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TEMAS BLOG OFICIAL DE LA POETA Y ESCRITORA andaluza Carmen Camacho ©2017

LLAMADAS TELEFONICAS

LLAMADAS TELEFONICAS

 

A veces, Tomás, salía a la terraza y veía pasar a la gente, se movían en planos fijos como en una película ante sus ojos,

La  gran avenida;  el ímpetu  de las personas lejanas  lo llenaban de pánico, como si  pudiesen arrastrarlo en el vértigo de sus prisas, a pesar de las puertas cerradas que lo protegían. Tomás,  tenía un miedo atroz a la acción y al movimiento. Era en extremo frágil y vulnerable. No se atrevía a aventurarse por las calles: Le daba mareo ver a la gente, los coches, y  los altos edificios. Solo confiaba en Alfredo, el valor de la amistad, el amigo que jamás lo traicionaría, con la única persona que mantenía llamadas telefónicas.

 Llevaba mucho tiempo haciendo  vida solitaria, sufría un enorme miedo a los cambios levantarse de su sillón le parecía una acción peligrosa cada movimiento parecía ser un calculo complicadísimo  y no carente de riesgo. Un viaje en el bus urbano le hubiese producido el mareo de una  gran travesía. Solo estaba seguro en su cuarto,  ningún intruso podía  franquearlo. Y en el pasaba los días, leyendo viejos libros, ajeno a la realidad y a la vida.  Quería olvidarlo todo hasta olvidarse de el, recordad  su juventud le daban vértigo, como si se trasladara a alturas imposibles. A sus treinta y tres años le asustaba la vejez que el  intuía cercana, cualquier idea de juventud le asustaba en retrospectiva, como un asesinato que tuviera que expiar; y a veces recordando que en otro tiempo fue loco joven  e imprudente, como todas las personas, se decía:” ¿Cómo pude yo hacer aquello?”. Y en el momento sentía un miedo indecible a la vida, encastillado en aquel piso, cerrado a todo. Los murmullos y susurros y el ronroneo de voces  y pasos que llegaban de la escalera o través de los tabiques, que aumentaban cuando se abría o se cerraba una puerta. También le producía pánico: No podía establecer una distinción clara entre sonidos, olores, formas y sensaciones: unas y otras se prestaban a interpretaciones complicadas y no siempre inequívocas o coherentes.

Descolgó el teléfono y marco:

-Alfredo dime  ¿Qué significa ese ruido que oigo?  ¿Qué  es ese martilleo constante?  Y su fantasía lo transportaba vertiginosamente por un espacio sin límites y lo depositaba en algún momento perdido de su juventud y esta visión le resultaba turbadora y dolorosa. Luego el ruido se desvanecía y solo quedaba en su  conciencia el terror que le inspiraba la certeza de la muerte.

- Dime amigo, ¡no me cuelgues¡ escúchame  ¿Cómo es posible que no pueda hacer nada para evitar una cosa tan terrible? , como  es mi muerte, y sin remedio rompía a llorar con la desesperación de un recién nacido.

-Alfredo, por favor, tu eres lo único que tengo, mi único amigo, tu, solo tu, puedes ayudarme.

No notaba, indicios de decrepitud. Ningún síntoma, Solo aquel ruido poco claro, que en su encierro crecía y aumentaba en el silencio de su cuarto, nacía de su pecho y subía hasta las sienes. Lo escuchaba aterrado: vibrando dentro de el golpeándole el pecho y las sienes, y temblaba presa de un miedo  invencible, como si cientos de martillos le golpearan el cuerpo. A veces, cuando andaba distraído en sus lecturas, conseguía no oír el ruido, en cuanto recobraba la atención, en el silencio de sus pensamientos, volvía a escuchar y a sentir el martilleo  como el pálpito de una herida abierta. Comenzaba a temblar esperando la muerte inevitable, muerte que no llegaba, como si los martillos careciesen de fuerza para matarle.

 -¡es muy raro, continuaba,  hablando por teléfono; seguro que es una aprensión, ya que no me muero!”. Alfredo tengo que dejarte, decía, de forma repentina y colgaba el teléfono  entregándose a sus lecturas. Mas tarde cuando el silencio era perceptible, regresaba el ruido y la angustia y sentirse morir… marcaba el numero de teléfono de su amigo.

-Debería ir a un medico ¿tu crees  Alfredo?; esto no es ya por azar… Pero tendría que atravesar calles llenas de gente cruzar semáforos entre cientos de vehículos o lo que es peor tomar un taxi que me llenaría de vértigo… esta idea me aterroriza y  sabes disiento de ella. Es preferible luchar solo con la angustia y el pavor, -continuaba- distraer al miedo sumido en la lectura para evitar pensar.  “Tal vez  Alfredo, esto es una idea, una idea por azar que se ha apoderado de mi, estoy tan alejado de la vida que las ideas me dominan.”Combatía sus aprensiones,  oponiéndolas a la razón. Pensaba que un azar no podía ser funesto, ya que  todo el mal viene de la vida, de la realidad, de la acción…

Estos pensamientos tampoco lograban dominar su nerviosismo e inquietud

-¡el suplicio de los martilleos amenazan aplastarme como una mosca! ¡El sufrimiento  al que me llevaban los golpes graves y violentos, en el silencio de mi cuarto!... Es preciso ir a un doctor, si consultar a un doctor, perdóname Alfredo, mas tarde te telefoneo.

 En uno de aquellos brotes delirantes se decidió. Tomó un taxi, cerró los ojos, como si estuviese en el sillón de su despacho, dio la dirección de la primera consulta medica que encontró en la guía…

- Mire usted… vera… siento algo muy raro… una cosa extraña…un martilleo en las sienes, un ruido fuerte en el pecho…, lo peor de todo que solo lo noto en silencio… el tacto de la mano del doctor, la blancura de su bata, su rostro inquisitivo cerca del suyo formaban un todo difícil de desentrañar.

El médico lo miraba con frialdad, no había  trazos de animadversión; solo curiosidad y cautela,  lo auscultó en los costados,  y en el corazón.

-¡Ahora,  lo oigo , aquí… en el silencio de la consulta volvía a sentir los golpes mortales y conspiradores.

El médico lo auscultó con más cuidado. Y solo escuchaba, los latidos  de un corazón joven y fuerte.

 

- Todo dentro de la normalidad; nada extraño noto…

-¿No escucha usted los martilleos que acabaran, sin duda, por matarme?

El médico lo miro como si pretendiese en el un paranoico, le dijo con frialdad insultante:

-Tiene un corazón sano y fuerte.

-¿Y, ese ruido? esos martillazos.

-Si,  a eso que le teme –dijo el médico- lo que le asusta, ¡es  lo que mueve vida!

-¡La vida¡ La vida balbuceo.

Y  un miedo casi delirante lo invadió.

Volvió a atravesar calles llenas de gente, camino presa del pánico entre los coches hasta dar con un taxi que lo llevo de regreso a su piso. Sin quitarse el abrigo, descolgó el auricular y marco el número de teléfono de su amigo.

-Alfredo, ¿me oyes? ¿Estas hay? ¡Tengo miedo!

-No te preocupes, Tomás, si te escucho…todo va a ir bien he arreglado todo, no tardara en recogerte una ambulancia, ahora mismo he firmado la hoja de ingreso en el psiquiátrico, y con brusquedad colgó el teléfono.

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

 

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