahora, dentro de sus lujosos trajes, como espectadores de una incomprensible pelea entre un matrimonio de menesterosos.
Algo nos decían, pero nosotros, concentrados en el placer de nuestro llanto, no les prestábamos atención. Rodríguez me arrastró hasta la pared, cerca de la bolsa negra de basura, palmeándome afectuosamente la espalda.
-Ya vendrán tiempos mejores, hombre –decía-. Dios aprieta, pero no ahoga.
Ese aprieta, unido a sus pienso de que y a sus estuvisteis habituales, me dio renovados ánimos para seguir.
-No hay que desesperar -insistía, y el desesperado era él: bien se veía que deseaba desaparecer lo antes posible.
Ya llegaba Carmen, sosteniendo a la desfalleciente Rosangela, hasta mi lado; ya nos instaban a la paz; ya nos reconciliábamos...
Enjugándose las lágrimas y sonándose la nariz, Rosangela despejó el mármol a su manera: empujó negligentemente con el revés del brazo las latas y los platos hasta hacerlos caer en el agua sucia del fregadero. Pero, de todos modos, el mármol quedó lleno de migas y restos de comidas: a modo de mantel extendió sobre aquellas protuberancias uno de los periódicos que recogió del suelo. Sobre el diario puso cuatro platos de loza desconchados, cuatro cucharas rumientas, tres vasos de distintos modelos y colores, y una taza para café con leche.
-Sólo tenemos tres vasos –explicó-. Yo bebo en la taza.
Nos sentamos los cuatro contra el mármol. Nuestras rodillas chocaban con las puertas del aparador que forma parte de la estructura general del fregadero. Estábamos incomodísimos. Las moscas revoloteaban sobre nuestras cabezas, las cucarachas corrían por las paredes, los bichos se arrastraban por el suelo. Extraña figura hacía Rodríguez, sentado, en medio de esa suerte de basural, con smoking, camisa impoluta, junto a su mujer, con blanco vestido escotado y valiosas joyas. En cambio, Rosangela y yo guardábamos armónica coherencia con ese ambiente sórdido y sucio.
-Hay plato único —dijo Rosangela, disculpándose—. Sopa de fideos.
-¡Qué ricos! -exclamó Carmen, como si alguien pudiera considerar sabroso ese plato para enfermos.
-Sí, son ricos -admitió Rosangela-. Lástima que, por la pelea, se quedaron con poca agua.
Y de una olla toda chorreada empezó a sacar unas informes madejas de fideos resecos, y ya fríos, y a distribuirlos en los platos.
-Carmen -dijo Rosangela-, ya que está al lado del fregadero, ¿no podría llenar los vasos con agua, por favor? Vino no tenemos...
Carmen se levantó resignadamente y abrió el grifo. De acuerdo con lo previsto, el agua brotó con extraordinaria presión, rebotó en los utensilios del fregadero salpicó a Carmen con restos de comida su vestido blanco.
Los Rodríguez comían con cara de asco y, para no ofendernos, trataban de disimularla. Estaban perplejos: ¿éramos realmente nosotros los reyes de la fiesta...? ¿No seríamos dos impostores...?
Terminaron como pudieron su sopa reseca, bebieron un poco de agua en los vasos agrietados, y dijeron que querían retirarse, que tenían no sé qué compromiso... Pese a que los exhortamos reiteradas veces a comer más sopa, insistieron en que debían retirarse, desaire que, por cierto, nos dolió. Vistieron sus abrigos, se cubrieron con sus impermeables y descendieron la escalera.
-No toquen los pasamanos -advertí-. Miren que está recién pintado.
Antes de que subieran al coche, los saludamos afectuosamente a través de la ventana:
-¡Hasta la vista, amigos! ¡Ha sido un placer! ¡Ojalá pudiéramos repetir estas reuniones tan gratas más a menudo!
Nos saludaron rápidamente con la mano y se precipitaron dentro del automóvil, que partió a extraordinaria velocidad.
Ha pasado más de un mes. Confiábamos en que, durante ese lapso, los Rodríguez nos hubieran puesto verdes lo suficiente para disuadir a cualquiera de invitarnos a otra fiesta. Pero, por desgracia, nuestra fama es demasiado sólida: no es fácil destruirla mediante el vilipendio.
De modo que ahora nos hallamos en la discoteca. Vestimos nuestros mejores trajes, ostentamos las sonrisas más mundanas, exhibimos la más cálida cordialidad. Vemos a los Rodríguez, con sendas copas, que sonríen, que sonríen porque sí. Los Rodríguez nos ven y la sonrisa se les congela. Sin dejarlos reaccionar, les estrechamos con toda naturalidad las manos. Y, entonces, nosotros, Rosangela y Fabio, arrebatados por el torbellino de la discoteca, vamos mariposeando de pista en pista, prodigando sonrisas y besos y apretones de mano. Y bailamos y ensayamos bromas y festejamos bromas y decimos agudezas y nos lucimos y nos hacemos admirar y todos sienten aprecio y también envidia hacia nosotros.
«Son una pareja encantadora», suelen decir nuestras amistades. Porque Rosangela y yo aún somos los reyes de la discoteca.
De amanecida, Rosangela y yo con nuestros vasos de mojito en la mano. Salimos a buscar nuestro viejo coche un citroen verde con capota. Cuando vimos lo inaudito, los Rodríguez, con las ropas desordenadas y completamente borrachos, se apoyaba en nuestro viejo citroen.
Rosangela: primero les sugirió, les imploro, se humilló ante ellos, les lloró para que se apartaran del coche que estábamos cansados –dijo- y queríamos volver a nuestra casa. ¿Dónde esta vuestro elegante bmw? –Preguntó- Rosangela. No lo sabemos –dijo- Víctor tartamudeando, estamos aquí para devolveros vuestra invitación a cenar. Pero no os preocupéis vosotros arrancad el coche que nos acomodaremos en el capó. Sin pensarlo dos veces Rosangela –me dijo- ¡Fabio sube al coche! Y obedecí… salimos a todo meter con los Rodríguez, que en vano se aferraban a la chapa del capó. Recorrimos de esta guisa unos cinco kilómetros por las calles del pueblo. En una calle vimos a la policía atendiendo un accidente de tráfico. Sin pensárselo nos persiguieron hasta conseguir darnos el alto, atravesando el coche de la policía y cortándonos el paso.
-¿Por qué viaja esta pareja en el capó del citroen?, no saben que es muy peligroso podrían matarse –añadieron-…es que miren señores agentes –dijo- Rosangela he intentado todo para repusieran su aptitud y ellos a hecho caso omiso a mis suplicas.
-¡Dejen de decir sandeces!, y sople el globito Señora ¡!!Tiene usted una tasa de alcohol muy alto,¡¡¡ muéstrenos su permiso de conducir. Ejen, ejen… no se como decírselo –dijo- Rosangela, mientras yo permanecía pálido y mudo. Entonces los agentes repararon en los Rodríguez, estaba medio desnudos y con el pelo de punta y enmarañados. ¡Son ustedes gilipoyas! apeasen del capó y corran hasta su casa. ¡Que le vamos a meter un puro por escándalo público! –Añadieron los dos policías-, tambaleándose y corriendo a duras penas en zigzag los Rodríguez desaparecieron por un callejón.
Volviéndose los agentes, hacia nosotros -dijeron- ¡vamos no tenemos toda la mañana!, muéstrenos el carné de conducir…Bueno –dijo- Rosangela, pues verán somos brasileños, vinimos a España en busca de una vida mas bailona y el carne no lo tenemos. De esta forma absurda termino nuestra vida de reyes de la discoteca en Granada.
Desde que vimos a los Rodríguez siempre sospechamos…que eran pájaros de mal agüero.
© Carmen María Camacho Adarve
Que una mujer se baje en mitad del camino
quiere decir
que no hagas reproches,
que no te canses,
que la estrella en su espejo se apagará,
que un camino abrirá paso a otro hombre,
que en el espejo verás una cara negra,
que no pidas a Jesús levantar a tus muertos,
que no tejas con débil hilo tu secreto,
que no mendigues recuerdos al olvido,
que no enciendas fuego en el desierto de un otoño,
que no ordeñes la sombra de un toro en una noche muerta,
que no midas los versos y abandones la música,
que no caigas como los sabios,
que no invoques a Dios para salvarte del esplendor de la unión,
que no subas a una mora para cubrir con una hoja el sexo de una mujer,
que no escarbes en el idioma más allá de lo que haga el silencio,
que no imagines en lo alto una luna,
-porque no es más que una gota de sangre-,
que no descartes el nombre de una mujer en un texto que has escrito para perdurar,
que no te avergüences de caer vencido en el rastrojo como una nube vacua,
que no abras una puerta ciega,
que no gastes tinta elogiando a una mujer
que recoja tus errores como uvas en un colofón abierto.
© Ahmad Elshahawy