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CERRADA POR VACACIONES DE VERANO

CERRADA POR VACACIONES DE VERANO


Fórmanos un matrimonio unido. Mi mujer se llama Elisenda, y trabaja en una lencería, nuestro hijo Darius y yo Leif que trabajo en un taller de chapa y pintura. Vivimos en el Raval, en una casita que hemos ido arreglando y ahora es preciosa tenemos hasta un pequeño jardín interior.


 El 31 de julio, una fecha que no olvidamos. "Estábamos pasando unos días de vacaciones y nos llamaron
 Por teléfono para decirnos que parecía que hubiera alguien en casa".
Volvimos, llegamos a la puerta de la casa,
en el Raval de Barcelona, y tratamos de abrir: la llave no iba. De ningún modo, pero dentro no se oía a nadie.


Tengo un primo cerrajero: lo llame:


acudió casi de inmediato. Cuando ya estaba abierta la puerta, alguien acabó de abrir desde dentro.  Era un tipo fornido de ojillos penetrantes y cejas pobladas con camiseta de tirantes de ropa interior blanca, tras de el se escondían, tres niños pequeños medio desnudos y una señora obesa con bata de flores, despeinada: chillaba, ¡Lorenzo con quien hablas! Estaba sentada en mi sillón preferido blanco de piel (era en su estado natural), ahora rezumaba suciedad pudimos otear la casa “nuestra casa llena de ponzoña”:   ahí empezaron los líos, nuestra desesperación:


"¿Qué hacen aquí?"

"¿Cómo que qué hacemos? Ésta es nuestra casa".

"De eso nada".

“¿Ah no Y pueden ustedes demostrarlo?”.

“! Claro que si, vivimos en esta casa desde mil novecientos ochenta y ocho ¡”.

“mi familia y yo vivimos aquí desde primeros de julio de este año”. Venimos de un pueblito del sur allí no teníamos que comer”.

“! Esto es mas de lo que puedo soportar os vamos a meter un puro del carajo,¡… ¡vamos Elisenda ya volveremos con una orden judicial, el alcalde,  abogados… lo que haga falta”.

Elisenda y yo decidimos acudir a los Mossos (la comisaría
 esta a menos de 50 metros). Llegamos, y  nos pidieron  
que nos mantuviéramos al margen. Tras una conversación
 con los ocupantes, comentaron que no se podía hacer nada. Para sacarles del piso  necesitaba una orden judicial.


Elisenda y yo pusimos denuncia, ante los Mossos y en los juzgados.


 Nuestro abogado, Abelardo Fonseca, hacía todo lo posible según las leyes.

"Primero instamos un proceso penal, por allanamiento de morada, fue archivado y se nos dijo que utilizáramos la vía civil para pedir un desahucio. Lo hicimos y en abril de este año hubo sentencia, que daba la razón a mis clientes. La otra parte recurrió. Yo, claro, pedí la ejecución de sentencia porque Elisenda, Fabio, y el pequeño Darius  -no tenemos otra casa-.Ahora estamos viviendo de forma provisional en un barrio chabolista, donde las ratas, las cucarachas, droga y adictos a ella malviven es más malvivimos, nuestros días son un puro pesar. Con preguntas que no tienen respuesta, estamos en tratamiento psiquiátrico, Elisenda, Darius y yo, lloramos continuamente.


 La juez la aplazó aduciendo que los ocupantes carecen de medios.


Nos queda la apelación y la hemos presentado, pero es difícil que se resuelva antes de marzo. Vestimos andrajosos y sucios  comido a piojos. Todo resulta surrealista".



Nuestra vida no es fácil. "Si fuera un casa de
alquiler normal, dejaría de pagar y listo". Pero la cosa es
mucho más complicada. La casita es una vivienda social propiedad del puertosòl y se halla en un terreno gestionado por el Patronato Municipal de Barcelona. Que reconoce estar al tanto de los hechos.  Además, no podemos dejar de pagar porque, si lo hiciéramos, perderíamos los derechos adquiridos. De modo que Elisenda y yo no vivimos en
la casa -habitamos una chabola- para poder hacer frente a tantos gastos. Pero pagamos cada mes el alquiler "para no perder esos derechos  adquiridos. Y, a veces nos entra una risa incontrolable pasamos horas riendo.


 De modo que  no vivimos en la casita. Y pagamos también la luz, el gas, el teléfono y el agua "porque nos han dicho que si no lo hacemos, luego las cosas pueden ser
más complicadas".


“Hace unos días, nuestro vecino, Pera, nos avisó: los intrusos estaban tirando a la calle montones de cosas de nuestra casa. Acudimos corriendo y lo único que logramos salvar era un viejo televisor Inter.

 
 Sabemos que no vale mucho, pero es nuestro, como todo lo demás que había en la casa.
 A saber cómo estará ahora". Elisenda  y yo  vivimos allí
(en realidad vivíamos) allí desde mil novecientos ochenta y ocho,  cuando fuimos alojados procedentes del derribo de edificios que ocupaban lo que hoy es la rambla del Raval. En el año dos mil ocho, nació nuestro pequeño Darius.
 Habíamos arreglado la casita, de tres habitaciones y
ochenta metros cuadrados. "Hace unos años hicimos unas obras, porque fallaban las tuberías y los desagües. La cocina y el jardín interior la hicimos con amor y nuestras manos.
 
 Tenemos la más terrible de las depresiones, y Darius ha dejado de hablar: la ropa, las fotos, los recuerdos y, sobre todo, proyectos de un futuro que ya no será. El buzón de casa es un buen ejemplo de ello: los intrusos ha arrancado nuestros nombres, ahora se puede leer con escrito con un rotulador negro y con faltas de ortografía “aquí vive un alvañil” Lorenzo Quijano mi señora y familia para lo que disponga.
 
 
El Patronato Municipal de la Vivienda  nos dice que está al tanto de la situación y que sus servicios jurídicos se han puesto a nuestro servicio, pero que no podemos ir más allá.
 Nuestro abogado, Abelardo Fonseca.


Pidió al Patronato que, vista la situación, nos facilitara otra casa o  piso, pero la respuesta fue que eso no es posible hasta que recuperemos la nuestra.  "Además", Tampoco accedió a congelar el pago del alquiler.

 "los ocupantes [precaristas en lenguaje jurídico] se han
empadronado en nuestra casita y nos han dado de baja. Fuimos al Ayuntamiento a preguntar cómo se habían podido empadronar sin contrato y nos respondieron que eso es muy fácil, que basta el recibo
domiciliado de un teléfono móvil". Llegados a este punto nos desmayamos de la risa.
 
Elisenda y yo nos aferramos a lo poco que  queda de  nuestra vivienda: el papel del censo electoral, donde figuran nuestros nombres y la dirección objeto de litigio.    Le tenemos un cariño neurótico compulsivo a la vivienda.


Pero Elisenda y yo  estamos tramando, cuando podamos, “pensar” en proponer al Patronato de la Vivienda de
Barcelona que nos dé otra distinta. "No sé, a veces quisiéramos que hubiera pasado todo y otras veces pensamos que no queremos volver nunca más a esa
casa. Y eso que la habíamos hecho a nuestra medida.
 Tenemos cariño  obsesivo compulsivo por la vivienda, pero estamos en la tesitura  de asesinar a los inquilinos por el odio el sufrimiento y el rencor, la terrible depresión, las ropas viejas que nos ponemos buscadas en los contenedores, lo piojos que arrastramos, la mudez de nuestro Darius, la vida chabolista.

 Pero, no, no, lo hicimos. Una mañana muertos de risa compramos  tres billetes en el siguiente tren. En cualquiera, sin importarnos su destino… habíamos aprendido mucho del dolor y el resentimiento. Haríamos lo mismo en cualquier ciudad cuando viésemos una casa cerrada por vacaciones.

© Carmen María Camacho Adarve

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