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TEMAS BLOG OFICIAL DE LA POETA Y ESCRITORA andaluza Carmen Camacho ©2017

Mi Ángel Perdido

Mi Ángel Perdido

Mi Ángel Perdido
Esta es una sencilla historia Hermosa por su
complejidad se trata de un hermoso ángel que a mi vida
llego a parar. Aun después de 20 años, recuerdo bien su
llegada a mi vida era mas grata y mas afortunada. El ángel
tenía un libro, muy lleno de sabiduría se trataba del
paraíso aquí en la tierra misma. No puedo sacar de mi
mente esos acercamientos entre ambos sentía en ese
momento, que el amor había llegado. Es muy tarde para
lamentos para angustia y agonía, pues es triste el
recuerdo, ya no siento que tenga vida. Fueron sus besos
y sus abrazos los que me hicieron amar la vida es que
son tantos los recuerdos que sin llamarlos...
regresarían. Solo una vez te llega un ángel admíralo por
su bondad, aunque tengas tus defectos acepta la
realidad. ¿Defectos?... no veo alguno ni siquiera por un
momento eran tan deliciosos su besos y mas rico su
aliento. Quien escribe un poeta un escritor o
dramaturgo un sencillo hombre que pensó que ese amor
era suyo sencillo el hombre desahoga con tristeza y es
en las palabras que recarga sus fuerzas. Una carta, un
verso o un poema no importa lo que sea solo se que en lo
profundo tocare a quien lo lea. Es solo para una
persona que siempre llevo en el corazón que por favor me
lo devuelva no aguanto tan triste decepción. Muero mas
cada día ,si encontrar la salvación era tan grata la
melodía cuando escuchaba su canción .quisiera escribir
tanto, nunca parar de hacerlo pues solo las palabras son
mi eterno consuelo. Palabras que se lleva tal como la
hoja el viento si algún día lo leyeras me llenarías de
aliento. Son estas y muchas mas, las que asustan mi
mente no dejo se soñarte ni de sentirte presente. Son
tus labios, niña hermosa los que bese con todo mi
amor hoy a todas horas los deseo...como me negaste tu
perdón? tanto escribo , escribo tanto y no pararía de
escribir hasta que las palabras anden y llegaran donde
ti. He perdido la esperanza pero nunca la ilusión de
poder amarte como quise con toda mi pasión .me
regocijo de tu triunfo para eso te esforzaste solo
lloro mi triste sayo ,... yo soy cosa aparte. Raja leña
te decía, era demasiado loco pero mi amor te mostré, que
a tu lado era otro. Cuando mis palabras anden buscaran
tu sendero y te dirían con razón te amo, eres tú, lo
más que quiero. Mujer eres única, única como una
flor, que resplande su belleza cuando recibes la luz
del sol. El cielo me lo diste tonta decisión me lo
quito, solo se que estoy muy triste, con una eterna
depresión. Quisiera saber que piensas, y que aun me
recuerdas, estoy perdiendo la paciencia, que a mi lado
no te tenga. Cuando deje de existir, solo quedaran mis
huellas, que pasaron sobre ti, mis caricias más
bellas. Hoy casi ya ni duermo, pues mi ángel ya no
estas, debí de amarte tanto, y no dejarte escapar. Solo
se que en momentos, me siento desesperado, pues siento
muy adentro, que mi ángel no esta a mi lado. Quiero que
estos versos, sean mucho de tu agrado, pues en ellos
expreso, lo mucho te he deseado. Hoy estas muy lejos,
pues la vida me ha apartado, te busco y no te
encuentro, hoy me siento desolado. Quien mide la
tristeza, de un alma que sufre, al recordar tu belleza, y
tus besos tan dulces. Fue ese primer beso, el que abrió
mi mente, eso del amor era cierto, y me llego de
repente. Era muy grato saber que ese ángel me quería,
pues conocía la verdad, y lo que mi corazón
sentía. Vandelbirt su fragancia, y su sonrisa la flor,
que abre en instancias, agradándome con su olor .Ángel
de mi guarda, acompáñame por siempre, aun cuando estas
muy lejos, no te saco de mi mente. Ángel que en agonía
reclamó tu presencia
más cuando no seas mía
aún siento tu esencia. Esencia que se respira, aún
cuándo no estés presente,
mas cuando guardo en vida,
aquello que mi corazón siente .Siente de nuevo las
palabras,
que en su boca se hacen versos,
mas que grande mi nostalgia,
saber son solo cosas del recuerdo. Recuerdo que hace
tanto,
olvide; que no hay nada eterno,
que sólo con tu sonrisa,
me acercaba más al cielo. Cielo en el que he perdido,
ese ángel me cuidaba,
hoy me siento entristecido,
ya mi ángel no me acompaña. Acompáñame pues por
siempre,
ese es mi gran deseo,
pues sentirte hoy ausente,
es lo menos, que yo quiero .Quiero sepas bella
arcángel,
posiblemente un querubín,
solo se, que donde andes,
quiero estar cerca de ti.

© Jorge I. Rivera









CANCIÓN DEL MAR

CANCIÓN DEL MAR

La mar está en calma

Ola de espuma

Una ola en retamar

La mar en calma.

 

 Cresta encrespada

Blanca espuma

Mar blanca

 La mar en calma.

 

Pleamar marea alta

 Bajamar   marea baja

Una ola en pleamar

La mar en calma.

 

Muerta la ola blanca

Al bajar la marea

Muerta la espuma de ola.

La mar en calma.

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

POEMANÍA

la manía del poema…

Hoja literaria de aparición virtual

Nº 120/2007

 

 

“La poesía procura sostener en la palabra

la inasible presencia de lo incógnito...”

Santiago Kovadloff

 

 

 

Poeta invitada:  PATRICIA DÍAZ BIALET (*)

 

 

EMILY BRONTË

 

Emily Brontë: sacúdete el cuerpo y vuelve a la vida.

 

Escribe para mí ese capítulo negro en donde la bruma descubre tu máscara de fuego

y el salvaje placer de liberar las manos como águilas.

 

Yo te envidio, Emily,

sin más excusas que las raíces nocturnas que unían tus pies al centro de la tierra.

Por eso te exijo que prolongues el insomnio;

que vuelvas hacia mí tus ojos de borrasca envejecida,

que extiendas tus manos hasta tocar todo lo que sueño.

 

Gira alrededor de mi cabeza el plumaje de tu cuerpo

y junto con él tráeme la última ráfaga que amaste.

 

Emily Brontë: roe la madera y encuentra el camino de regreso.

Aunque ahora duermas solamente bajo el tibio reflejo de la luna

donde nunca despiertas al llamado de la hierba.

 

(de Los despojos del diluvio)

 

 

 

LA FUGACIDAD DE LAS LUCIÉRNAGAS (XXXVIII)

 

Mendiga entre los pobres

voy recorriendo las estaciones de un pueblo deshabitado.

 

He probado hacer el amor con novios anteriores.

 

Nada más molesto que un papel usado para limpiarse la boca.

 

(de El hombre del sombrero azul)

 

 
LA PUNTADA PENETRANTE DE LA POESÍA

 

De una vez por todas hagamos algo de valor.

 

Arrojemos al fuego el traje inservible de poeta,

los anteojos opacos de la literatura de molde,

las estupendas manoplas de la estupidez.

 

Que nos perfumemos solamente con el aire.

Que nos arranquemos la sudorosa piel de los halagos.

 

De una vez por todas hagamos algo de valor.

 

Un canto que reanime a los muertos

y pase su llamarada por sobre el letargo de los escritores.

 

Algo de valor.

 

La lucidez de la poesía.

La intuición de las palabras arrojadas desde la garganta del misterio.

 

Basta de las rondas nocturnas

en donde se lucen las ropas más que las genialidades.

 

Estoy cansada de los pobres lectores confundidos.

 

 

Ante el poema

quedar encorvados como el cuello de un cisne.

 

(de  El hombre del sombrero azul)

 

 

EL RECREO

 

El teniente querrá beber algo en su descanso.

 

No gracias.

 

Sólo un poco más de sangre.

 

(de El hombre del sombrero azul)

 

 

AGUALAVA

 

Agualava cae de mi sexo.

Aguafuerte de químicos poderes.

Agua de prisión desmedida.

Agua de pequeña prostituta subterránea.

 

Agualava cae de mi sexo.

Pintado artilugio de mis labios.

 

Agualava aguaceite en borbotón de añeja ingle carcomida.

Agualava aguaceite de espeso puntapié en caída libre.

Agualava en queja de paracaídas.

Agualava en frotación constante.

Agualava por vos mi amor de veinte identidades.

 

De a sorbos te ofrezco mi agualava paraíso.

Mi edema ensanchada.

Mi rocío de muslo disgregado.

 

Yo te ofrezco mi dulce artimaña de gacela.

Mi amague de nudo.

El ardor de mi ojo de circo.

O el timbal de cópula en permanencia.

 

Gruta áspera de pico que penetra

la púrpura pluma de aire cuando gozo.

 

Agualava y su fluir en cauce anónimo.

Agualava y su tambor en talle de gladiolo.

De gorjeo.

De gruta acorazada.

 

Agualava por vos mi amor de quince abrazos.

Agualava aguapéndulo de piedra para ser fundido en franja de furia.

 

(de Soy dos y una se anticipa)

 

 

PISTA DE BAILE

 

y yo bailaba mi diminuta Italia

-ópalo de pista untada de muerte ahora-

y yo bailaba en hueco de hiena la verdad aristotélica

en orfandad de navío errante yo bailaba

mis piernas taconeando la madera

-los orgullos agónicos ahora-

y yo bailaba

con pablo con mariano con josé el fenicio maloliente

a través de la ventana tu oscuro maldecir de novio

y yo bailaba la melodía erguida

los póstumos repiques de útero

la menta en mi vaso de vapor y yo bailaba

los sillones eran góndolas de anclaje

un hilo hecho de sábado

una mesa en reposo

-los gatos escondidos en la luz a veces nos traicionan-

pero yo bailaba la eternidad de tu recuerdo el bretel de flores

bailaba en idiomas irresueltos

festejando mi naufragio mi partir hacia lo que queda

-un gramo de dolor se aferra a mí en estos días-

pero yo en mi hamaca de diosa o de zarina

yo bailaba la portentosa música

mi suerte tu whisky tu hermosa hermana

 

(de Soy dos y una se anticipa)

  

  

TU CUELLO VIOLETA ENTRE LA NOCHE

 

Como la poderosa anémona de la vigilia.

Como una púa perpetua tatuándote tus mejores muslos.

Como la serpiente enemistada de la selva

te atrapa mi cardumen infinito,

mi nalga abierta,

el ruido tempestuoso de mi aire viciado.

 

Te atrapa solamente con la punta de sus piernas

mientras los curiosos caen como velas absurdas.

 

Tu piel de escamas de lobo.

Tu cuello violeta entre la noche.

Tus manos enormes cediendo paso en este lago leve de mi cuarto.

 

Cuando te encuentro siempre finjo ser inocente.

Sin embargo te atrapo cadenciosamente

con lenguas tenaces,

con mi filoso jadeo de ermitaño,

con mi camisón de seda verde.

Te atrapo en el sinuoso paraíso infame del sexo.

 

Porque hacerte el amor es parte de mi rito

como lamer el espacio vacío en tus rodillas

o conquistar los nudos de nuestro pasado inservible.

 

Hacerte el amor es parte de mi fuerza.

Todo bajo la antorcha muriendo.

Todo por sobre los otros.

Por sobre la noche ácida de mi vida.

 

Mejor pensar que los osos temibles de la infancia no vuelven.

Mejor hacerte el amor

como  la reina exiliada

y tocar tu hueso absoluto

y traerte hasta mí.

 

Animal desatado en mi tormenta.

Bestia infiel rejuveneciendo en mi cama.

 

(de Los equipajes invisibles)

 

 

 

LA INMERSIÓN NOS REFLEJA TAL CUAL SOMOS

 al hombre de flecha de imán húmedo

 

cada vez que vuelvo a ese cubo de luz en donde flotan tus ojos submarinos

cada vez que intento devolverme a tu traje de acuanauta y a tu músculo ceñido

y que regresan las tardes de intrépidas tormentas

y mi entonces pequeño cuerpo atiborrado de cables telefónicos en una estéril cabina de

                                                                                                                               /un pueblo del sur

cada vez que reanudo la  muerte de la amiga

el raso púrpura que te endulzaba el semen derrochado

o cada vez que tu dedo interminable merodea esta silla que ahora me deleita

cada vez que en posiciones extremas los ojos incautos de los vecinos se impregnan en

                                                                                                    /el vidrio, en la maceta cómplice

cada vez que me zambullo en la opulenta carne que aún bebemos gota a gota en lo que

                                                                                                                                              / se sueña

cada vez que en tu diáfana ingle de aguardiente me rozas la vida la urgencia las

                                                                                                                                               /amarras

 

(era el tiempo imprevisto,

era el tiempo de la cadena que aún luzco en noches de fiesta,

era tu pierna erecta como un mástil de fiebre,

era el incesante automóvil hacia el hotel que todavía nace en el sur,

era la duermevela con que adherimos nuestros cuerpos a través de los kilómetros de

                                                                                                                                                 /espera,

era el tibio escozor de aquello que perdura siempre aunque nos duela) 

 

cada vez que trago lo que extraigo de tu densa piel después del mar

sé que alguien conspira contra el mundo

y grita que no debo

 

sin embargo

yo me acerco a mi acuática mochila para olerte

como se huelen los búfalos antes de aparearse

como se huelen las camisas aún tibias de los muertos

como se huele el siempre fresco cadáver de la infancia

 

(de En órbita de fuego)

 

 (*) Patricia Díaz Bialet: nació en Buenos Aires (Argentina) en 1962. Poeta, Profesora Nacional en Idioma Inglés egresada del I.N.S.P. Joaquín V. González, Co-conductora radial del programa cultural El Descubrimiento en FM 88.7 La Tribu. Actualmente cursa la carrera de Licenciatura en Actuación en el Instituto Universitario Nacional de Arte. Publicó los libros de poesía: “Los Despojos del Diluvio” (1990); “Testigo de la Bruma” (1991); “La Penumbra de la Luna Llena” (1993); “La Dueña de la Ebriedad de la Rosa” (1994); “Los Sonidos Secretos de la Lluvia” (1994); “El Hombre del Sombrero Azul” (1° ed., 1996, 2° ed., 1998); “Papeles de Resurrección” (versión en castellano de Resurrection Papers, de la poeta estadounidense Heather Thomas, 2004). Poemas suyos fueron incluidos en la película “El Lado Oscuro del Corazón II de Eliseo Subiela. En febrero de 2005 fue invitada a presentar su poesía en la Feria Internacional del Libro de la Habana, Cuba. Entre sus premios se encuentran: 1° Premio Fundación Argentina para la Poesía 1987, 1° Premio Fondo Nacional de las Artes 1989,  1° Premio Fondo Nacional de las Artes 1993. Para comunicarsecon la autora: pbialet@ssdnet.com.ar

 

 

POEMANIA –  POETAS  EDITADOS

 

Mónica Scaldaferro / Alfredo Omar Busch / Hugo Alberto Patuto / Juan Manuel Inchauspe / Mónica Ruíz Díaz  / Alberto Darío Valenzuela  / Carmiña Candido Daverio  / Esteban Moore  /  Betty Badaui  / Andrés del Pozo / Clara Rebotaro  / Miguel Ángel Migliarini / Liliana Aleman  / Sebastián Olaso  /  Wladimir Bardic / Susana Noemí Cordisco / Santiago Bao / Dora Nélida Zambrano / Rolando Revagliatti  / Silvia Spinazzola / César Bustos / María del Carmen Palomeque / Carlos Barbarito / Nilda Salgueiro / Lady Lopez Zapata / Juan Pablo Roa Delgado / Paulina Vinderman  / Luis Benítez  /  Marizel Estonllo / Raúl Heraud Alcázar / David Antonio Sorbille / Hilda Acosta / Lina Zeron  / Cristina Pizarro / Laura Malatesta / Gilberto Carrizo / Rubén Eduardo Gómez / Norberto Pannone / Raquel Zarazaga Pablo / Graciela Licciardi / Marcelo Juan Valenti / Horacio Castillo / Horacio José Lencina / Jaime Icho Kozak / Norma María Francomano / Nilda Barba / Graciela Bucci / María Pugliese / Andrés Casanova / Martha Faure Bluhn / Hugo Mujica / Marcelo Di Marco / César Cantoni / Cristina Berbari / María del Carmen Endres / Evangelina Arroyo / Oscar Wong / Sebastián Gabriel Barrasa /  Ricardo Costa / Oscar Portela / Ester de Izaguirre  / Mary Viccini / Luis Ricardo Furlan / María Eugenia Caseiro / Esther Pagano / Laura Isabel Lugones / Horacio Rega Molina / María Rosa Mó / Aldo Luis Novelli / Cecilia Glanzmann / Alejandro Schmidt / Juan Ruiz de Torres / Gustavo Tisocco / Jorge Santiago Perednik / Jorge Ariel Madrazo / Juan Pomponio / Rogelio Ramos Signes / Carlos Penelas / Lucía Carmona / Enrique Gracia Trinidad / Mario Verandi /Néstor Groppa / Alfredo De Cicco / Virginia Segret Mouro / Alfredo Veiravé / Ana Emilia Lahitte / Guillermo Pilía / Graciela Wencelblat / Alfredo Lemon / Ana María Cossio / Angela Reyes / Gabriel Impaglione / Milagros Salvador / Alejandro Moreno Romero / Rubén Vela / Mabel Pan / Simón Esain / Ana Santillán / Marta Schofs Maggi / Marieta Cuesta Rodríguez /  Julio Bepré /  Hebe Solves / Fernando Sánchez Zinny / Carmen Rubio López / Edna Pozzi / Roberto Glorioso / Rafael Felipe Oteriño / Liliana Souza / Rodolfo Leiro  / Liliana Lukin / Julio Huasi / José Emilio Tallarico / Antonio Leal / Leopoldo Castilla / Julia Magistratti /  Simón Zavala Guzmán / Marcos Silber / Alberto Jiménez Ure / Enrique Gallego / Patricia Díaz Bialet

 

***

 

POEMANIA

 …la manía del poema   

Editor responsable

Piero De Vicari

(www.poesiadevicari.blogspot.com)

 Se solicita difundir esta  hoja literaria

de aparición virtual a quien desea recibirla

 Se recepcionan comentarios, colaboraciones poéticas

y pedidos de números anteriores a:

pierodevicari@hotmail.com

 

 

 

SOY…

SOY…

Soy  esta....

Mujer contra corriente

Luchadora hasta la muerte.

 

Aquella...

Que cada día se prueba

Hasta donde aguanta...

Hasta donde llega...

 

Sufrió, rió, lloro y amo

Y no me dejo... caer al fondo

Con un pie en el precipicio

Tomo impulso en el camino.

 

Esta…

Que ama con locura

Que le pisan el alma

Y no paran su latido

 

Que se esconde entre sueños

De luna y olvidos....

Para hacer más gratos

Los pasos por el destino.

 

Aquella...

Que nunca se rinde

Y sigue atrapando sueños

 

Sonríe al viento

Engaña al diablo

Tiene la luna en sus manos.

 

Aprendiz de poeta

Amante de la poesía

Sentimientos que escribe

Y se pierden casa día.

 

Sueños que alcanza

En ausente lejanía

Esta...

Que nunca se vence

Y siempre camina de frente.

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

OTTO

OTTO

“No creo que Otto haya entendido lo que pasó realmente”

En Utah, al oeste de Estados Unidos,  al norte del Estado,  en la comisaría de Ogden, sonó el teléfono. El oficial Bob estaba de guardia  y  respondió a la llamada.

Policía de Ogden ¿dígame?

Por favor… -se escucho- una voz angustiada al otro lado de teléfono. ¡Venga Rápidamente ¡mis vecinos los cambers están discutiendo acaloradamente ¡me temo lo Peor ¡

Tranquilícese, señora déme la dirección y  en unos minutos nos personaremos en el Domicilio.

¡Gracias agente¡ es  en avenida Kennedy, numero 19.

Cuando el oficial de la policía, Bob, cubría el  caso de la pelea conyugal dejó al perro de las fuerzas del orden dentro del vehículo con el motor encendido para que tuviera aire acondicionado.

El perro, que se llama Otto, de “alguna u otra manera logró cambiar la marcha en la caja de cambios del automóvil automático, y arrancó con dirección hacia una pendiente”

La señora Mary Stone,  se encontraba en el jardín de su casa sacando la correspondencia de su buzón… No tuvo tiempo de reaccionar. Solo recuerda  que vio un coche de policía  bajar la pendiente  a toda velocidad y en ese momento acelero.

Mary se quedo boquiabierta su asombro fue absoluto  solo fue capaz de reconocer al conductor un agente perro-  que de  un volantazo se metió en su jardín.  La mujer fue atropellada se encuentra hospitalizada recuperándose de sus graves heridas.

…Según apuntan fuentes no oficiales, minutos previos al extraño suceso,  unos clientes atónitos vieron como   tranquilamente  -Otto-repostaba el coche policial en una gasolinera próxima a los hechos.

“Es realmente trágico que ella haya resultado herida”, comentó  Korgenski tras afirmar que el perro, uno de los tres con los que cuenta la policía de esta ciudad de 80.000 habitantes, no será castigado. “No creo que Otto haya entendido lo que pasó realmente” apuntó la oficial.

Nota: La policía de los Angeles mantiene la investigación abierta.

©Carmen María Camacho Adarve

I I I Certamen "Poemas sin rostro" 2007 Canal Literatura

I I I Certamen "Poemas sin rostro" 2007 Canal Literatura

 

Bases

1. Podrá participar en este certamen cualquier autor mayor de edad que lo desee, con una sola obra, escrita en español.

2. El tema es libre.

3. Los trabajos presentados deberán ser originales e inéditos, y no premiados ni pendientes de fallos en otros concursos.

4. La extensión de los poemas tendrá un límite entre 10 versos mínimo y 60 máximo.

5. Las obras deberán ser remitidas en soporte informático a la dirección electrónica Mail: certamen@canal-literatura.com con los siguientes datos:

• Seudónimo
• Nombre apellidos
• DNI
• Mail
• Telf.
• Dirección –Código Postal
• Titulo
• Texto (Formato Tmes New Roman 12 formato Word (*.Doc, en archivo adjunto)

6. El plazo de recepción de originales finalizará el 30 de septiembre del 2006

7. Se otorgarán tres premios que consistirán (de momento) en:

• Primer premio: 200 euros, trofeo y lote de libros de Editorial Maghenta
• Segundo premio: 100 euros, trofeo y lote de libros de Editorial Maghenta
• Tercer premio: 50 euros, trofeo y lote de libros de Editorial Maghenta

 

Trofeo

 

Premio especial del publico: Trofeo y la dotación de este premio que será la aportación de los usuarios del canal literatura, comenzando con 285 euros que quedaron acumulados en el anterior certamen de poemas.

Todos los poemas finalistas y ganadores pasarán a formar parte de la sección en la Web: “Poemas sin Rostro” en texto y audio.

8. La propiedad de las obras será de los autores aunque la Asociación Canal literatura se reserva el derecho de la primera publicación de las mismas en su Web durante y después del certamen indefinidamente y la primera publicación impresa en el primer volumen de “Poemas en el Canal” en caso de decidirse su publicación y contar con los medios económicos que la posibiliten.

9. Los premios de este certamen no podrán declararse desiertos.

10. El fallo del Jurado, que resolverá a su criterio las dudas que pueda plantear la interpretación de estas Bases o cualquier incidencia que pueda surgir, será inapelable y se hará público en la web del canal literatura.

11. Si algún participante utilizara un seudónimo que pudiera ser reconocido o crear algún tipo de confusión con los nick (alias) usados habitualmente en el canal literatura, será informado vía correo electrónico de esta circunstancia, para que proceda al cambio del mismo. En último caso, se le asignaría un seudónimo alfanumérico aleatorio que garantizara su total anonimato para todos los ámbitos del certamen.

La participación en el concurso implica la íntegra aceptación de las presentes Bases.

12. La votación del público se hará, una vez finalizado el plazo de presentación, en esta web, y por el sistema de estrellas que aparecerán debajo de cada poema.

El ganador será el acumule mayor número de votos y en caso de empate este se resolverá según la media obtenida.

• Todas las votaciones efectuadas consideradas fraudulentas serán borradas.Todas las votaciones duplicadas que se compruebe que proceden de una misma IP serán borradas.

• Las aportaciones de los usuarios a estos premios pueden hacerse por transferencia a la cuenta de la Asociación Canal Literatura indicando:

Aportación Premio del Publico, indicando el nombre o NIck.

Nº de cuenta 2043 0143 46 0200004600

Podéis ver las aportaciones en el apartado siguiente:
Aportaciones al Premio Especial del Publico

 

 

El Niño Inquieto por Agustín Berzares morales

El Niño Inquieto    por Agustín Berzares morales

 

Pintura de Nelson Castañeda

 

"¡Evancito si es inquieto!", dice la vecina, colocada en un mirador, porque tiene frente a nuestra casa su negocio de peluquería y puede con soltura, hacer el comentario anterior.

 

¿Sí!. Es un adolescente inquieto; pero no porque lo vean salir y entrar por la puerta del garaje, sobre todo en horas de la tarde, porque en la mañana suele ir conmigo a trotar en el polideportivo y después seguimos para la finca hasta después el almuerzo.

 

Evancito es inquieto, porque la mente le camina muy de prisa y no le gusta almacenar problemas, las soluciones las busca sobre la marcha a como de lugar, pero no se estancan las respuestas por difíciles que sean.

 

Evancito es inquieto, porque no le gusta ver el equipo de computación inoperativo por un repuesto que se puede conseguir, no le importa donde sea, no le importa que Oscar, un ahijado mío, que se aplica en éstos menesteres, no atienda su demanda de ayuda, el busca en un técnico que conoce y que es amigo, una respuesta. Hoy no pudo venir, pero insiste y por fin el señor técnico se presenta con una solución que es viable, posible y queda en espera, hasta que la reparación se concrete.

 

Evancito es inquieto, porque desea comprar la colección de Age of Empire, pero los Compac, no los consigue. En el negocio de un amigo está un chico que trafica con este tipo de mercancía y él decide abordarlo para que le consiga la colección. Desde ese momento empieza un constante ir y venir hasta obtener una respuesta firme y el negocio se realiza. ¡Ah!. Pero eso no es todo, Evancito recibe su Compac y comienza el período de prueba; al final se queda con aquellos que satisfagan sus demandas, los otros los cambia o sencillamente pide devolución del importe.

 

Y así y todo, Evancito abre la nevera y ve los niveles de bebidas y charcutería, quesos , etc. Revisa igualmente los renglones de la despensa, entonces comenta. " Es hora de hacer mercado". Y desde ese momento, no desperdicia ocasión para que le den una definitiva. "Mañana Hijo". Le digo. "¿Dijiste mañana?.¡Sí ¡, ¡sí!...."

 

"¿Dónde vamos primero, a Carnes Carnes?. ¡Mira papá!, ésta es la línea de espaguetis, si pero en el otro supermercado scar, unOscar, aaaazzs

son más económicos y tenemos después que ir para allá".

"Así es hijo". " ¿Oye papá , que te parecen esas hamburguesas de pollo?, ¡Oh! Y el pan de hamburguesas ¡no!, las empanaditas, ¡no!, están muy caras y los Tequeños, ¡si!, pero hay que freírlos y las frituras no son muy aconsejables".

 

Y así, llegamos al Supermercado. "!Mira!. ¡Que buena colección de ofertas!, oye acá están los espaguetis, pero no tienen precio, espera" Y agarra un paquete para consultar en la máquina disponible para este fin.... "Es mucho más barato que en Carnes Carnes". Exclama, como un triunfo a su capacidad de observación. Y así seguimos cotejando precios, seleccionando economías en los productos que nos son necesarios, mirando, comparando, riendo, comentando. De pronto dice" Mamá también es muy cuidadosa, le saca provecho a las comparaciones con economías de pobre" Y se ríe......

 

©Nirgua, Agosto 15 del 2007. Agustín Belzares M. (84 años)



 

 

 

 

Moby & Eva Amaral - Escapar (Slipping away)

Así me siento hoy; Todos se van...

Noches de verano

Noches de verano

Esa chica no soy yo es evidente....

En una calurosa noche de agosto, cuando llegue al pueblo en labores de investigación .Me dirigí a unas mujeres que tomaban el fresco sentadas formando corrillo en hamacas de playa en la plaza.

- Buenas noches –dije- ¿conoce usted a una famosa poetisa y narradora de su pueblo?

-¿siiiiiiii? ¿Que? en Alcaudete hay una artista ¿de quien es?

- ...pues miren ustedes continué- no sabría decirle

-ah ¡como se llama la muchacha? pues Carmen Camacho ...¿Ehhh?, del pueblo dice que es... ¿tu la conoces Angélica? ¡Que va¡

- así, entreviste a casi todo los vecinos que tomaban el fresco en la plaza, unos y otros, en las puertas de su casa. Se extendió el rumor por Alcaudete, cual reguero de pólvora.

Cuando me disponía a dejar mis averiguaciones y pesquisas. Una niña salia a mi encuentro;

- ¡oyeeeee¡ -me grito- ¿tu eres la que busca a la artista?

-si pequeña yo soy.

- que dice mi madre, que te acerques al bar de la plaza estan los que llevan las fiestas del pueblo.

-gracias pequeña -le dije- y llegue hasta el bar, donde un grupo de parroquianos, se refrescaban por dentro tomando unas rondas de cervecitas para aliviar la calor de la noche de agosto...

-Buenas noches, perdón ¿puedo hacerles unas preguntas?

-¡claro que si, como no. ¡Anda pide algo primero que te invitamos¡

- muchas gracias, son muy amables

- ¿que vas a tomar? ...una cerveza

-¡Juan¡ pon otra cerveza para la señora¡ y que quiere saber...

¿Conocen a una famosa poetisa del pueblo?

-No se, ¿sabéis algo de eso? –pregunto-

- si... me explico –dije- en abril presento en el castillo una libro de su autoría, vino acompañada de todos sus amigos de la ciudad.

-...no se, no caigo ¿recordáis ese acto alguno de vosotros?

- ¡claro¡no te acuerdas Pedro? que de Sevilla, nos llamaron y pidieron el salón de armas del castillo... para la presentación de un libro

-eso es dije yo,

...es que cuando piden cosas de Sevilla ¡no podemos negarnos -sabe usted-

Si estuvieron en el castillo y dieron un bufe como de la edad media. ¡Fue divertido sus amigos no la escuchaban y ella constantemente, tenia que parar la lectura de su libro ¡y mandarlos callar¡ la verdad eran sus amigos algo extravagantes y por donde llegaron se marcharon. Fue muy curioso aquello ya no se les ha vuelto a ver por el pueblo. Y claro nos olvidamos era cosas de trabajo pero eso si, nunca la habíamos visto, creo que se fue muy pequeña del pueblo a vivir a Sevilla –dijo- mis abuelos llegaron a conocer a los suyos.

- gracias por todo ¡y por las rondas. Son tan acogedores ¡buena gente¡ que hay en Alcaudete... y continué mi camino.

Esa noche las estrellas brillaban con mucha fuerza y una alegre brisa fresca bajaba de la sierra.

Notas de prensa: "INQUIETANTES" al margen del cuento. 

 

Carmen Camacho

Por LOLA DOMÍNGUEZ  (Publicado en el diario EL MUNDO)

23-12-2006 12:22:46

HAY libros, ya lo sabemos, que son producto de laboratorio. No hay más que echar mano de la fórmula magistral del éxito, infalible si se mezclan los ingredientes adecuados: una dosis de misterio por aquí, otra de historia por allá, una localización exótica. y ya tenemos superventas asegurado, listo para inundar las estanterías de los grandes almacenes. El caso es que ella podría hablarnos, y mucho, de laboratorios, aunque los «suyos» están en las antípodas, que se trata de abrir una puerta científica revolucionaria, con un nombre de prestigio, Bernat Soria, y un proyecto pionero, el de investigación con células madre, a los que pone voz periodística como responsable de comunicación. Lo curioso es que Carmen Camacho también podría hablarnos de literatura, aunque la suya se sitúe a años luz de la mercadotecnia, que lo que a esta jiennense afincada en Sevilla le fascina desde niña es la poesía. «Tuve el gran vicio de leer a Lorca de pequeña», cuenta. De entonces aquí, ha paseado sus versos -«Mi padre me ha contado que en Mauritania se juntan/Desierto y Selva/ En Mauritania y en otras mujeres por el estilo»- entre las páginas de una decena de antologías esta «Mujer de verso en pecho», robando título a Gloria Fuertes, a quien también leyó de niña: «Ahora tienen a Harry Potter, pero que no me comparen», ríe.

 

Lo que PRSalud se preguntaba ayer lo confirma hoy SANIFAX en su 'avispero'
Carmen Camacho ¿nueva Jefa de Prensa de Bernat Soria?
 
13/07/2007 10:59:22
 

No está confirmado por el Ministerio de Sanidad y Consumo, desde donde aseguran no tener conocimiento de nada y un vacío en el cargo; ella asegura no poder confirmar nada (osea, ni que sí ni que no); pero Sanifax lanza hoy en el avispero que sí será Carmen Camacho la nueva Jefa de Prensa de Bernat Soria, cumpliéndose así la ya tradicional costumbre de llevarse a sus responsables de comunicación a su nuevo destino.

 

Carmen Camacho podría convertirse en la tan esperada Jefa de Prensa de Bernat Soria o Directora de Comunicación de Sanidad y Consumo. Tras los cambios, y con sólo el ex Ministerio de la Salgado por cerrar, parece que estamos a una semana de ver 'en carne y hueso' a la que sustituirá a Cristina Pérez como responsable de Medios de Comunicación del MSC. No así para Sanifax, quién se ha adelantado a este nombramiento en su avispero particular y a los que, de confirmarse la noticia, habrá que dar la enhorabuena por la exclusiva.

 

Ayer PRSalud ya especulaba con Carmen Camacho (* ver artículo El Ministerio de Sanidad y Consumo sigue sin tener Dircom), todavía Jefa de Prensa del Departamento de Comunicación del Centro Andaluz de Biología Molecular y Medicina Regenerativa (CABIMER). La 'posible futura' asegura que 'no puedo confirmar nada', dice que 'no tengo conocimiento': ni afirma ni desmiente ¿será por qué es verdad y todavía no puede contarlo?

 

Desde el Departamento de Comunicación del Ministerio han confirmado a PRNoticias que, desde hoy, no hay figura Dircom y que tampoco se barajan nombres; ni el de Carmen ni el de nadie. Lo que sí es cierto es que hemos pasado de la especulación de varios nombres por todas las reuniones de periodistas del sector a que sólo se especule con uno, con el de Carmen Camacho, y como dice el refrán: cuando río suena agua lleva…

 

Seguiremos Informando…

 

 

 

©Carmen María Camacho Adarve

"Carmen Maria"

"Carmen Maria"

(Con mucha admiración para una dama Española que su peso literario vale en oro)

SOY JOVEN Y AUN POSEO MUCHAS CUALIDADES OCULTAS, MUCHAS COSAS ME HA OTORGADO EL CREADOR A QUIEN SIEMPRE LO IGNORE Y DE EL BLASFEME

FUI PRODUCTO DE ESTA VIOLENTA E HIPOCRITA SOCIEDAD PERO EL CON SU GRANDIOSO AMOR AL NACER ME DIO UN CARACTER FELIZ, INTELIGENCIA, MUCHA FUERZA Y ALEGRIA.

CADA DIA, MES Y AÑO ME SIENTO CRECER POR DENTRO, SIENTO COMO ME ACERCO DIA A DIA A LA LIBERACION DEL ENCIERRO DE MI PROPIA VIDA

LO BELLO QUE ES LA NATURALEZA, SUS PLAYAS Y MANGLARES TUMBESINOS JUNTO A SU GENTE

LO BUENO Y RESPETABLE QUE SON QUIENES ME RODEAN, HOY ESTOY FELIZ, CONTENTO

TENGO UN BUEN MOTIVO PARA VOLVER A CREER EN EL CREADOR A QUIEN SIEMPRE LO IGNORE, ESE MOTIVO QUE EL ME ACABA DE REGALAR ES EL CARIÑO Y LA AMISTAD DE ALGUIEN, A QUIEN YO CREI HABERLA PERDIDO EN LA ESPESURA Y EN LA BRUMA DEL TIEMPO

HOY, ELLA ENCENDIO LA OSCURIDAD DE MI ALMA, ELLA ABRIGO CON SUS PALABRAS EL FRIO DE MI CUERPO.

ELLA MOJO LA SEQUEDAD DE MI (alma) CON LA FRESCURA (de sus tema ) Y FUERON LAS GOTAS DE SUS LAGRIMAS QUE LLENARON

EL "EDEN" DE MI EXISTENCIA,

OJALA LA VUELVA A ENCONTRAR ALGUN DIA EN ESTE ATRASADO LABERINTO TERCERMUNDISTA O EN EL DESARROLLADO MUNDO EUROPEO.

PARA MIRAR, UN CORAZON. (HASTA HOY INCOMPRENDIDO)

GRACIAS POR TUS CONOCIMIENTOS LITERARIOS POR PERMITIRME NADAR EN LA PISCINA DE TU IMAGINACION.

P.F. JULIO LUPO CHAPARRO HIDALGO

"EL HNO. WILLY"

- DIRECTOR CO.BI.M.E.P. DD-HH

-ACTUAL MIEMBRO DEL CÍRCULO DE EMBAJADORES DE LA PAZ GINEBRA-SUIZA

-SECRETARIO REGIONAL DEL CONSEJO POR LA PAZ

-SECRETARIO DE RELACIONES EXTERIORES DE LA FEDERACION DE PERIODISTAS DEL PERU

Pagina web: www.cobimep.org

email: juliolupo@yahoo.com

 

Mariíta

Mariíta

Mariíta

Mariíta no debería llamarse de éste modo. Para mi concepto debería llamarse Mariota, o Marianota, o Marigrandota. Porqué el diminutivo de un nombre a una descomunal mujer. Si, porque ella es grande, muy grande.

Mide cerca de dos metros de alto y de ancha, casi , uno con cincuenta centímetros.

Cuando camina con su paso elefantino debería tener en cada nalga, un aviso como el de los camiones: el de anchilarga.

No me explico el porqué de Mariíta con semejante tamaño de mujer.

Será Mariíta por el tono de su voz. Melifluo, cuando habla con el cuidado de un gato ronroneado. Pero es chillona y estridente y logra emitir una entonación extra alta, una voz que puede romper platos y copas en una vitrina a cincuenta metros de distancia, tan solo con uno de sus chillidos escalofriantes.

Su esposo es un hombre menudo, es todo lo contrario a ella, es su antitesis; es pequeño, esmirriado, flaco, enjuto, y con una entonación de voz muy grave. Ambos contrastan entre sí como aceite y vinagre.

Se conocieron cuando ella aún, era por supuesto alta, pero delgada, estaba en la línea como dicen, no le importó que él fuese un hombre pequeño, quedo cautivada con su voz, que la dominaba casi hasta el hipnotismo. Y….. Por su voluminosa billetera.

Ella blanca, él moreno.

Ella alta, él bajito.

Ella chillona, estridente.

Él serio, austero y hasta pichirre y con una voz de trueno

Ella voluminosa grande, gorda, escandalosa.

Le encantan las fiestas, es la primera en organizar programas y paseos, siempre la primera en reír, la primera en llegar a las reuniones y parrandas. Su debilidad es el champán y el vino blanco del Rhin, lo que la hace más locuaz e impertinente en sus disertaciones y chismorreos.

Y así andan los dos parados en este mundo

Cuando ella le habla en sus enojos y discusiones, da la impresión que le cascara, y casi lo hace, pero muy al interior de él, sale un chorro de voz, su única defensa y ella se aquieta, convirtiéndose en un clásico gatito.

Cuando habla por teléfono con esa vocecita parece ser una niña que le ha robado el aparato a su madre, y se anuncia es: Mariíta quiero que me pases a fulanito…..

A ella le gusta mucho el arte en todos sus conceptos.

Le gusta pintar y es fanática de kandinsky, colorea por doquier con sus pinceladas cromáticas tratando de imitar a su pintor favorito. Y muchas de sus pinturas parecen haber sida hechas por el movimiento de la cola estrafalaria de un alegre can.

Canta con su voz de niña gritona, chilla a viva voz los altos de un aria, y hace vibrar sillas y mesas de las habitaciones de sus vecinos, que salen corriendo con el temor de haberse iniciado un terremoto, o creyendo que el marido trataba de asesinarla apretando su cuello. Así que cuando canta es toda una sirena de ambulancia en un apretado tráfico al mediodía.

Escribe; hace versos. Es toda una poeta de céfiros vuelos y allí no anda tan mal. Su poesía es sonora, suave, tierna, apasionada, refleja su hermoso ser interior lleno de espiritualidad.

Toca instrumentos musicales. Le gustan la guitarra y el piano sus bártulos favoritos, y cuando la toca, ésta de repente se transforma, se convierte en un pequeño instrumento en su voluminoso ser, parece que se perdiera entre los recovecos de su cuerpo. El traste se pierde en su mano y no sé como puede mover los dedos con agilidad para poder proyectar delicadas notas, cuando las manazas ahogan tan delicado instrumento.

Y cuando toca el piano solo una mano basta para abarcar dos octavas, chapurrea las notas en un solfeo delicado, dándole quejumbroso sonido a su pieza favorita.

Pero a pesar de todo, la extraña pareja se quiere, él trata de complacerla en todo, mejor dicho, en casi todos sus caprichos, y van de la mano juntos por las calles viendo vitrinas y comercios. Ella con su paso elefantino y el con su traje negro y los ves alejarse por la vereda en los atardeceres, y observas como ella eclipsa con su cuerpo al de él y a lo lejos pareciera que ella caminara sola acompañada de su paraguas.

Nota: Los personajes de esta comedia son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

© Rubén Patrizi




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• SEGUNDO CONCURSO DE PODCASTS POÉTICO-ARTÍSTICOS

•	SEGUNDO CONCURSO DE PODCASTS POÉTICO-ARTÍSTICOS

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·             Se admitirán a concurso podcasts (creaciones sonoras) en catalán y/o castellano.

·             La convocatoria está abierta hasta el 15 de octubre de 2007 

·             El ámbito del concurso es internacional

 

1. Graba un mp3 de entre 3 y 5 minutos inspirado en cualquier texto literario (conocido o inédito). Puedes usar técnicas de recitado, cantado, ruidismo, deformación fónica, efectos sonoros, etc. 

2. Consulta como hacer tu podcast y las bases completas en la web del Canal Joves Creadors

3. Inscríbete y sube tu podcast (mp3)  en la web del concurso 

 

 

SOLFUEGO

SOLFUEGO

 

Había comenzado a calentar la semana anterior, cuando la mujer salió a tender la ropa lavada a la azotea y el marido aún no había regresado del campo. Al comienzo había sido un amanecer suave, casi agradable, por lo que la mujer tendió con tranquilidad la ropa en el alambre de la azotea a la espera de que, durante la siesta, se secara. El marido no debía tardar en llegar y querría, como todos los días, cambiarse la gorra sudada de sol, la ropa quemada, y llena de tierra rojiza con que siempre regresaba.

La primera bola de fuego llegó. Del sur, girando, rotando un poco hacia el suroeste, proveniente de la línea de un horizonte brumoso de las rocas. Era normal el calor a esa hora; desde que la mujer tenía conciencia el sol había comenzado a calentar más en las pesadas horas de la siesta y se calmaba luego hacia la noche, junto con el ocaso. Quedaban, eso sí, algunos jirones de aire caliente, para cuando las primeras estrellas iniciaban su borboteo nocturno. Pero eso ocurría pocas veces. Tan normal como ese sol que ahora quemaba en el sopor de las noches, extendiéndose lento y constante sobre los campos, cubriendo con su presencia profunda las montañas rocosas del horizonte y el río casi seco, los campos arados, el camino de tierra, el arroyo al otro lado de la casa, después del cerco y los primeros costurones de tierra removida y recién sembrada, hacia el naciente.

Con las manos en el agua de la cuba del pozo la mujer había presentido, antes de que el polvo de fuego llegara, que el sol había comenzado a emitir fuego rojo en alguna parte y que no tardaría en llegar. Nunca, después de ese día, se preguntó cómo era que lo había presentido, pero la verdad fue que había sentido su presencia adentro, como si el sol quemara su estómago y sus pulmones antes de abrirse paso la primera bola de fuego sobre el campo quemado color paja y marrón ocre, de los campos arados.

Terminé de echar jabón dentro de la cuba del pozo y saqué las manos del agua. Sonó un zumbido, un sordo ulular constante, algo que se acercaba. Miré hacia el camino, pero sólo estaba la tierra abovedada, las cunetas derruidas a los costados, marginándolo como para que se distinguiera en esa soledad calcinante y plana de del campo, algunos árboles como pintados más allá. No había nada afuera. Volví a meter las manos en el agua fresca y entonces lo sentí de nuevo, agazapado, expectante, pero dentro de mí, Dios, dentro de mí.

Fue después, cuando el marido había llegado, los dos cenaban alguna cosa en la cocina de la casa, que comprendió que esa rara experiencia de la siesta había sido, justamente, presentir al sol que caer a la tierra, poco después, cuando salía del cobertizo de chapa de la azotea en donde lavaba la ropa y la colgaba bien estirada al sol en el único alambre, le llegaron las primeras oleadas de calor, ásperas por el polvo y la tierra, del viento africano.

El todavía no había llegado y eso la preocupó. Sin embargo había tendido la ropa igual, como siempre hacía a mitad de semana desde que, cuando chica, tuvo que comenzar a ayudar en la casa de sus padres, "pa cuando se case la niña". Aprendió eso y otras cosas y fue, dentro de todo, una suerte para mí. Era una época de cambios en el mundo. Había ocurrido lo del Gran Fuego hacía unos años y de pronto llegaba, sin aviso, la primera bola de calor asfixiante. Lo demás no fue fácil, pero al menos se hizo más llevadero. Además, encontré la casa vacía de mis padres, ésta donde vivimos ahora, y con techo propio la cosa cambia. Yo aún no había llegado del campo cuando comenzó a quemar esa bola de fuego. ¡Que carajo!, si parecía que nunca antes hubiera quemado. Comenzó, como todas las tardes, como todos los días, y después fue cambiando, pasándose al rojo infierno, y cada vez más fuerte y más fuerte y la arena africana que no me dejaba ver para qué lado estaba la casa. Pero por fin divisé la torre del pozo entre las montañas de rocas de polvo y tierra y me encaminé como pude, a tientas, despacio, hasta que choqué contra la cerca de madera daba la vuelta completa. Entonces supo que había llegado y se tranquilizó un poco.

El jabón se disolvía en el agua y poco a poco la iba llenando de una espuma olorosa, espesa, que crecía trepando por los costados de la cuba. El blanco de la espuma resaltaba aún más el rojo fuerte del sol, que iba desapareciendo cada vez más lentamente hasta que el crecimiento se detuvo. Las manos entraron entonces en la espuma y rompieron la magia, volviendo la espuma a descender y a mezclarse con el agua. Estaba justamente por poner las ropas cuando sentí la primera quemadura de la desgracia. Fue una punzada en el costado, algo como un presagio que me hizo dar la vuelta pensando que él ya había regresado. Pero no. El quemor venía de dentro y era como una lengua de fuego, seco, áspero y lastimero que se hizo negro de pronto el campo. Como todos los días desde que estoy aquí, tranquilo, calentado la tierra. Poco después cambió, se cayó para el lado del oeste y aumentó. Así y todo, después de lavar la ropa salió igual a tenderla, a pesar del sol que amenazaba con achicharradla: había que hacer lo posible porque se secara, ya que el marido no se debía demorar en llegar y querría, como todos los días, cambiarse la gorra sudada, la ropa quemada y llena de tierra con que siempre regresaba.

Las primeras ráfagas de fuego tenues. Después, con el transcurso del día, aumentaron hasta transformarse en una gigantesca bola de fuego. La línea de montañas rocosas, que tan bien se recortaba sobre el horizonte todos los días, había desaparecido cubierta por el polvo de fuego en suspensión. Una suerte que él llegara antes de que el sol se desatara con toda su fuerza. Eso me tranquilizó. Siempre estuvimos juntos para todos los problemas, y sentir que él justamente ahora podía faltar hubiese sido terrible. Lo necesitaba, conmigo, en la casa. Estaríamos protegidos del SOLFUEGO y de cualquier cosa. Por eso me puso bien sentir que me llamaba en medio del bochorno, al otro lado de la casa. En ese momento estaba con la ropa en la mano, dispuesta a colgarla del único alambre tendido de la azotea, en lo alto de la casa, y el sol quemaba ya fuerte. Al principio creyó que era sólo el sonido de las ráfagas, pero luego, cuando nuevamente lo escuchó, comprendió que eso era un grito y que venía de más allá de la casa.

Dejó la ropa a medio colgar y corrió como pudo, envuelta en fuego y tierra, hacia donde escuchaba la voz. La hubiese reconocido en medio de una multitud. Al doblar en la esquina se topó con el sol de frente, que la hizo tambalear. Después llegó hasta la cerca de madera, y sintió que de pronto la estaba abrazando, ahogando un sollozo. "Tranquila, tranquila, ya estoy aquí y no pasa nada, tranquila. Vamos, vamos para adentro que ya va a pasar. Sólo es una tormenta de calor, vamos, vamos". En realidad yo estaba bastante preocupado. Con un sol así es muy fácil perderse en el campo, donde cada surco es igual a otro, donde no hay nada que sobresalga como para guiarse. Y aún así, bien podría haber pasado a sólo un metro de alguna cosa, incluso de la casa misma, y no haberme dado cuenta por la flama. Por eso había comenzado a llorar. No dudó tampoco, cuando sintió madera entre sus manos, la suerte lo había guiado secretamente hacia la casa. Y cuando, noto que lo abrazaban unas manos húmedas y olorosas a jabón de lavar, terminó por convencerse de que la providencia lo había acompañado.

El calor se iba acumulando sobre la ropa limpia, recién colgada, la mancha roja sobre la ropa iba agregándose en capas sucesivas, una detrás de otra, colgada del único alambre tendida allí, en la azotea de la casa. Ella había continuado lavando cuando comenzó el SOLFUEGO, primero suave, como todas las tardes desde que tenía uso de razón, pero luego más fuerte, con ráfagas que de pronto amenazaban con quemar la ropa del alambre o, incluso, dada la alta temperatura que éste hacía, quemarlo todo de una sola vez. Entonces había escuchado los gritos y supo, de la misma forma en que había presentido la tormenta de calor, que esos gritos eran de su esposo, Dios, y no pudo evitar llorar mientras corría un tanto a ciegas, dando la vuelta a la casa y topándose con el la bola de fuego, tocando con su mano izquierda la pared para guiarse, y llegaba hasta la cerca de madera del frente y se chocaba y fundía en un abrazo sentido, necesario como nunca, pensó, hubiese podido necesitarlo.

Habían entrado en la casa y de pronto fue un golpe escuchar el SOLFUEGO. A poco de estar allí, parados y abrazados, en silencio, escucharon que el viento africano seguía afuera con una furia nunca oída, y el abrazo fue más fuerte. Entre lágrimas balbuceó "creí que no venías". Tragué saliva y lo repetí, qué diablos con el sol de fuego, creía que ya no ibas a ver la casa con la flama, entre la arena africana que hay. Él dijo algo que no entendí bien entonces pero que me tranquilizó. Era él el que estaba allí conmigo, hablando, calmándome, sosteniéndome para que no cayera en la bola de fuego. Yo en realidad sólo quería abrazarla y nada más. El susto no se me había pasado y pensaba que si de pronto ella me soltaba me iba a caer redondo al suelo. Creo que incluso la apretaba tanto para evitar los temblores que me recorrían el cuerpo de a ratos, como descargas, como sacudones eléctricos. Y no los podía evitar, mi Dios. Entonces escuché que me decía entre sollozos que estaba asustada, que pensaba que entre la calima yo me iba a perder, y yo sólo pude decirle algo que me salió del alma, pero que más que a ella me lo decía a mí, a mí mismo, a ver si de una vez por todas se me iba el susto de encima.

Al rato se separaron, ella secándose las lágrimas que habían quedado sobre sus mejillas, él pasándose la mano grande por la cabeza, tratando vanamente de aplacar la cabellera desgreñada que, reacia, tomaba la postura de siempre en cuanto la mano pasaba. Se quedaron allí quietos, mudos, mirándose en silencio. Afuera las bolas de fuego rodaban silabando. Entonces ella dijo ¡la ropa!, como recordando de pronto, y trató de salir nuevamente de la casa pero él la paró y le dijo que mejor se olvidara de la ropa y porqué no comían algo.

La ropa había desaparecido. Lo supo en cuanto se despertó y corrió hacia la ventana. Sólo permanecía, y quien sabe por cuanto tiempo, el único alambre tendido del patio, que se sacudía con cada ráfaga de aire africano como si ya fuera a cortarse. Por momentos el alambre se tornaba invisible por causa de la arena que volaba, como una mancha ocre oscura que tamizaba las cosas conocidas y poco a poco las iba mimetizando. De vez en cuando su vista avanzaba hasta los árboles pintados, ahora tristemente quemados, que había más allá de la última cerca, casi al borde del río. Pero las imágenes de esos troncos achicharrados aún verticales se tornaron más como una fantasmagoría alucinatoria que como la realidad concreta y conocida de los días pasados. Además, me di cuenta de que se hacía más difícil ver las cosas pues el sol aún tenía mucha mas fuerza y cegaba. "Raro, haberme despertado tan tarde" dijo él al lado mío, y yo me giré y volví a la cama, confundida y feliz al mismo tiempo, deseando que todo marchara bien dentro de la casa. Mientras la bola de fuego los sitiaba podían oírse, de vez en cuando, los latigazos que daba el alambre, ahora sólo atado por una de las puntas, contra el suelo de la azotea.

A pesar de que la ropa lavada se le había se sintió desahogada cuando escuchó, ya por segunda vez y claramente, la voz del marido. Entonces había abandonado todo allí en el cuartito de chapas de la azotea y, con la mano izquierda pegada al muro de la casa, había avanzado hacia el frente, donde estaba el SOLFUEGO y la cerca de madera casi quemada. Allí lo encontró y se abrazaron con pasión, con dolor, con temor. Al entrar el fuego en la casa permanecieron así, más para no caerse uno sin el apoyo del otro que por otra cosa; estaban ya tranquilos allí dentro, uno junto al otro como siempre lo habían estado. El SOLFUEGO del exterior ya no importaba. Sólo contaban ellos allí dentro, en su dormitorio. Cuando por fin se separaron él trastabilló un poco pues aún tenía el miedo muy adentro de sí, pero más tarde, cuando ambos estaban juntos en la cama, se tranquilizó del todo.

—Ya va a pasar, en cualquier momento.

— ¿Te parece?— dijo ella.

—Seguro. Nunca antes quemo tanto. Además...—hizo un gesto y un silencio como si buscase una respuesta más creíble—, además mañana tengo que salir otra vez al campo para terminar de arar.

Ella no contestó. "Tal vez mañana no podamos salir..." pensó.

El calor era agobiante. Eso se evidenciaba en los cuerpos sudados de los dos, allí, en el suelo del cuarto. Por momentos sólo era audible el crac crac crac de la arena sobre los vidrios de las ventanas, por momentos sólo el bochorno. Esto los había puesto un poco tensos. Si bien el calor mas fuerte llegaba todos los días por la tarde, hacia el anochecer ya era raro que permaneciera, y menos de noche cerrada y del oeste. La tensión interior contrastaba en los rostros con la indiferencia exterior con que pretendían, inútilmente, pasar por alto el momento. Tal vez fue por eso que, luego de la cena, en una forma en que pocas veces ocurría, nos echamos en la cama. La sábana estaba arrugándose por debajo de los cuerpos sudados y podía verse cómo aparecía, un poco más de colchón sin cubrir en uno de los extremos de la cama.

"La ropa" dijo ella, "ya no está". Él asintió con la cabeza, en silencio, mientras se vestía. No le gustaba lo que estaba pasando. ¿Qué pasaría con el campo? ¿Con los sembrados? "Con un sol así, carajo, todo el trabajo fue inútil. Las semillas deben haberse quemado. Y las plantas... la puta madre". La voz de la mujer lo despejó de sus pensamientos:

— ¿Oyes? Escucha, escucha. ¿Lo sientes?...

Él se acercó entonces a la ventana, donde estaba ella parada, y escuchó, con la oreja apoyada sobre el vidrio. Dijo, "se está descascarando el campo", mientras se retiraba un poco de la ventana y contemplaba el ocre y de tanto en tanto azotaba la casa y el campo. Eso que escuchaba, aún sin necesidad de pegarse al vidrio, ya no era el polvo suelto con que había comenzado el día anterior. La sucesión de crack crock crick sobre el cristal eran pequeñas piedras, terrones duros, el campo mismo que se estaba volando frente a sus ojos.

Al comienzo, cuando montado en el tractor iba tirando del arado, había visto en el horizonte las primeras espirales de fuego que subían retorciéndose sobre sí mismas, y comprendió que nuevamente, como todos los días, el calor había llegado. Lo que no había previsto era la magnitud del SOLFUEGO cambio de dirección: provenía tal vez de más allá de las Montañas Azules del este, tomando cada vez más velocidad sobre el campo extendía, en la otra dirección, hasta el río medio seco y el infinito. Se había detenido entonces el motor del tractor y había bajado con presteza, marchando hacia la casa a pie entre el calor. No había observado durante la mañana que se avecindara la tormenta de fuego jamás vista, pero ese aire africano, por momentos huracanado, por momentos calmo, que estaba arrasando, lo intranquilizaba. La casa pronto desapareció detrás de la flama y creyó que se perdía. Sin embargo siguió caminando como podía, tratando de que el aire no lo hiciera caer, hacia el lugar en donde había visto por última vez la pared blanca y el techo brillante de chapas. A pesar de sus intentos, en varias oportunidades cayó de bruces entre los surcos arados del campo, y optó entonces por avanzar en cuatro patas. Sabía que su mujer aproximadamente a esa hora lavaba la ropa y esto lo preocupaba. Si el sol y la arena la alcanzaban afuera de la casa podía pasarle cualquier cosa. Siguió arrastrándose de esa manera hasta que sintió que chocaba con algo liso, rectangular, que se erguía verticalmente. "La cerca”. Por fin, carajo, la cerca se dijo entonces, mientras yo, que había escuchado los gritos, avanzaba también a tientas y lo abrazaba con las manos húmedas y jabonosas.

A medida que transcurría el día oscuro y sofocante, fue perdiendo la coloración ocre para teñirse de un tono sangre oscura, como vetas que de tanto en tanto llegaban hasta la ventana. "Seguramente viene quemando las montañas el desgraciado.”

Hacia el anochecer el sol ya evidentemente rojo imposible... Dada la luz cegadora no podía ver qué era lo que había quedado del campo, pero el fuerte color rojo no le decía nada bueno. En tanto él se debatía frente a la ventana la mujer trataba vanamente de evitar que el sol y la arena se juntasen en el dormitorio. Varios muebles estaban ya veteados de rojo y montoncitos ocres se desparramaban por el cuarto. El calor pegajoso se endurecía sobre sus cuerpos que, poco a poco, con el correr de las horas, habían adquirido, conjuntamente con los muebles, una marcada tonalidad oscura, azulina u ocre, según la dirección que la bola de fuego había tomado y según la arena que había entrado en la casa.

Afuera sólo se oía el restallar del alambre contra el suelo de la azotea y el aullar infernal del SOLFUEGO. Ni siquiera los perros ladraban y pronto comprendimos que tal vez habían sido arrastrados por la bola de fuego hacia el este, al finalizar el campo.

Al otro día, cuando ella despertó y miró por la ventana, vio que la ropa lavada ya no estaba y que el sol, a pesar de la hora avanzada, estaba oculto tras un cielo oscuro de tormenta de arena.

El color rojo sangre señalo el fin del segundo día. La temperatura había aumentado hasta límites insospechables desde el día anterior y una arena oleosa cubría sus cuerpos, desnudos hasta la cintura. En los ojos desorbitados de la mujer podía leerse la desesperación que nacía, irrefrenable, dentro de la casa. El marido no abandonaba su puesto al lado de la ventana, mirando siempre hacia el naciente, hacia donde las Montañas Azules seguramente iban desapareciendo arrastradas por las ráfagas increíbles de las bolas de fuego. Sin embargo, entre el anochecer del segundo día y el comienzo del tercero el calor había aminorado considerablemente, aunque manteniendo el tono rojo ardiente. Tampoco podrían salir ese día. Habría sido demasiado peligroso arriesgarse y perderse en el infierno del exterior. El hombre observaba como si realmente pudiera distinguir algún objeto sobre el cual poder detener la vista. Sin embargo afuera sólo se veían trazos horizontales, algunos más fuertes, curiosamente azules en ese clima tórrido que cubría de oleosa arena los cuerpos.

El alambre, que hasta esa mañana había estado sonando rítmicamente, ya no se escuchaba y era imposible distinguirlo con tanta arena. Me sorprendió ver que por primera vez que el sudor no brillaba, sino que se mantenía opaco y consistente como una terracota. Sobresaltado levantó un poco la cabeza cuando sintió un golpe en el vidrio y vio un rectángulo amarillo pegado a él. Se acercó. Una hoja arrugada y quemada de periódico se mantenía plana contra el cristal. Una foto borrosa se podía distinguir aún en medio de la página. Al rato el mismo calor que la mantenía la despegó violentamente y ya no volvieron a verla.

Esa noche, al recostarse, durmieron sin hacer el amor. Cada uno estaba boca arriba, expectante por si el otro se movía o decía algo. Yo podía sentir su respiración pausada aunque imperceptiblemente inquieta y, de vez en cuando, de reojo, alcanzaba a distinguir la barba crecida de dos días y el sudor oleoso manchando su cara. Él seguramente sabía que lo miraba, y dijo quedamente que la bola de fuego pronto pasaría porque ya había bajado bastante desde que comenzara. Yo no contesté. Me acerqué a su brazo musculoso hasta sentir el olor acre y me acurruqué allí. Podía sentir su respiración sobre mi brazo izquierdo. Por suerte no contestó cuando le dije lo del sol. Internamente sentía palpitar el miedo de que ese sol fantasma siguiera quemando y gastando las montañas, arrasando con el campo y llevándose la vida hacia las tierras desconocidas. Me tranquilicé un poco cuando sentí que su respiración se normalizaba con el sueño. "Si al menos uno pudiese dormir y borrar las angustias del día" me dije mientras yo también, respirando con calma, comenzaba a hundirme en la oscuridad.

Un fuerte estrépito los despertó. Algo se estaba moviendo allí afuera, con jadeos y chirridos agudos. Se abrazaron mutuamente y permanecieron quietos. De pronto un desgarrón metálico les puso la piel de gallina y saltaron de la cama. Un nuevo desgarrón terminó por soltar algo y ya no se escuchó nada más. El SOLFUEGO había retomado imprevistamente su furia del comienzo y acababa de quemar una parte de la casa, aunque no podían saber cuál.

La temperatura seguía aumentando incluso durante la noche. Sus cuerpos ardían por debajo de la cáscara ocre que los cubría. Se hacía difícil respirar en el cuarto, por lo que permanecieron despiertos hasta que una débil claridad les anunció que había amanecido. Ese día tampoco podrían salir de la casa. La permanencia allí comenzaba a ser problemática. Sin nada que hacer y sin saber la suerte que había corrido el campo, la tensión aumentaba con el paso de las horas. Tácitamente decidieron mantenerse separados, la mujer en el suelo, el hombre apostado frente a la ventana, tratando de ver algo fuera de la casa en la negrura insondable. Estando allí observó que la arena comenzaba a juntarse en los bordes de la ventana, subiendo un poco sobre la superficie picada del vidrio. Notó que ya el calor y la arena no se colaban por la parte inferior de la puerta. El montículo de tierra que había en el interior permanecía igual. Se acercó despacio al reborde rojo y lo tocó con suavidad; era la misma consistencia de terracota que tenía sobre el cuerpo, pero sin secar: un polvo de fuego oleoso que se adhería a cualquier cosa. "Las montañas. Son las montañas que se están volando" pensó.

La última vez que había logrado distinguir la línea de montañas, distantes en el horizonte, hacia el oeste, había sido cuando araba el campo antes de que el aire del desierto comenzara a soplar. Estaba sobre el tractor, con el sol vertical, avanzando hacia el norte con el arado detrás, cuando, al llegar al límite del campo y girar el volante hacia la izquierda se encontró con el horizonte quebrado, ascendiendo una línea naranja brumosa, dentada, que se extendía a todo lo largo del campo, dándole fin natural a la llanura. No sabía qué había del otro lado de las montañas. Tal vez por ello es que esa línea dentada y anaranjada del horizonte les llamaba tanto la atención a él y su esposa. Las montañas habían estado allí desde siempre, al menos desde que ellos se habían hecho cargo del campo abandonado. Por un lado las montañas, por el otro el río y, en medio, el campo extenso y verde, salvajemente palpitante donde estaba enclavada la casa.

El bambolear del tractor le impedía fijar la vista en un punto determinado de las montañas, pero alcanzó a distinguir, al poco tiempo de haber girado hacia el oeste, una nube vertical de arena que crecía, moviéndose hacia los costados de vez en cuando. La nube resaltaba sobre el naranja del fondo, y a medida que se acercaba parecía cobrar un tono ocre verdoso, propio de la tierra del campo. Supo que venía el aire africano nuevamente y subió las ventanillas herméticas del tractor, aislándose momentáneamente, como hacía todos los días, del polvo. Pero cuando sintió los primeros impactos contra la carcasa plástica comprendió que ese aire que llegaba era diferente de todos los anteriores. La mujer en ese momento lavaba la ropa para tenderla en el único alambre de la azotea y percibió la llegada de la arena de africana, aún antes de verla, en sus entrañas. Entonces fue cuando el tractor se atascó en algo, posiblemente un surco demasiado profundo o alguna rama de árbol, y no marchó más. No podía recular pues el arado, más liviano que el tractor, se sacudía con el la arena y había quedado torcido. Se paró el motor y él quedó quieto, esperando a que escampara. Pero sin el motor los filtros de aire no funcionaban y se tornaba imposible respirar la atmósfera viciada y cargada de polvo que se colaba por las rendijas de ventilación. Entonces pensó en su mujer, en que debía estar lavando la ropa y en que podía pasar cualquier cosa si la tormenta la sorprendía afuera, y decidió regresar a la casa a pie, como pudiera, antes de que el aire africano lo impidiese totalmente. Por eso había corrido, cayéndose, levantándose, caminando finalmente en cuatro patas, tanteando el suelo hasta encontrar la cerca de madera de la casa y luego, al levantarse con dificultad, las manos húmedas y olorosas a jabón de su mujer.

No le había contado lo del tractor para no alarmarla inútilmente. Me había limitado a entrar con ella en la casa, junto a una espesa nube de arena, y mantenerme junto ella, evitando soltarla de la mano pues sabía que iba a caerme por el temblor que agitaba mis piernas. Yo lo sostenía, sentía que si lo dejaba podía caerse, y lo apretaba con más fuerza hacia mí, acaso tan fuerte porque yo también, como él, temía caer.

— ¡Creo que es el lavadero!— gritó la mujer desde la cocina.

El hombre parpadeó un poco, todavía ante la ventana y el naranja que manchaba los vidrios, y luego preguntó "¿Qué?...".

—Que creo que es el lavadero. Lo que el viento se llevó anoche.

La ventana daba directamente a la escalera donde, adosada a la misma pared, un poco más a la derecha, estaba ubicado el lavadero. Entre ráfaga y ráfaga amarilla parecía que no había nada allí. "¡Dios!", pensó, "se nos está volando la casa". Se sentó entonces en la cama y observó cómo su mujer sacaba las sabanas, con una pátina ocre, dentro del armario del dormitorio. No quería contarle lo del tractor descompuesto, pues eso empeoraría las cosas. Prefirió callar, dejar que las cosas pasaran, esperar a que la tormenta amainase de una vez por todas. Por eso se había sentado en la cama en silencio, esperanzado en un cambio del tiempo. Fue nuevamente la voz de su mujer con una mala noticia la que lo sacó de su mutismo estereotipado y lo hizo levantarse con brusquedad:

– ¡Mira, mira! En la ventana.

El polvo naranja iba subiendo por la ventana, acumulado sobre el alféizar de madera. "Mierda" y dijo corrió hacia la otra parte de la habitación. En el silencio del cuarto sólo se escuchaba, proveniente del exterior, el cric cric cric del polvo golpeando los cristales y la madera, desgastando los muros de la casa, invadiendo cada rendija y llenando todo de arena.

La ventana que daba al oeste estaba desprotegida del viento y allí se acumulaba el polvo más rápidamente. Si se prestaba atención podía verse cómo subía de a poco, cubriendo el vidrio. "Nos estamos enterrando, carajo" pensó el hombre. Giró y se acercó entonces a la puerta de entrada, donde momentos antes había tocado el polvo naranja en el lado interior de la ventana. Por eso no entraba más. Del otro lado de la puerta seguramente ya había una montaña de arena que se seguiría acumulando mientras durara la tormenta. Se pasó la mano velluda y sucia por el pelo hirsuto, desgreñado, de la cabeza. "Qué mierda, justo lo que nos faltaba. ¡Enterrados!" se dijo mientras intentaba, en vano, tal vez inconscientemente, aplacar su pelo rebelde y anaranjado. ¿Cuánto más duraría? ¿Hasta cuándo el aire continuaría soplando? ¿Qué habría sido del campo? Exasperado, se sentó en el suelo, junto a la línea de polvo naranja que se había deslizado bajo la puerta. Las aberturas del dormitorio eran bastante seguras, aunque el polvo impalpable había logrado pasar igual. Lo que no pasaba, y era mucho más peligroso, era el suficiente aire del exterior, aunque debía estar tan viciado a raíz de la tormenta que tal vez no importara tanto. Aturdido, el hombre permanecía sentado en el suelo, observando el polvo estático que se había colado bajo la puerta, escuchando en medio del silencio el constante martilleo del cric cric cric de piedritas y tierra que golpeaban contra la puerta y los vidrios, sintiendo cómo poco a poco el polvo iba subiendo, cercándolos con el azul cobalto de las montañas del horizonte, respirando con esfuerzo a través de un pequeño espacio desgastado en su cobertura barrosa, sudando impotente ante el calor agobiante, siempre en aumento, que irradiaba esa tierra de nadie.

El tiempo transcurrió en silencio, con el mismo monocorde cric cric que los había acompañado durante todo el día y durante los días anteriores, desde que comenzara a soplar el aire y la arena de la desgracia. La luz de la vela resaltaba fantasmagóricamente sus rostros enjutos, apagados, de donde partían, de vez en cuando, al mover la piel reseca para masticar arena unas líneas claras que resaltaban sobre el barro naranja y se perdían a los costados, bajo la mata de pelo duro y quebradizo. El mismo silencio los unió más tarde, cuando se recostaron uno junto al otro, incapaces de expresar otra cosa que no sea respiraciones entrecortadas, difíciles, doloridas. Sólo podían intentar dormir, olvidar mediante el sueño el horror de la devastación que les volaba el campo y la casa.

En la penumbra, de pronto, creyó ver dos luces fijas que lo apuntaban, desde el otro lado de la ventana, con turbadora insistencia. Gritó, sacudiéndose, y las luces desaparecieron, aunque no supo si fue a causa de ese grito que lo había despertado de una pesadilla o si realmente había espantado a alguna cosa al otro lado de la ventana. Su mujer lo tranquilizó, diciéndole que era imposible que algo vivo estuviese afuera, con ese SOLFUEGO, con esa muerte naranja que avanzaba hacia arriba tapándolos, y luego, sin ganas o sin poder contestar uno, y sin poder continuar la otra, se durmieron finalmente, jadeando, abrazados, hasta que un ensordecedor aullido los despertó.

Permanecimos quietos en la cama. Por un momento pensamos que el resto de la casa se nos volaba, como había comenzado a ocurrir con el lavadero, pero pronto comprendimos que la casa aún permanecía firme en su lugar. Otra cosa estaba ocurriendo afuera, algo nuevo. Prestamos atención y tuvo que pasar aún un rato para que nos diésemos cuenta de que el desgarrador aullido que nos había despertado no era otra cosa que un silencio repentino, mortal, que se había extendido por el mundo fuera de la casa. Con lentitud me separé de ella y avancé hacia la ventana. En la oscuridad de afuera no podía ver nada, pero sí podía sentir que el aire había dejado de soplar. Nada se movía del otro lado. El silencio me dolía dentro del cerebro como si fuese un ruido atronador, despiadado. Sentí que él me dejaba y tuve miedo. Me acerqué yo también a la ventana, con el mismo silencio con que nos impactaba el mundo y la ausencia de aire, y me detuve un paso detrás de su figura grande y barrosa. Afuera estaba demasiado oscuro como para ver qué había o qué faltaba, pero tuve la seguridad de que ya no soplaba el aire africano. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a esa nueva y silenciosa realidad, a esa calma dolorosa que nos impactaba desde el exterior, y creo que permanecimos quietos ante la ventana hasta que una claridad fue tiñendo la superficie y pudimos ver, débilmente pues esa luz se abría paso con esfuerzo en el aire espeso, lo que durante años había sido nuestro campo arado.

Un mar ondulante se extendía hasta el horizonte. Parecía nacer en nuestra ventana, sobre el alféizar de madera, suave y naranja, oleoso, de rara consistencia. Se quedaron estáticos allí mirando, mudos, el suave ondular de los médanos con alguna que otra brisa que de vez en cuando parecía aún soplar, inaudible, sobre la tierra devastada.

— ¿Y ahora?— fue lo único que logró articular la mujer.

El marido permaneció pensativo un rato. Luego murmuró:

—No sé.

Aún trataba de asimilar la destrucción del campo. Miraba con la vista perdida en el horizonte el desierto que se extendía frente a sí, y de pronto su rostro se iluminó con un recuerdo olvidado, y dijo, casi arrepintiéndose al mismo tiempo, "¡El arroyo!", y guardó silencio nuevamente. La mujer, que se había acercado hasta quedar a la misma altura que él, sobre la ventana, buscó el arroyo con la mirada y no lo encontró. Había desaparecido, sepultado por el azul cobalto de las montañas del poniente, como si toda esa magnificencia que hasta ese entonces había mostrado no hubiese sido más que una ínfima corriente para el huracán.

— ¿Y la tormenta de fuego?— preguntó al rato ella.

Con tono ausente, el respondió:

—No sé.

El sol, mortecino por causa del polvo que aún estaba en suspensión, poco a poco fue alumbrando más, permitiendo ver detalles que hasta entonces habían pasado desapercibidos. Tampoco estaban los árboles, del otro lado de la cerca y del río, y tampoco estaba la cerca. O estaba, pero a más de un metro por debajo del suelo naranja oscuro.

Saqué las manos de los bolsillos y traté de abrir la ventana. "¡Qué haces!" exclamó ella, pero la detuve con un gesto. "Hay que salir, carajo", le grité mientras forzaba la ventana con el hombro y todo el cuerpo. Un poco se movió y cayó un chorrito de arena dentro del cuarto. Metiendo un dedo en la rendija ayudé a que siga cayendo más arena adentro. Al rato ya la hoja de la ventana podía moverse con más facilidad y al cabo de media hora la había abierto totalmente. Un grueso montón de arena se deslizó entonces y formó un talud contra el zócalo de la pared, por debajo de la ventana. Ella estaba como ausente, mirando lo que yo hacía.

— ¿Y si vuelve la arena del desierto?— preguntó entonces.

—El aire un carajo le dije, hay que salir antes de que nos quedemos acá enterrados.

Se acercó, aún sin mucho convencimiento, y lo ayudé a sacar la arena que apretaba la otra hoja de la ventana. Cuando las dos quedaron libres el marido dijo que tendrían que investigar afuera para ver qué había pasado. Salieron por la ventana con ayuda de una silla. Yo lo seguí un poco atontada, sin pensar en lo que estaba ocurriendo. Me sentía cansada, con un cansancio de días que de pronto se me había venido encima, sin ganas de hacer nada. Pero igual lo seguí afuera, para ver qué había pasado. Me sorprendió y causó gracia ver el techo de la casa a la altura de mis ojos, yo que nunca había sido muy alta. Del otro lado de la casa, hacia el oeste, tampoco había nada. Apenas se distinguía un suave dentado con las puntas romas, redondeadas, que a duras penas parecía sobresalir del mar de arena. "Se volaron las montañas, Dios" dijo el marido entonces. Caminaron alrededor de lo que quedaba de casa. Del otro lado había menos arena acumulada contra el muro pero, igual, casi llegaba al picaporte. Las paredes blancas, aunque manchadas, resaltaban sobre la superficie color cobalto. Hacia el noroeste, se distinguía la carcasa del tractor, emergiendo como una isla de una duna. El lavadero no estaba. La calma era total y aprovecharon para caminar.

Al rato regresaron, cuando sintieron que una brisa comenzaba a levantarse. Hacía más calor, y la brisa les quemaba por dentro, encendiéndoles la piel quemada y terrosa, opaca a pesar del sudor. Entraron nuevamente por la ventana y la cerraron, colocando del lado de afuera, como pudieron, una chapa arrancada del lavadero, de tal manera que protegiese un poco más a la abertura de la tierra que volaba, facilitando así la próxima salida de la casa. Al cerrar la ventana la chapa se ladeó, pero aún parecía ofrecer resistencia a la tierra que ya comenzaba a juntarse sobre él. Pronto todo se nubló, como los días anteriores, tornándose el aire de un color oscuro. Se quedó observando, atónito y alucinado, cómo el polvo remolineaba frente a la abertura y cómo se iba acumulando, oleada tras oleada, sobre la chapa del lavadero.

Cuando aquel día salió con el tractor no imaginó que ese sol que recién nacía podía convertir el campo en un mar de polvo amarillo y naranja. Había arrancado como siempre, sin problemas, y nada me hizo pensar que se detendría a las pocas horas. La pila de energía no podía haberse acabado tan rápido, y el indicador de voltaje persistía en señalar que aún quedaba para muchos meses. Pero aún así el motor se detuvo. El en ese momento había girado el volante hacia el poniente, para seguir la línea de los surcos arados, y se había topado con el cambio de dirección del sol. "Qué cosa rara" pensó, "la primera vez que cambia y sale de otro lado". A poco de andar dejó de ver las ocho ruedas del tractor porque todo se tornó oscuro de pronto, como si la noche hubiese caído antes de tiempo, sin aviso. Sin embargo en ese momento el miedo aún no se le había colado en el cuerpo y había tratado de regresar con el tractor hasta la casa. "Primero la orientación, eso es fundamental, y después marchar despacio. Esto se está poniendo feo, al diablo con la tormenta que se viene. Tengo que llegar, carajo, tengo que llegar". En ese momento la mujer sintió el cimbronazo en el estómago y se dobló en dos pensando qué me pasa mi Dios, qué es esto. Entonces salió del lavadero y comprendió que se caía el sol, antes aún de verlo como una mancha terrosa asolando los campos.

Provenientes de alguna parte tras los cristales surgieron de esa noche repentina dos luces, turbadoras fijas sobre el rostro del hombre. La mujer corrió presurosa ante el grito de su marido pero no pudo ver nada afuera, hacia donde señalaba espantado con una mano temblorosa.

— ¡Allí, carajo, por ahí está! dijo mientras tomaba a la mujer de la muñeca y la dirigía hacia el vidrio manchado de la ventana.

Trazos horizontales, de color naranja fuerte, cruzaban el desierto del otro lado. No había nada allí. No podía haber nada vivo con una tormenta así. "La tierra está devastada, entiendes, no hay nada afuera. No puede haber nada" le dije abrazándolo con fuerza. Luego regresé a la cama mientras él quedaba, nuevamente, en su puesto de observación de la ventana. El aire había adquirido otra vez su violencia de antes, azotando las ventanas y produciendo un insoportable ritmo de cric cric cric contra los vidrios y paredes. Un sonido sordo y apagado se escuchó de pronto y la mujer vio, sobre la ventana, un papel pegado veteado de azul. "Una carta, Dios", se dijo al mirarla de cerca con una vela. "Una carta. ¡Quién sabe de dónde viene el aire!" repitió luego en un murmullo.

La carta manchada fue la primera de una serie. Los papeles parecían inundar de pronto lo poco visible a través de las ventanas, cubriendo los vidrios que recibían el aire de frente y llenando las dunas más cercanas. Papeles escritos, papeles de colores, hojas de libros, todo, en fin, confundido en un ululante maremagno, flotaba sobre un inusual trozo de azul el naranja del aire y era arrastrado hacia el este con fuerza inaudita. Me sustrajo de la vista de semejante espectáculo la voz de mi mujer, llamándome.

Dios, que de ésta no salimos".

Ella en silencio, mirando de tanto en tanto el rostro embarrado de su esposo, tratando de no mostrar el temor que se le transparentaba por todos los poros y, especialmente, a través de los ojos grandes y apagados, sin brillo. "Que no afloje, Dios, que él no afloje. Si él se acaba nos perdemos los dos. Yo no puedo más, ya no. Y no hay comida. Aguanta y se dirigieron, mudos y despacio, hacia el otro lado del cuarto. La mujer tanteó la oscuridad buscándolo, dejó que sus manos subieran por los brazos de él y llegó hasta la cabeza, lo atrajo hacia sí y lo besó. El la dejaba hacer pero luego la separó un tanto bruscamente y se quedó quieto, mirando por la ventana.

Afuera nada parecía haber cambiado. Tan fuerte como al principio, la tormenta. Seguían llegando papeles de colores y cartas, diarios y revistas, algunas páginas de libros. Aparecían y desaparecían con la misma rapidez, haciéndose visibles durante un breve segundo para hundirse luego en el azul y no verlos más.

Habrían pasado más de dos horas cuando la tormenta comenzó a perder fuerza, tornándose, hasta el amanecer, en una brisa cálida. Cuando el sol pudo distinguirse, blanquecino a través de las nubes, el hombre dijo que había que salir otra vez para mirar y abrió la ventana. La mujer no sabía qué era lo que su marido quería mirar afuera, en medio de ese desierto, pero lo siguió.

El techo estaba un poco más bajo que el día anterior, y la cabina del tractor había desaparecido totalmente bajo la duna. Proveniente de alguna parte, sobresalía un pedazo de rama, deshojado, en otra duna cercana. Como era la más alta de la zona, decidieron llegar hasta allí para ver mejor hacia el horizonte.

Caminar en esa arena era muy difícil. Ya lo habían experimentado antes, en la otra recorrida que hicieran. Por más cuidado que ponían al pisar la oscura superficie, los pies se hundían y desaparecían hasta cerca de la rodilla, y costaba mucho volverlos a sacar para dar otro paso. Subir una duna era peor, pues la arena periódicamente se deslizaba hacia abajo y, si bien no llegaban a caerse, perdían mucho terreno. Finalmente llegaron, al cabo de una hora, trepando con lentitud y en cuatro patas, a la cumbre. El paisaje, visto desde allí arriba, no cambiaba mucho, salvo que podían ver más arena y más lejos que desde abajo, a la altura del techo de la casa. ¿Taparía la casa una nueva duna? ¿Cuánto duraría todo eso? "Ya ni montañas quedan" dijo el hombre. Y luego añadió:

— ¿Te acuerdas por dónde iba el camino? Tendremos que irnos hoy o mañana, en cuanto podamos.

La mujer guardó silencio un rato. Irse por allí, seguir el camino, significaba recorrer, en línea recta, unos cincuenta kilómetros hasta el pueblo, al que nunca habían ido. Sabía, de oírselo a él, que estaba para ese lado, pero nunca había siquiera mencionado la posibilidad de ir.

— ¿Y las tormentas?

—Es la única oportunidad contestó tajante el hombre. Tendremos que ir por ese lado... Además, la tormenta está del otro lado de las montañas, no para acá. Alguien en el pueblo nos va a ayudar.

— ¿Y el fuego?

—No sé, carajo, no sé. Pero no podemos quedarnos. Nos estamos enterrando vivos.

La mujer no contestó pero hizo un gesto afirmativo. Después de todo daba lo mismo morir de hambre allí (o enterrados) —Nunca supe porqué el sol no podía cruzar las montañas.

El hombre se sorprendió al escucharla. Dijo:

—Cierto. Yo tampoco.

Estaba molesto por alguna cosa, turbado, pensativo. Se quedó callado hasta que la mujer nuevamente rompió el silencio, ¿por qué no llegaste con el tractor?

Evité la mirada de ella pero tuve que responderle.

—Porque se paró el motor.

— ¿Se acabó el combustible?

—No sé. Pero no creo, hace poco que lo llene.

Había estado pensando desde que se detuviera el tractor, cuando comenzó el calor. ¿Sería ese el final de todo? Vagamente recordaba cómo había recogido un día todo lo que había podido en el almacén del pueblo y se había marchado al campo, al otro lado del río. A ella la había encontrado cuando ya abandonaba el pueblo, a toda marcha, y apenas había pensado en la posibilidad de formar pareja, pese a que hacía unos meses que la frecuentaba y tuvo que tomar la decisión, un poco impulsado por el miedo a la soledad del campo, de subirla en ese momento. Fue un rapto con suerte. Nunca me arrepentí de haberlo hecho, qué diablos, me hubiese muerto aquí si no estaba ella.

La mujer dijo algo.

— ¿Cómo?

—Que allá me parece que vuelve.

—Aja. Mejor bajamos.

Bajaron la duna a la carrera, cayendo y siendo arrastrados por la misma arena que se deslizaba en grandes masas. En el poniente se divisaba una mancha naranja que se movía imperceptiblemente, avanzando sobre el desierto hacia donde ellos estaban. Corrieron luego hasta la casa, entraron por la ventana y dejaron nuevamente la chapa del lavadero para protegerla. No habían pasado diez minutos cuando llegaron las primeras ráfagas azules, fuertes y desparejas, con algunos retazos de papel aún flotando en ellas. Pronto oscureció.

Se quedaron allí quietos, mirando sin ver por la ventana, escuchando el zumbido persistente del aire sobre el desierto. ¿Qué otra cosa podían hacer? La vida en los últimos días se había transformado en una desgastante y monótona espera de algo que, sin embargo, parecía no llegar nunca. No podían oponerse al viento huracanado que soplaba desde el oeste, en ráfagas, oscuras, cada vez más fuertes. No podían salir de la casa, también lo sabían, no podían quedarse allí encerrados, enterrados en vida, pues tampoco tenían la comida ni el agua suficientes como para un largo tiempo. Hasta ese momento yo había querido hacer oídos sordos cuando ella habló de la comida que quedaba, pero no pude evitar escucharla y, consciente o inconscientemente, me había topado de pronto con esa realidad incuestionable. Contando ese día, sólo nos restaba comida para dos jornadas más. Distribuyéndola mejor podíamos llegar hasta cuatro días, podríamos pasar sin comer otros tres o cuatro pero, ¿y después? Qué pasaría dentro de diez días, de doce, de un mes. No había forma de escapar, internamente lo sabía, pero también sabía que no podía darme por vencido. Tenía que intentar algo, cualquier cosa, pero tenía que hacer algo.

—Nos vamos a ir le dije.

— ¿Al pueblo?...

—A donde sea. A cualquier parte, pero nos tenemos que ir. Mira la ventana.

La mujer se acercó, poniéndose a la par del hombre. A pesar de la chapa la arena se colaba por los costados y caía, subiendo lentamente sobre el vidrio, sobre la madera de los marcos, cubriendo poco a poco la ventana. ¿Cuánto más podría faltar para que la cubriera totalmente?

— ¿Y el SOLFUEGO? ¿No piensas en el? ¡Nos vamos a morir! ¡Allá afuera nos vamos a morir! la mujer comenzó a llorar entrecortadamente. "Nos vamos a morir, nos vamos a morir" repetía.

El hombre se apartó un poco de la ventana, intentó abrazarla, sostenerla, pero la mujer se escabullo. El sólo atinó a decirle, por sobre el fragor de la bola de fuego roja, que de cualquier manera se iban a morir y que la única esperanza era llegar hasta el pueblo.

— ¡El pueblo! ¡Nos estamos tapando, carajo!— le gritó, dándose aliento él mismo para salir y enfrentarse con el SOLFUEGO.

La arena volaba y se le metía en lo ojos, cegándolo, por lo que pensó en regresar al tractor y aguardar allí a que escampara el temporal. Pero el tractor se había perdido. Era imposible hallarlo y comenzó a caminar hacia la casa.

La última vez que la había visto estaba a unos quinientos metros en línea recta, hacia el sureste, y trató de ubicarse mentalmente en esa dirección. Dos o tres veces me caí, recordaría luego con ella, pero me levanté y seguí caminando como podía. Si me quedaba allí a esta hora ya habría muerto. Nunca supo cuánto estuvo caminando, pero comenzó a creer en Dios cuando sintió que chocaba con algo duro y que ese algo no era una rama. Tanteando las tablas de la cerca encontró la puertita abierta y sintió el perfume a jabón de lavar la ropa, el llanto, el por fin, mi Dios, por fin llegaste a casa, de su mujer.

Ya adentro se abrazaron mutuamente para no caerse pues las piernas les temblaban. La besé una y otra vez y decía para mis adentros que no me suelte, por favor, que me siga sosteniendo. Esa noche, después de la cena, harían el amor y se dormirían luego acompañados por el nuevo sonido en el campo, el rugido del poniente que se volaba los campos.

"Si al menos fuese como antes" pensó”, cuando el calor venía a la siesta y se iba luego al anochecer".

En esa época no había grandes problemas. Tanto la mujer como el hombre se habían acostumbrado a la brisa cálida, a las ráfagas cortantes de la siesta, como una parte más de sus vidas. Era un ingrediente diario que necesitaban casi tanto como comer o dormir, al que habían aprendido a respetar como algo natural. Pensando en eso es que habían revestido las aberturas de la casa, especialmente las ventanas, y la cabina del tractor, con una solución hermética, o casi hermética, para poder trabajar con tranquilidad durante las horas de sol. Pero esto de ahora los estaba matando lentamente, ráfaga tras ráfaga, cada vez más oscuro, día tras día. Antes el calor nunca había sido rojo sangre como éste de ahora. Era, también, un calor de colores, pero de colores que ellos conocían por verlos todos los días en el campo: el ocre de la tierra removida de los surcos, el blanquecino del polvo del camino, el verde de los pastos y los árboles. Hasta que llegó ese SOLFUEGO el rojo había sido sólo una referencia vaga en esa línea dentada del horizonte, al oeste, donde terminaba el mundo. Más allá de esas montañas no poda existir nada, no podía vivir nada después del Gran Fuego. Y de eso hacía ya tanto tiempo que ni sus padres se acordaban bien cuando se lo contaron, cuidando de que lo entendiera, en las noches de invierno junto al fuego. Nadie sabía qué había ocurrido allá lejos, del otro lado de las Montañas Azules, pero ellos habían alcanzado a escuchar que nadie había podido cruzarlas para relatar lo visto o no visto de aquellas tierras extrañas. Y ahora el sol venía de allá. Ellos habían crecido con la constante del calor de la siesta. Nunca antes había llegado el fuego desde el poniente. Eso no estaba bien. Y el color naranja que tenía era seguramente a raíz de su paso vertiginoso por la zona de montañas. Llegaba a ellos proveniente del otro lado del mundo, en donde siempre había existido la muerte. ¿Qué podía traerles de bueno esa bola de fuego? ¿Acaso otro Gran Fuego? Él me dice que tenemos que irnos de aquí, que hay que dejar la casa, que hay que ir al pueblo, hacia el este. Pero, ¿y el aire? Yo se que el calor había invadido todo, que no había podido cruzar el río y las montañas, que sólo quedaba pura este campo. Él me dice que alguien en el pueblo nos puede ayudar. Pero, si es así, si aún vive alguien del otro lado, ¿por qué nunca se acercó a la casa? ¿Por qué hemos vivido solos durante tanto tiempo? Desde que habían muerto los padres y los abuelos, en la época en que las otras familias se habían separado para ir más al sur, ellos habían vivido allí solos en la casa, cultivando la tierra, soportando el calor cuando llegaba a la siesta. Pero nunca, en todo ese tiempo, alguien había llegado por el camino ni por el campo. ¿Por qué pensar entonces que podía haber alguien vivo más al este? Seguramente todos han muerto del calor hace ya mucho, tal vez en a misma época en que los padres les relataron las historias de la Gran Fuego del oeste, cuando todos se murieron en el poniente y sólo quedaron algunas cosas caminando, que no eran ni hombres ni animales. Y ahora viene SOLFUEGO. ¿Qué puede traer salvo la desgracia? ¿Se dará cuenta él de esto, de que nadie puede estar vivo ni hacia el poniente ni del otro lado de las montañas? Él solo mira por la ventana como buscando una respuesta allá afuera, pero afuera no hay nada, sólo el SOLFUEGO caliente. Y la comida no nos alcanza para mucho más. El agua tampoco. ¿Por qué será que pienso todas estas cosas? ¿Por qué justo ahora? ¿Será por el calor? ¿Y qué otra cosa puedo hacer sino pensar? Es lo único que me queda ahora. ¿Cuánto más podrá hacerlo? ¿Cuánto más faltará para que comprenda que estamos solos y destinados a morir? Yo mismo se que en el pueblo no hay nadie con vida. Lo se desde que vine en el tractor aquel día, cuando llegó la gran calor. Ella no se acuerda porque estaba atontada, enferma, con un Soc. Por eso, porque no se acuerda es que hoy le dije de irnos para el pueblo. Es la única esperanza que nos queda, creo que le dije. Mentira. Ya no nos queda ni la esperanza. Hasta la tierra que pisamos ha cambiado tonel calor. Ya no hay nada nuestro aquí. Ni la habitación de la casa, que cada vez es más naranja. Pero le dije lo del pueblo para que no se me venga abajo. Ahora no, por Dios. Tiene que creer en algo, tiene que tener fe en algo para poder salir de acá. ¿Pensará ella en esto? ¿Cuánto tiempo más podrá hacerlo? Y ahora llega el sol del oeste. No puede venir nada bueno de allá después de la Gran Fuego. Contaban que nadie se había salvado, que sólo quedaban algunas cosas sin nombre, que se movían un poco, que se arrastraban, que no eran ni hombres ni animales. ¿Habrá sido eso lo que vi por la ventana? ¿Habrán sido sus ojos?... ¿Habrán llegado con la arena del desierto?

Poco a poco el aire ardiente fue declinando nuevamente hasta que sólo fue una brisa. La luz neblinosa del sol apareció entre las nubes y el aire espeso. Con la llegada de la luz el hombre pudo ver que la ventana estaba cubierta hasta la mitad de su altura. "Otra vez que sople y nos tapa" le dijo a su mujer, un tanto fuerte ahora que el silencio había retornado. La mujer asintió con la cabeza "Sí" dijo después, al rato. Él se acercó a la cama, la miró, le dijo que tendrían que aprovechar la calma. Ella dejó de pelar las papas, levantó la vista, lo vio de pronto como nunca antes lo había visto, murmuró "sí, pero antes, yo...", y él entonces se acercó más, dos lágrimas comenzaron a caerle cuando el hombre lo hizo, cuando se ayudaron mutuamente a desprenderse de la poca ropa que aún tenían, cuando se miraron un instante los Lentamente el hombre se levantó. La mujer quiso retenerlo aún un poco más sobre sí pero finalmente cedió. La vela aún estaba encendida y desfiguraba un poco los rasgos macilentos de la pareja. El hombre buscó una botella, un bolso.

— ¿Ahora?— dijo ella en voz baja.

—Sí, ahora. Hay que apurarse.

Ella se acercó y le acarició el pelo de paja, renegrido y duro, rebelde, la espalda con la arena seca. Luego juntó un pedazo de pan, otra botella de agua, fue a ponerlo en el bolso y entonces se quedó quieta, mirándolo. Él hizo una sonrisa corta, muy pequeña, y dijo rápido, bromeando, turbado por esa mirada, que ahora iba a ser más fácil cruzar el río porque ya no había río. La mujer no contestó. Mantuvo la mirada en sus ojos el tiempo necesario, el tiempo suficiente para que él comprendiese. Él dejó de meter cosas en el bolso. De pronto, en esa mirada cómplice del silencio, me di cuenta de que ella sabía, carajo, que ella sabía que todo no era más que una mentira, un burdo engaño, una vana esperanza pero que al mismo tiempo no me recriminaba nada, por el contrario, me apoyaba, se sumaba a esa fantasmagoría del pueblo con su fe, acaso fortalecida por ese puro y salvaje acto de amor que acabábamos de vivir. Entonces comprendí también que sería estúpido llevar cosas con nosotros. El dejó el bolso en el suelo y la condujo hacia la ventana.

— ¿Hacia el pueblo?— preguntó ella cuando salía.

Él no contestó hasta que estuvo junto a su mujer afuera, sobre el desierto de arena, tranquilo, apaciguado a la espera de otra incursión del SOLFUEGO. Luego de recorrerlo con la mirada dije:

—Sí.

El hombre volvió a colocar la chapa sobre la ventana, acaso estúpidamente, acaso inútilmente, pero con toda seguridad con una fe y una esperanza que nunca antes había sentido. Se orientó en la luz mortecina el sol y comenzó a caminar hacia el este. Se sentía bien, seguro. Las siluetas de ambos, desnudas y crepitantes, eran lo único animado en ese desierto devastado y sin límites. Las Montañas Azules habían desaparecido. El río también. Con una última mirada de despedida me pregunté de qué color vendría ahora el aire.

©Carmen María Camacho Adarve

 

LOS DELINCUENTES tengo que volar JUANLUKU

La primera cruzó el cielo

La primera cruzó el cielo


... a eso de las once y media de la noche, en su viaje de ningún lado a otro, y estoy segura de que el mar se agitó un poco.

La segunda pasó media hora después, y a la medianoche el cielo se cubrió de nubes largas y lentas, el mar se volvió a agitar y yo pensé en irme a dormir porque me dolía el alma.

Fue mi encuentro con las Leónidas, un grupo de asteroides que cada treinta y tres años llena el cielo de la Tierra con sus luces, algo semejante a las Perseidas de agosto.

Esa noche, decían los astrólogos, el cielo sera perfecto (como si nunca lo fuera) y uno se podría llenar los ojos de estrellas fugaces, literalmente, porque se esperaban miles de ellas por hora.

Hay quienes nunca han visto una estrella fugaz, o un cometa o un eclipse, y sólo conocen el día y la noche de nuestro propio paso por el universo...

Con esas y otras reflexiones, dejé mi lecho, quemaba en la noche de verano y empapada en sudor, puse en la bolsa el rompevientos, una toalla enorme, una linterna con cuatro tipos de luz, la cámara, un rollo de papel higiénico y lo que quedaba de una botellita de rioja que se añejó semanas en un cajón de la cocina, y me fui a la playa.

De noche, para ir al mar hay que cruzar un sendero de rocas pisando la hojarasca y adivinando por el ruido si son iguanas o lagartijas lo que corre de ningún lado a otro en lo oscuro.

Llegue a la playa fingiendo que no tenia interés en mirar hacia arriba, extendí la toalla en la rampa de la caseta del salvavidas y me eche boca arriba, ahora sí, a ver qué pasa en el cielo.

Una noche sin sueño de mi infancia, en el cortijo contamos dos docenas de estrellas fugaces, y alguien dijo que ver las estrellas bien puede ser el único vínculo que nos queda con el primer hombre, que conoció el asombro antes que la palabra, pero esa vez habíamos sacado un mantel de hule al campo y los mayores bebían cerveza.

En la playa, la madera de la rampa estaba húmeda y tibia. Esta noche hay luces que se mueven en el cielo, pero son aviones hacia un destino preciso, geográfico o de otro.

Luces que se viajan en el horizonte, como si alguien tratara de trazar la frontera entre el mar y el cielo. Estrellas fijas, si se permite el adjetivo, y una luna expendida. Le di un traguito al rioja y pensé: “A ver si las estrellas hacen que se me cumpla algún deseo aqui…".

El espacio es un lugar donde no hay aquí: en el espacio todo es allá, un lugar en el que por definición no estamos y en el que puede estar todo lo demás, aun cosas que todavía no se le ocurren a nadie.

Pero aquí, es la playa de monsul, un lugar tranquilo y callado, de día o de noche. Más de noche, porque las señoras que toman el sol y los señores que ya no tienen prisa no salen a la playa a estas horas de la noche. Pues ahí estaba yo, tendida en una toalla azul cobalto, viendo al cielo.

No sé cuánto tiempo estuve esperando que pasaran las estrellas. Según el reloj fueron dos horas o un poco más. En ese tiempo pensé en un señora de Sevilla que me reclama lo que escribo (como suyo) no hace mucho, y deseé que la llevaran y pasaran por donde ella y sus amigos me habían llevado.

Bebí el que quedaba y miré con más cuidado las estrellas. Pensé en esa mujer que utiliza mi nombre y en ninguna. Pensé en la mujer pelirroja que aguarda en el destino robar todos mis versos, mis letras, y mis cuentos. Pensé en quienes a esa hora no miraban ni el mar ni el cielo. Pero ni así pasaban las estrellas.

Me dolía el alma. Y por eso me fui, sombra en las sombras, de regreso al sendero de rocas cuya fauna hace ruidos en la noche, y a los aromas del jardín, y a la fuente del pequeño lago iluminado y al aire refrigerado de mi casa.

Me conformaré con pensar que pude haberlas visto. Tal vez imaginar mil estrellas fugaces por hora será mejor que verlas. No sé. Sé que estaré pendiente si puedo, y que iré a donde sea para mirarlas cuando vuelvan. Y seguro que esa vez se me cumplirá algún deseo. Cuando las Leónidas vuelvan tendré más de setenta y tres años.

Esa fue mi cita con las estrellas.

©Carmen María Camacho Adarve

¿Protocolo o Potrocoló?

¿Protocolo o Potrocoló?

¿Protocolo o Potrocolo?

 

De la casa consistorial invitación recibí.

Tan honrada y sorprendida estuve

que la convocatoria varias veces releí.

Cierto era.  Nuestro ayuntamiento a la plebe invitaba.

De escritora aldeana,   desdichada y protestona

 a acto tan prestigioso no pensaba acudir.

Al Corte Inglés de la playa concurrí,

para ropa elegante adquirir.

Vestido negro de seda salvaje, con los ahorros, compré

y en  las rebajas, zapatos de Pedro Miralles costeé.

En la peluquería dama de alta cuna me convertí.

Al prestigioso evento con otros presidentes

...de asociaciones, muy emperifollada me presenté.

Cual fue nuestra sorpresa, cuando al mandarnos al palco,

sentarnos no nos dejaron porque sillas no quedaban

y demasiado tarde habíamos llegado.

El acto no había empezado y butacas vacías

bajo la carpa, nuestra mirada atónita resistían.

Los miembros de protocolo, recalcaban que detrás de la valla,

teníamos que aguardar el evento, porque de tribuna no éramos.

Otros argumentaban que si de invitación beneficiábamos,

sentaditos en la sombra el desfile militar podíamos divisar.

Compuestos, con tacones, de etiqueta y sin asientos,

 al sol y de pie nos quedamos para aumentar

el bulto de mirones  que de  la playa había acudido.

Divisamos como otros trajeados y corbateados,

y otras con seda más salvaje que la mía, entraban

y se sentaban, sin la invitación  a los guardias de seguridad mostrar.

Señores del protocolo, cuando una invitación me manden,

 avísenme, aclárenme que falsa es,

y me asomaré, si me place, con mi pantalón corto,

mis chancletas y mi sombrero de playa

a ver los trajes de pompa, las muselinas caras

y las autoridades revolotear delante de la prensa.

 No pertenezco a los elegidos y potentados

sino al  vulgo corriente, que detrás de la valle permanece.

Sé que un muro nos separa y no es necesario

que invitación me envíen para confirmármelo.

Detrás del muro sigo, aguardo...

... y escribo.

©Harmonie Botella


EL JUEGO

EL JUEGO

Se trata de un juego por triplicado con vocación de cadena, y con intención preguntona.

 

  Hay cinco preguntas que cada cual debe responder como mejor sepa y pueda y transmitir luego a otros tres escribientes de bitácoras.

 Por ejemplo en esta bitácora y otras dos que se ofrezcan


1. Un libro que no pudiste terminar de leer


2. Una película que te aburrió


3. Una canción (o grupo) que detestas


4. Un anuncio que te convenció para no comprar el producto


5. Un personaje público al que muchos admiran y que tú no consigues entender por qué

A lo mejor así nos ayudamos a convencernos de que somos reales, y que cada cual tiene sus manías.

 

Mis respuestas:

 

  1. Ulises del irlandés  de James Joyce
  2. Harry Potter y el cáliz de fuego
  3. Bisbal
  4. los anuncios de telefonos celulares de orange
  5. José Luis Rodriguez zapatero y algunos reyes.

Frank & Nancy Sinatra - Something Stupid

 

A José Javier... por nuestro amor.

Guerrera de mil batallas por ***Julchahi

Guerrera de mil batallas por  ***Julchahi



***Julchahi

Esperamos que tus obras no caigan en el humo del olvido

Se que tus obras son como aires que se transforman en verdaderas tormentas

artisticas ciberneticas.

AMERICA LATINA espera que tus poemas se conviertan en fusiles para nuestros

sufridos pueblos tercermundistas, como himnos para los soldados de las sierras

maestras.

Llevaremos tu canto, tus besos, tus abrazos ,tus palabras mas allá de donde

tendran que ser escuchadas artesana de la vida, narradora del lamento.

Vas caminando lentamente por el gran corredor de esta miserable existencia

narrando amaneceres mientras otros destruyen el mundo como destruyendo las

esperanzas.

Unos te estiman otros te observan a lo lejos ,unos matan con las miradas y otros

defendemos la existencia humana con las manos y la PLUMA.

Te acompañaremos como a tus poemas que a lo lejos hacen piruetas en el cielo,

CARMEN tu nombre no sera olvidado entre el polvo y el desden , sera recordado

desde los alpes suizos hasta la mitad del mundo

Guerrera europea de mil batallas, guerrera de la luz eterea quedate alli

regocigada,sigilosa pero no te aflijas por la miseria humana de America

Latina...("algun dia cambiara")

Mira y cuida que no se abra el viejo baul de la ignorancia cual princesa tutelar de

la sabiduria eterna.

Con afecto

Julio Lupo Chaparro Hidalgo

(hno. willy)

Para: CarmenCamacho Adarve

Desde: Santiago de Guayaquil-Ecuador

"La Perla del Pacifico"

www.cobimep.org


Bialet Massé, un siglo después Éxito de crítica y de público

Bialet Massé, un siglo después    Éxito de crítica y de público

 

"...una radiografía tan dolorosa como inapelable de la realidad social Argentina."

- Luciano Monteagudo / Pagina 12 -

 

"Opera prima de Sergio Iglesias, aprueba con muy buena calificación el doble desafío de encontrar al personaje, en este caso una figura olvidada por la historia oficial, y la forma de reconstruirlo. Iglesias conmueve con su recorte del personaje y del país que relevó y al que tanto amó hasta el último aliento."

- Claudio D. Minghetti / La Nación -

 

"Tras un viaje por la Argentina profunda, el espectador no sale indemne sino cargado de preguntas. Bialet Massé, como buena obra artística, no le ofrece respuestas: apenas la mirada bella y melancólica de lo que ya no deberíamos ser pero seguimos siendo."

- Miguel Frías / Clarín -

 

“El film Bialet Massé toma ese lenguaje de denuncia, pero trasladándolo a la actualidad argentina… recorre los mismos lugares. Lo hace con respeto, con una especie de melancolía por el paisaje y su gente… La pregunta que llena de tristeza e impotencia es: ¿qué hicimos los argentinos en cien años, después de ese informe? El film nos deja en libertad. Pero con la enorme duda. Y pensamos” 

- Osvaldo Bayer / Radar -

 

 

Cine Ojo

Lavalle 1619 3ºD/E (C1048AAM) - Buenos Aires, Argentina

+(54 11) 43 71 64 49 / +(54 11) 43 73 82 08