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navidad para todos

FELIZ 2013

FELIZ 2013

ARMAR EL BELÉN (Publicado en diario Jaén)

ARMAR EL BELÉN (Publicado en diario Jaén)

Carmen María Camacho Adarve

 Ahora que no se acaba el mundo. Vamos a  armar el Belén. Y, claro, al no haber ni buey ni mula, tampoco hubo pesebre, dejando sin sentido  en una de las biblias en verso: “Nuestro Señor Jesucristo/ nació en un pesebre.”  Puede ser que no nació en Belén, donde por la fecha que lo hizo no hubo empadronamientos y porque en aquel tiempo se conocía a las personas por el lugar de nacimiento, y Jesús fue siempre Jesús de Nazaret, de donde se le supone oriundo.

Los magos no eran otra cosa que buscadores de la verdad.   No venían de Oriente, como se ha creído tradicionalmente, ni seguían a una estrella. Era una  supernova (del latín nova, «nueva»)  y es una explosión estelar que puede manifestarse de forma muy notable, incluso a simple vista, en lugares de la esfera celeste   supernovas producen destellos de luz intensísimos que pueden durar desde varias semanas a varios meses. Se caracterizan por un rápido aumento de la intensidad luminosa hasta alcanzar una magnitud absoluta mayor que el resto de la galaxia. Posteriormente su brillo decrece de forma más o menos suave hasta desaparecer completamente...

 Además venían de los  "Tartessos" fue el nombre por el que los griegos conocían a la primera civilización de Occidente situada en el suroeste de la Península Ibérica. Fue el primer estado organizado que se formó en la Península Ibérica, hacia finales del segundo milenio antes de Cristo, y que adquirió una extraordinaria personalidad política y cultural. Una zona que los historiadores ubican (Andalucía, España). , los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en el pesebre los camellos y los dromedarios. Todo esto es un lio

¿Que no haya habido ni mula ni buey ni pesebre en el nacimiento de Jesús ¿importa?  ¿Que no tiene sentido hablar o escribir de belenes? ¿Arrumbaremos todas las  obras maestras, pinturas, esculturas o poemas?  ¿Magia y  belleza?

 Y puestos a enredar… Los reyes pudieron ser de Jaén y vivir en el castillo de Santa Catalina ¿no?

¡Feliz Navidad Jaenera!

HAPPY TODAY AND THE 364 DAYS TO COMEP POR EDUARDO OWEN

HAPPY TODAY AND THE 364 DAYS TO COMEP POR EDUARDO OWEN


Fairfield

Dawn

A quarter past four

First of January 2011

A brand new year

 

A Christmas tree

Without a “use by” date

Watches me write this poem

From a corner of the room

 

A few dozen agonising flowers

Fight off death

With water up to their waists

In a blue glass vase that sits on an ancient coffee table

 

Outside

The sky keeps shining its darkness

Over the roofs of the houses and the buildings

(The streets the gardens and the tree tops as well)

After the celebrations

The many glasses of “champagne”

The nice food

The good wishes

The kisses and the hugs

And the fire works

All the neighbourhood eyelids

Have retired to their fleshy beds

To sleep and dream in their different languages

 

The dawn and me

Alone and lonely

(Lonely and alone)

Wish each other

A very happy today

And the 364 days to come...

©EDUARDO OWEN

 

 

Happy Christmas por Rolando Revagliatti

Happy Christmas  por  Rolando Revagliatti




 

 

 

 

Me atenaza aquello

con lo que no cumplo

al sentirme feliz

 

Me recriminan los vahos desasosegantes

-después que sucede-

e interrumpen

 

Creen que les pertenezco:

en mí, creen que les pertenezco:

creo que les pertenezco:

los creo para pertenecerles

aun cuando mofándome

 

“¡Feliz Crispación!”

 

en castellano o en inglés

les grito.

 

 

*

 









Rolando Revagliatti

 

http://www.revagliatti.net

http://rolandorevagliatti.blogspot.com

http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti

 




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CANCIÓN DE NAVIDAD POR CHARLES DICKENS

CANCIÓN DE NAVIDAD POR  CHARLES DICKENS



Para empezar, Marley estaba muerto. No había ninguna duda sobre ello. El
certificado de su entierro fue firmado por el clérigo, por el escribano, por el
empresario de pompas fúnebres y por el que preside el duelo. Scrooge lo firmó
también, y cualquier cosa que en la bolsa tuviese su nombre debajo, era buena.
Marley había muerto. Esto debe quedar claro, porque de lo contrario no puede
resultar nada extraordinario de la historia que voy a contar.
Scrooge nunca borró el nombre del viejo Marley. La firma era conocida como
"Scrooge y Marley", unas veces le llamaban Scrooge y otras Marley, pero él
contestaba a ambos nombres. Le daba igual.
Era tacaño el viejo Scrooge, duro y cortante como un pedernal; gruñón, reservado
y solitario como una ostra. El frío que llevaba dentro helaba sus viejas
facciones, mordía su nariz afilada, arrugaba sus mejillas, endurecía su forma de
andar, enrojecía sus ojos, ponía azules sus labios delgados y salía al exterior
en su voz ronca.
Una vez, el mejor día del año, es decir la víspera de Navidad, el viejo Scrooge
estaba sentado, muy atareado en su despacho. El tiempo era crudo, frío y nevaba.
Los relojes acababan de dar las tres, pero ya había oscurecido. La puerta del
despacho de Scrooge estaba abierta para poder echar el ojo a su escribiente, que
copiaba cartas más allá. Scrooge tenía un fuego raquítico, pero el del
escribiente era un solo carbón.
¡Felices Navidades, tío! ¡Dios te guarde! -gritó una voz animada.
Era el sobrino de Scrooge.
- ¡Bah! -dijo Scrooge-. ¡Paparruchas!
El sobrino estaba resplandeciente, la cara rubicunda y hermosa.
-¿
La Navidad una paparrucha, tío? No quieres decir eso, ¿verdad?
- ¡Sí! -dijo Scrooge- ¡Felices Navidades! ¿Qué razones tienes tú para ser feliz?
Eres tremendamente pobre.
-Entonces -replicó el sobrino-, ¿qué derecho tienes tú de estar triste? Eres
tremendamente rico.
Al no tener respuesta apropiada, Scrooge dijo de nuevo:
- ¡Bah! ¡Paparruchas!
-No seas arisco, tío -dijo el sobrino.
-¿Qué otra cosa puedo ser cuando vivo en semejante mundo de idiotas? -contestó-.
¡Fuera con las felices Navidades! ¿Qué es para ti el tiempo de Navidad sino el
de pagar facturas sin tener el dinero, de encontrarse un año más viejo y ni una
sola hora más rico? Si pudiera hacer mi voluntad -continuó indignado- habría de
cocer en su propia salsa a todos los necios que van por ahí con el "Felices
Navidades". ¡Vaya que sí!
- ¡Tío! -suplicó el sobrino.
- ¡Sobrino! ¡Festeja las Navidades a tu modo y déjame a mí el mío! ¡Mucho bien
pueden hacerte y mucho te han hecho! -dijo con ironía.
-Considero a las Navidades una buena época -contestó el sobrino-, amable, llena
de perdón y caridad; el único momento, que yo sepa, en que los hombres parecen
abrir de par en par sus corazones cerrados. Y por eso, tío, aunque las Navidades
nunca me han metido ni una raspadura de oro en el bolsillo, creo que me han
hecho bien y que me lo harán en el futuro, así que digo: ¡Que Dios las bendiga!
El escribiente aplaudió sin querer.
-Si le vuelvo a escuchar -dijo Scrooge-, celebrará las Navidades perdiendo su
empleo.
No te enfades tío. Vamos, ven a comer con nosotros mañana. Scrooge dijo que
prefería verlo en el infierno.
-Pero, ¿por qué?
-¿Por qué te casaste?
- ¡Porque estaba enamorado!
- ¡Porque estabas enamorado! -gruñó Scrooge, como si eso fuese la única cosa en
el mundo más ridícula que unas felices Navidades-. "Buenas tardes".
-Nunca fuiste a visitarme antes de que me casara. ¿Por qué ahora lo das como
razón para no venir?
_" Buenas tardes".
-Siento, de corazón, verte tan obstinado, pero en homenaje a
la Navidad
conservaré mi espíritu navideño, así que: ¡Felices Navidades!
-"Buenas tardes".
El sobrino dejó el despacho sin una palabra de enfado. Felicitó al dependiente y
salió, dejando entrar a dos caballeros que llevaban libros y papeles.
-¿Tengo el placer de dirigirme al señor Scrooge o al señor Marley?
-El señor Marley lleva siete años de muerto -replicó Scrooge.
-No dudamos que su generosidad estará representada por el socio superviviente.
Al oír la palabra "generosidad’ Scrooge frunció el ceño.
-En esta época de fiestas, señor Scrooge, es de desear que hagamos alguna
provisión para los pobres y desvalidos. Muchos niños carecen de lo elemental.
-¿No hay cárceles? -preguntó Scrooge-. ¿Funcionan los asilos?
-Sí, todavía. Me gustaría poder decir que no.
- ¡Vaya! Me satisface escuchar esto.
-Nos estamos esforzando en recabar fondos para los pobres y elegimos esta época
porque es cuando se siente más la necesidad.
¿Por qué cantidad quiere que lo anote?
-Por nada.
-¿Desea ser anónimo?
-Deseo que me dejen solo -dijo Scrooge-. Yo no me divierto en
la Navidad y no
puedo permitirme el lujo de que lo haga la gente ociosa. Contribuyo a sufragar
los establecimientos mencionados. Cuestan bastante, y los que se encuentran en
mala situación allí deben de ir.
-Muchos no pueden y otros preferirían morir antes.
-Si prefieren morir, es mejor que lo hagan y así aliviarán el exceso de
población. ¡Buenas tardes, caballeros! Viendo que era inútil persistir, los
caballeros se retiraron.
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Scrooge se marchó y tomó su
melancólica cena de costumbre y después de haber pasado agradablemente la velada
con su libro de balances, se fue a dormir. Vivía en unas habitaciones que en
otros tiempos pertenecieron a su difunto socio. Era un conjunto tenebroso y de
aspecto amenazador, al fondo de un edificio de oficinas.
Scrooge tenía tanta fantasía como cualquier otra persona del barrio comercial de
Londres, y hay que tener presente que no había concedido a Marley otro
pensamiento desde que lo mencionó por la tarde. Así quisiera que alguien me
explicase cómo Scrooge, que ya tenía la llave en la cerradura, sin que nada
hubiese cambiado, contempló la cara de Marley en lugar del aldabón. Su cara, ni
furiosa ni enfadada, sólo miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo, con una
expresión de horror que parecía existir a pesar de la cara y más allá de su
voluntad.
Cuando Scrooge volvió a mirar fijamente sólo se encontró con el aldabón.
Sería mentir decir que no se sorprendió o que su sangre no experimentó una
terrible sensación, olvidada desde la infancia. Sin embargo abrió y entró.
Encendió una vela y miró con cautela. Pero en el interior de la puerta no había
nada.
- ¡Bah! ¡Bah! -dijo y cerró la puerta de un golpe.
Sala de estar, dormitorio, cuarto de trastos, todo estaba como tenía que estar.
Nadie debajo de la cama, nadie debajo del sofá. Satisfecho por completo, se
sentó a fin de tomar una sopa de avena.
Después, dio varias vueltas por la habitación y se volvió a sentar. Al reclinar
la cabeza hacia atrás, su mirada descansó por casualidad en una campana que no
se usaba, y fue entonces cuando, con terror extraño e inexplicable, contempló
cómo la campana empezaba a oscilar.
No duró más de medio minuto, pero pareció una hora. Siguió un ruido metálico en
las profundidades, como si alguien arrastrase una cadena. El ruido fue subiendo
las escaleras yendo directamente hacia la puerta.
- ¡Paparruchas! -dijo Scrooge-. No creo en nada de esto.
Pero cambió de color cuando el ruido atravesó la puerta y se introdujo en la
habitación.
Era Marley. En la cintura llevaba una cadena que se enroscaba como un rabo.
Scrooge observó detenidamente que estaba hecha de libros de caja, llaves,
candados, escrituras y pesadas bolsas. El cuerpo era transparente y aunque
Scrooge examinaba al fantasma de pié ante él, continuaba incrédulo y luchaba
contra sus sentidos.
-¿Qué pasa? ¿Qué quieres de mí? -preguntó Scrooge, cáustico y frío.
-Mucho.
Era la voz de Marley realmente.
-¿Quién eres?
-En vida fui tu socio Jacobo Marley.
-¿Puedes, puedes sentarte? -preguntó Scrooge con aire dudoso.
El espectro se sentó al otro lado de la chimenea.
-No crees en mí -observó el espectro.
-No -contestó Scrooge.
-¿Por qué dudas de tus sentidos?
-Porque cualquier cosa pequeña los afecta. Un ligero desarreglo del estómago los
engaña. Puede que seas un trozo de carne sin digerir o un poco de mostaza.
Scrooge trataba de ser agudo, como medio de distraer su propia atención y
dominar así su terror, porque la voz del espectro le llegaba hasta la médula.
¡Paparruchas! ¡Te digo que son paparruchas!
Al oír esto, el espectro lanzó un grito horrible y agitó la cadena con un ruido
tan siniestro y aterrador que Scrooge se desplomó de rodillas y juntó las manos
ante el rostro.
¡Piedad! -dijo-. Terrible aparición, ¿ por qué me atormentas?
-Hombre de mente terrena, ¿crees en mí, sí o no?
-Sí, tengo que hacerlo. Pero ¿por qué los espíritus vienen a mí?
Es preciso que el espíritu que existe dentro de cada uno, ande entre los demás
hombres. Si no lo hizo en vida, se le condena a que lo haga después de la
muerte. Se le sentencia ¡ay de mí! a que contemple lo que ya no puede compartir
y que sin embargo, pudo tener cuando estaba vivo, y haberlo transformado en
felicidad.
-Estás encadenado. Dime por qué -dijo Scrooge temblando. -Llevo la cadena que
fui forjando a lo largo de mi vida. ¿Te gustaría saber el peso y longitud de la
que tú mismo llevas? Hace siete vísperas de Navidad era tan pesada y larga como
ésta. Y desde entonces has continuado trabajando en ella. Es muy pesada.
¡Jacobo! -imploró Scrooge-. Dime algo más, algo que me sirva de consuelo.
-No tengo ningún consuelo que darte. Ni puedo descansar, ni quedarme y ante mí
yacen muchas y muy fatigosas jornadas.
-Debes haber viajado muy despacio -dijo Scrooge con aire comercial.
- ¡Despacio! -replicó el espectro-. Todo ese tiempo sin descanso, sin paz, con
el remordimiento torturándome.
- ¡Habrás recorrido mucho en siete años!
Al oír esto el espectro lanzó otro gemido.
-¡Oh cautivo, atado y doblemente encadenado! ¡Ignorar que cualquier espíritu
cristiano que trabaja con buena voluntad en su pequeño círculo, sea cual fuere,
encontrará su vida mortal demasiado corta para todo el bien que se puede
desarrollar! ¡ignorar que no hay lamentación que pueda enmendar las
oportunidades desperdiciadas de la vida! ¡Sin embargo, así era yo! ¡Oh, así era
yo!
-Pero si siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacobo.
- ¡Negocios! -exclamó el espectro-. La humanidad debía haber sido mi negocio, el
bien común, la caridad, la misericordia, la tolerancia.
Levantó las cadenas y las volvió a arrojar al suelo.
-En esta época del año es cuando más sufro. Escúchame -continuó el espectro-, mi
tiempo, se acaba. Esta noche he venido para avisarte que tienes una oportunidad
y una esperanza de escapar a mi destino.
-Siempre fuiste un buen amigo, ¡gracias!
-Te van a visitar tres espíritus.
La mandíbula de Scrooge cayó.
-¿Es la oportunidad y esperanza que acabas de mencionar, Jacobo?
-Sí. No puedes esperar evitar el sendero que yo recorro si no te visitan. Mañana
cuando el reloj dé la una, vendrá el primero.
Tras haber hablado así, la aparición se fue separando de espaldas y salió
flotando.
Scrooge cerró la ventana y examinó la puerta por la que había entrado el
espectro. Intentó decir: "Paparruchas", pero se detuvo a la primera sílaba y
estando necesitado de reposo, se fue derecho a la cama sin desnudarse, y se
quedó dormido.
¡Las doce! Scrooge se había acostado a las dos ya pasadas. Aquel reloj estaba
mal.
- ¡Cómo! ¿Será posible que haya dormido un día entero y parte de la noche?
Scrooge pensó y pensó una y otra vez, y no sacaba nada en claro. Cuanto más
pensaba, más perplejo se sentía, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba.
El espectro de Marley le perturbaba profundamente.
¡Ding, dong!
- ¡La hora, y no pasa nada! -exclamó Scrooge triunfalmente.
Había hablado antes de que sonase la campana de las horas. En aquel mismo
instante una luz fulguró en la habitación y las cortinas de su cama se
separaron. Scrooge pegó un salto y se encontró cara a cara con el visitante
sobrenatural. Era una figura extraña, como si fuera un niño; y, sin embargo, con
más apariencia de viejo que de niño.
-¿Sois el espíritu cuya llegada me predijeron? -preguntó Scrooge.
-Sí.
La voz era suave y amable.
-¿Quién sois y qué sois?
-Soy el espíritu de las Navidades pasadas. Las Navidades que tú pasaste.
Scrooge se atrevió a preguntarle la causa de su visita.
Tu bien -dijo el espectro, -Levántate y ven conmigo. Inútil habría sido la
súplica de Scrooge subrayando que ni el tiempo ni la hora eran los más
apropiados para semejantes propósitos. Se levantó; pero al ver que el espíritu
se dirigía hacia la ventana, lo retuvo suplicante.
-Soy mortal y puedo caer.
-Sólo un toque de mi mano aquí -dijo el espíritu colocándola sobre el corazón de
Scrooge- y no caerás.
Según pronunciaba estas palabras, pasaron a través de la pared y se encontraron
a campo abierto. Se había desvanecido la ciudad. Era un día de invierno, claro y
frío, y el suelo estaba cubierto de nieve.
-¡Dios mío! -exclamó Scrooge mirando a su alrededor-. Aquí me crié.
Percibía, flotando en el aire, miles de olores, cada uno ligado a un millar de
recuerdos, esperanzas, alegrías y preocupaciones, largo tiempo olvidadas.
-Te tiemblan los labios -dijo el espectro, ¿Y qué es eso que hay en tus
mejillas? -Scrooge musitó con voz trémula que era un grano.
Fueron por la carretera. Algunos caballitos iban trotando hacia ellos, los
jinetes eran muchachos que llamaban a otros montados en calesas y carretas.
Todos iban muy contentos y se deseaban felices Navidades.
-No son sino sombras de lo que ha sido -dijo el espectro-. No se dan cuenta de
nosotros. Pero en la escuela queda todavía un niño solitario.
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y suspiró.
En un pupitre de pino, un muchacho solitario leía junto a un débil fuego.
Scrooge lloró al verse a sí mismo, pobre y olvidado, como había sido. Y con
suavizadora evocación dio rienda suelta a sus lágrimas.
De repente un hombre de vestidos extraños, maravillosamente real apareció fuera
de la ventana.
- ¡Vaya! ¡Es Alí-Babá! -exclamó Scrooge extasiado-. Sí, sí, lo sé, unas
Navidades, cuando aquel niño solitario quedó aquí, vino por primera vez. ¡Y
Robinson Crusoe! ¡Y Viernes! ¿No lo veis?
Habría sido en verdad una sorpresa para sus relaciones comerciales de la ciudad
el oír a Scrooge vaciando toda la actividad de su naturaleza en semejantes
asuntos, con la voz más extraordinaria del mundo, medio llorando y medio riendo,
con aquella cara excitada.
Después, con una transición rápida, extraña por completo a su carácter habitual,
dijo con lástima por su yo anterior: ¡Pobre muchacho! Y volvió a llorar.
-Quisiera.. . -musitó, metiendo la mano en el bolsillo -pero ya es demasiado
tarde.
-¿Qué pasa? -preguntó el espectro.
-Nada -dijo Scrooge-. Nada. Un muchacho cantaba anoche un villancico ante mi
puerta. Me gustaría haberle dado algo. Eso es todo.
El espectro sonrió pensativo y anunció:
- ¡Veamos otras Navidades!
Ante estas palabras, se hizo mayor el antiguo yo de Scrooge y la habitación
pareció más oscura y más sucia.
El muchacho ya no leía, paseaba con desesperación de arriba a abajo. Scrooge,
moviendo con pena la cabeza, miró ansiosamente hacia la puerta. Esta se abrió y
una niña, mucho más joven que el muchacho, se lanzó hacia adentro, le rodeó el
cuello con sus brazos y empezó a besarle al tiempo que le llamaba:
- ¡Querido hermano! ¡He venido para llevarte a casa -decía la niña-. ¡A llevarte
a casa! ¡Para siempre! Y nunca volverás aquí, pero primero vamos a estar juntos
todas las Navidades y lo pasaremos estupendamente.
-Eres toda una mujer, pequeña Fan -contestó el muchacho.
Siempre había sido una criatura delicada a quien podría haber marchitado un
soplo -dijo el espectro-. Pero ¡qué gran corazón!
- ¡Sí! -exclamó Scrooge, Tenéis razón. ¡No permita Dios que lo contradiga!
-Murió siendo una mujer -siguió el espectro-, y creo que tuvo hijos.
-Uno -replicó Scrooge.
-Es verdad. Tu sobrino.
Scrooge se sintió a disgusto y confesó gravemente: "Sí".
No hacía más de un momento que habían dejado la escuela, pero ya estaban en las
bulliciosas callejuelas de la ciudad. Por los adornos de las tiendas se veía
claramente que estaban en Navidad.
El espectro se detuvo frente a la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge
si lo conocía.
-¡Conocerlo! ¡aquí estuve de aprendiz!
Entraron. A la vista de un caballero anciano, Scrooge exclamó excitado:
- ¡Vaya! ¡El viejo Fezziwig! ¡Bendita sea su alma!
El anciano dejó la pluma y miró al reloj que apuntaba las siete. Se frotó las
manos, se rió todo él y gritó con voz animosa:
- ¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer, Dick!
El antiguo yo de Scrooge, ahora ya un muchacho joven, llegó rápidamente seguido
por su compañero.
- ¡Eh, muchachos -dijo Fezziwig-, hoy no se trabaja más! ¡Vísperas de Navidad,
Dick! ¡Navidades, Ebenezer! ¡Vamos a cerrar el almacén!
No se podía creer cómo se dedicaron a ello aquellos muchachos.
¡Ea! -gritó el viejo-. Despejad, muchachos. Vamos a hacer sitio de sobra.
Con el viejo Fezziwig mirando, se hizo en un minuto, y el taller quedó
confortable, seco y brillante como uno desearía ver una sala de baile en una
noche de invierno.
Entró un violinista, entró la señora Fezziwig. Entraron las tres señoritas
Fezziwig, sus seis jóvenes seguidores y todos los chicos y chicas empleados en
el almacén. No hubo quien no saliera a bailar.
Bailes, prendas, más bailes, pastel, ponche, carne asada, carne cocida,
pasteles, mucha cerveza.
Cuando el reloj dio las once, terminó este baile familiar. El señor y la señora
Fezziwig fueron dando la mano a cada uno de los que se marchaban, deseándoles
felices Navidades. Cuando no quedó nadie hicieron lo mismo con los dos
aprendices y los muchachos fueron a sus camas dispuestas bajo el mostrador de la
parte de atrás de la tienda.
Durante todo este tiempo Scrooge se había comportado como un hombre fuera de sí.
-Poca cosa -dijo el espectro- para llenar de gratitud a esos tontos.
-Poca -dijo Scrooge.
Entonces el espíritu le hizo señas para que escuchase a los dos aprendices que
abrían sus corazones en alabanzas a Fezziwig, y luego dijo:
- ¡Vaya! No ha gastado más que unas pocas libras de su dinero mortal, tres o
cuatro quizás, ¿es tanto para esas alabanzas?
-No es eso -dijo Scrooge, hablando inconscientemente como su yo antiguo-. No es
eso, espíritu. El tiene el poder de hacernos felices o desgraciados, de
convertir nuestro trabajo en algo ligero o en una carga, en un placer o en una
fatiga. La felicidad que proporciona es tan grande como si costase una fortuna.
Scrooge se detuvo al sentir la mirada del espíritu.
-¿Qué pasa? -preguntó el fantasma.
-Nada de particular. Me gustaría poder decir una palabra o dos a mí escribiente,
eso es todo.
-Se va terminando mi tiempo -observó el espíritu, ¡Vamos, aprisa!
Ahora Scrooge se vio a sí mismo como un hombre en la flor de la vida. Su cara no
tenía líneas ásperas y rígidas de años después, pero ya mostraba signos de
preocupación y avaricia.
No se encontraba solo, sino sentado al lado de una bella joven en cuyos ojos
relucían unas lágrimas.
-Te importo poco -decía ella suavemente-, muy poco. Me ha desplazado otro ídolo.
Y no tengo de qué quejarme si en el futuro te anima y ayuda como yo habría
procurado hacer.
-¿Qué ídolo te ha desplazado?
-Uno de oro. He visto caer una a una tus más nobles aspiraciones, hasta que la
pasión principal, la ganancia, te ha absorbido por completo. ¿No es así?
¿Y qué? Hacia ti no he cambiado. ¿He cambiado?
-Tus propios sentimientos te dicen que no eres el mismo. Lo que prometía ser
felicidad cuando éramos uno de corazón, ahora, que somos dos, está cargado de
miseria. No quiero decir cuánto y con qué ansiedad he pensado esto. Es bastante
con afirmar que he pensado en todo ello y que puedo darte la libertad.
-¿Alguna vez la he buscado?
-Con palabras, no; nunca, sino con una naturaleza cambiada, con un espíritu
alterado, con otra forma de vida, con otra esperanza como objetivo. Si esto no
hubiese ocurrido entre nosotros dime: ¿me buscarías y tratarías de convencerme
ahora? ¡Ah, no!
El pareció ceder, pero dijo luchando consigo mismo:
-No lo creas.
-Si pudiera me gustaría pensar de otro modo. Dios lo sabe. El recuerdo de lo que
ha pasado me hace casi esperar que te duela: Pero al cabo de muy poco tiempo te
olvidarás de mí con alegría, como de un sueño improductivo del cual por fortuna
despertaste.
Ella lo abandonó y el espectro y Scrooge se marcharon.
-¡Espíritu! ¡No me muestres más cosas! ¡Llévame a casa! ¿Por qué disfrutas
torturándome?
-Sólo una sombra más -dijo el espíritu.
Estaban ahora en otra escena y en otro lugar. Cerca de la chimenea estaba una
señora parecida a la de la visión anterior, sentada frente a su hija. En la
habitación había un ruido tumultuoso debido a los niños, que eran más de los que
Scrooge con su mente agitada podía contar. Entonces tocaron a la puerta y se
armó gran alboroto. Los niños llegaron a tiempo de felicitar al padre que
entraba cargado de regalos y juguetes de Navidad.
El dueño de la casa se sentó junto a su esposa.
-¡Sabe! -dijo el marido-. Esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo.
-¿A quién?
-Adivínalo.
-¿Cómo puedo saberlo? Ah, ya sé -añadió riendo-. El señor Scrooge.
-Sí. Era el señor Scrooge. Pasé junto a la ventana de su oficina y le vi. Creo
que su socio está a punto de morir, y allí estaba él, solo. Me parece que solo
en el mundo.
- ¡Espíritu! -dijo Scrooge con voz quebrada-. Llévame de este lugar.
-Te dije que eran sombras de lo que ha pasado. No me censures por ello.
-¡Llévame de aquí! ¡No puedo soportarlo!
Scrooge luchó con el espíritu, que desapareció. Apenas tuvo tiempo de irse
tambaleando a la cama, cuando cayó en un profundo sueño.
Despertó a causa de un ronquido descomunal. Sintió que volvía a tener conciencia
de sí con el tiempo justo para un propósito determinado: celebrar una entrevista
con el segundo mensajero.
El reloj dio la una y Scrooge vio una luz. Aquello era más alarmante que una
docena de fantasmas. Empezó a pensar que el origen y secreto de aquella luz
fantasmal tenía que estar en la habitación vecina, de donde parecía brotar.
En el instante en que su mano se posó en la cerradura, una voz extraña le llamó
por su nombre y le ordenó que entrara. Obedeció.
La habitación había experimentado una transformación sorprendente. Las paredes y
el techo estaban tan llenos de verde que parecía por completo un bosque. Un
fuego subía por la chimenea como nunca aquella sombría piedra había conocido ni
en la época de Scrooge, ni de Marley. Amontonados sobre el suelo hasta formar
una especie de trono había aves de caza y de corral, pasteles y frutas. En
cómoda posición sobre este diván, se sentaba un jovial gigante que daba gloria
verlo.
-¡Entra! -exclamó el espectro-. ¡Entra a conocerme mejor, hombre!
Entró tímidamente y se colocó frente al espíritu. Ya no era el inflexible
Scrooge de otros tiempos y, aunque los ojos del espíritu eran claros y amables,
no le gustaba encontrarlos.
-Soy el espíritu de las Navidades presentes. ¡Mírame!
Scrooge lo hizo con la máxima reverencia.
-Nunca has visto nada como yo -exclamó el espíritu.
-No, nunca -contestó Scrooge-. Espíritu, conducidme donde queráis. Anoche salí a
la fuerza y aprendí una lección que ahora está dando el fruto.
-Toca mi vestidura.
Hizo lo que se le ordenaba y se agarró con fuerza. Todo se desvaneció al
instante y se encontraron en las calles de la ciudad, la mañana de Navidad.
La gente que quitaba la nieve de los tejados estaba jovial y feliz. Las tiendas
de aves se encontraban a medio abrir y las fruterías radiantes.
Las tiendas de ultramarinos, ¡oh, las tiendas de ultramarinos! casi cerradas,
pero ¡qué visiones se contemplaban a través de sus rendijas!
Quizás fue por el gusto que el buen espíritu tenía en desplegar su poder, o por
su propia naturaleza, o su simpatía hacia los hombres, lo que lo condujo
directamente a la casa del escribiente de Scrooge.
-¿Qué estará haciendo vuestro precioso padre? -preguntó la señora Cratchit-. ¿Y
vuestro hermano Tim? Las Navidades pasadas, Marta ya había llegado a casa a esta
hora.
- ¡ Aquí está Marta, madre!
- ¡Vaya! ¡Bendita seas, querida! ¡Qué tarde llegas!
-¡Ahí viene padre! -gritaron los pequeños-. ¡Escóndete Marta!
Entró el pequeño Bob, el padre, con Tiny Tim en los hombros. ¡ Pobre -Tiny Tim!
Llevaba una muleta pequeña y una armadura de Hierro sostenía sus piernas.
¡Vaya! ¿Dónde está nuestra Marta? -exclamó Bob Cratchit mirando por la
habitación.
-No viene -respondió la señora.
-¿No viene? -replicó Bob con un súbito oscurecimiento en su alegría.
A Marta no le gustó verlo triste, así que antes de tiempo, salió de su escondite
y le abrazó.
Luego todos ayudaron a preparar la cena, y por fin se pusieron los platos y se
rezó. Cuando se terminó la comida, se arregló el fuego y toda la familia se
colocó en torno al hogar. Bob sirvió el ponche.
-¡Felices Navidades a todos, queridos, que Dios nos bendiga! -dijo Tiny Tim.
Toda la familia lo coreó.
-Espíritu -dijo Scrooge con un interés no sentido antes-, dime sí Tiny Tim
vivirá.
-Veo en el pobre rincón de la chimenea un asiento vacío y una muleta guardada,
sin su propietario. Si las sombras permanecen inalteradas por el futuro, morirá.
-No, no -dijo Scrooge, No, buen espíritu; di que lo perdonen.
-¿Qué importa? Sí es que va a morir, es mejor que lo haga y así aliviará el
exceso de población.
Scrooge bajó la cabeza al escuchar sus propias palabras citadas por el espíritu,
y se sintió embargado de dolor y remordimiento. Bajó los ojos al suelo, pero los
levantó rápidamente al escuchar su propio nombre.
- ¡El señor Scrooge! -dijo Bob-. ¡Brindemos a la salud del patrón de la fiesta!
¡Sí, patrón de la fiesta -exclamó la señora Cratchit enrojeciendo-. Ya me
gustaría tenerlo aquí. Le diría algo de lo que pienso, para que lo festejase.
-¡Querida! ¡Los niños! ¡Es Navidad!
-Seguro que tenía que ser el día de Navidad cuando uno bebiese a la salud de un
hombre tan odioso, tacaño, duro y sin sentimientos como el señor Scrooge. Beberé
a su salud por ti y por el día que es, no por él. ¡Que viva muchos años!
Los niños brindaron con ella. Fue lo primero que se hizo sin cordialidad.
Scrooge era el ogro de la familia. La sola mención de su nombre arrojó sobre la
fiesta una sombra oscura que tardó cinco minutos en desaparecer.
Después el espectro llevó a Scrooge a muchos lugares, y en todos reinaba el
espíritu de Navidad.
De pronto se encontraron en la casa del sobrino de Scrooge. La esposa, sobrina
de Scrooge por casamiento, se reía de corazón, junto con los amigos allí
reunidos.
¡Ja, ja, ja !
-Dijo que las Navidades eran paparruchas -gritó el sobrino y además lo cree. Es
un vejestorio la mar de cómico, ésa es la verdad, y no es tan agradable como
podría ser. Pero esas fallas llevan consigo el castigo y no tengo nada que decir
en su contra.
-Estoy segura de que es muy rico, Fred.
-¿Y qué importa, querida? Su riqueza no le sirve de nada.
-No lo puedo soportar -observó la esposa.
-Pues yo sí -dijo el sobrino-. Lo siento por él. ¿Quién sufre con todos sus
caprichos? El mismo. Puede despreciar las Navidades hasta que muera, pero lo
desafío a que no las considere cada vez mejor si, año tras año, voy allí de buen
humor a decirle: "Tío Scrooge, ¿cómo está?" Si por eso le da por dejarle
cincuenta libras a su pobre escribiente, ya es algo.
Después del té, hicieron algo de música y al cabo de un rato jugaron a prendas.
El espectro dijo que tenían que marcharse.
¡Ahora hay un juego nuevo! -dijo Scrooge-. ¡Sólo media hora, espíritu!
Era el juego de "Sí o no", en el que el sobrino de Scrooge tenía que pensar algo
y los demás debían averiguar qué era; él sólo podía contestar sí o no según
correspondiese. Así fue quedando claro que pensaba en un animal, vivo, bastante
desagradable, salvaje, que a veces gruñía y a veces hablaba, vivía en Londres,
no le exhibían, no era caballo, asno, vaca, perro, gato ni oso. A cada nueva
pregunta, el sobrino estallaba en carcajadas. Por último, su cuñada exclamó:
¡Lo descubrí, ya sé lo que es! ¡Tu tío Scrooge!
Y así era. Algunos objetaron que la respuesta a "¿Es un oso?", debía haber sido
afirmativa.
-Sería de desagradecidos -dijo Fred- no beber a su salud, así que ¡A la salud de
tío Scrooge! ¡Felices Navidades para el viejo, donde quiera que esté!
Tan alegre y ligero de corazón se había ido volviendo Scrooge, que habría
devuelto el brindis si el espectro le hubiese concedido tiempo. Pero la escena
se desvaneció y otra vez él y el espíritu continuaron sus viajes.
Scrooge se dió cuenta de que el pelo del espíritu estaba gris.
-¿Son tan cortas vuestras vidas?
-Mi vida sobre la tierra es muy breve. Termina esta noche.
- ¡Esta noche! Se acerca el momento, pero veo algo raro, que no os pertenece,
saliendo de vuestras vestiduras.
De los pliegues de su ropa, sacó dos niños, desgraciados, espantosos,
miserables.
-¡Espíritu! ¿Son tuyos?
-Son del hombre. Este muchacho es la ignorancia. Esta muchacha es la necesidad.
-¿No tienen refugio alguno? ¿Ni recursos? -preguntó Scrooge.
-¿No hay prisiones? -replicó el espíritu dirigiéndose a él con sus mismas
palabras-. ¿No hay asilos?
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor buscando al espectro y ya no lo vio, pero al alzar
la vista contempló un fantasma de aspecto solemne, envuelto en ropajes y
encapuchado, que venía hacia él como la niebla al ras del suelo.
El fantasma se acercaba lenta, grave y silenciosamente. Su presencia misteriosa
abrumaba a Scrooge con un terror impresionante,
-¿Estoy en presencia del espectro de las Navidades que han de venir?
Los pliegues de la parte superior del atavío del espíritu, descendieron durante
un instante, como sí hubiese inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta.
¡Espíritu del futuro, os temo más que a los otros¡ Pero como se que vuestro
propósito es hacerme bien, y espero vivir para ser hombre diferente del que fui,
me encuentro preparado de corazón para recibir vuestra compañía. ¡Guiadme!
No hubo respuesta. La mano del espectro señaló al frente. Scrooge le siguió.
El espíritu se detuvo frente a un pequeño grupo de hombres de negocios. Scrooge
se acercó para escuchar la conversación.
No -decía un hombre, No sé mucho al respecto. Sólo que ha muerto.
-¿Cuándo fue? -preguntó otro.
-Creo que anoche. Yo pensé que nunca moriría.
-¿Qué ha hecho con su dinero?
-A mí no me lo dejó. Eso es todo lo que sé.
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
El grupo se separó y se unieron a otros grupos. Scrooge conocía a aquellas
personas y miró al espíritu buscando una explicación. El fantasma señaló a dos
personas y Scrooge se dispuso a escuchar.
¡Bien! -decía uno, Por fin el diablo cogió lo suyo, ¿eh?
-Eso me han dicho -replicó el otro, Hace frío, ¿verdad?
Ni una palabra más. Scrooge estuvo a punto de sorprenderse de que el espíritu
concediese importancia a conversaciones tan triviales, pero no dudando de que
tendrían un significado para su propio interés, resolvió observar con cuidado lo
que oyese y pudiera ver.
Abandonaron el bullicio y entraron en una parte oscura de la ciudad. Al fondo
había una tienda sombría donde se compraban desperdicios y cosas usadas. Sentado
en medio de las mercancías se hallaba un bribón de casi setenta años.
Scrooge y el fantasma llegaron en el preciso instante en que una mujer, con un
envoltorio, entraba furtivamente a la tienda. Pero apenas hubo entrado, cuando
otra mujer con una carga similar lo hizo también; y ésta fue seguida
inmediatamente por un hombre.
-Nos hemos reunido aquí los tres sin ponernos de acuerdo -dijo la primera que
entró.
-No os podríais haber reunido en sitio mejor -dijo el viejo traficante.
-Pues, muy bien -exclamó la mujer-. ¿A quién se hace mal por la pérdida de unas
pocas cosas como estas? Supongo que al muerto, no. Si ese viejo avaro hubiese
querido conservarlas después de su muerte ¿por qué no fue como los demás durante
su vida? Si así hubiese sido, habría tenido a alguien que cuidase de él cuando
la muerte lo golpeó, en vez de estar tumbado solo, exhalando el último suspiro.
-Esa es la verdad más grande que jamás se ha dicho. Esa es su sentencia.
-Abre ese envoltorio, viejo, y dime lo que vale.
No era mucho. Un sello, un par de gemelos, un broche de poco valor. La otra
mujer traía sábanas, toallas, alguna ropa y algunas botas. En el último
envoltorio había unas cortinas de cama.
¡No me vas a decir que las quitaste mientras él estaba allí tumbado! -dijo el
viejo.
-Claro que sí. ¿Por qué no? Me figuro que no cogería frío sin ellas.
Scrooge escuchaba horrorizado esta conversación.
-Espíritu -dijo Scrooge temblando de pies a cabeza-. Ya veo. El caso de este
pobre hombre podría ser el mío. Mi vida ahora camina hacia ese final. ¡Cielo
santo! ¿Qué es esto?
La escena había cambiado y ahora se encontraban casi tocando una cama, desnuda y
sin cortinas. Una pálida luz caía sobre la cama, y en ella, saqueado y
despojado, sin que nadie lo velase, yacía el cuerpo de un hombre cubierto hasta
la cabeza con una sábana andrajosa.
Scrooge miró hacia el fantasma. Su mano apuntaba hacia la cabeza del muerto.
-Te comprendo -exclamó Scrooge-, y lo haría sí pudiese. Pero no puedo, espíritu.
¡No puedo! ¡Vámonos! Mejor muéstrame a quien sienta emoción por la muerte de
este hombre.
El fantasma mostró una habitación en donde una señora esperaba a su marido que
en ese momento llegaba a la casa. Cuando, tras largo silencio, ella le preguntó
por las noticias, él pareció no saber qué contestar.
-¿Estamos totalmente arruinados? -preguntó ella para ayudarle.
-No, todavía hay esperanza, Carolina.
-Sí él cede -dijo ella- la hay. Si ha ocurrido tal milagro, no hay nada que no
tenga esperanza.
-No ha cedido. Ha muerto.
Ella se llenó de gratitud al escuchar esto. La muerte de aquel hombre había
producido una casa más feliz.
-Enséñame algo de ternura relacionada con la muerte -pidió Scrooge al espíritu.
El espectro le condujo a la casa de Bob Cratchit.
Bob hablaba de la amabilidad extraordinaria del sobrino del señor Scrooge.
-El me dijo: "Lo siento muchísimo por su buena esposa. Sí le puedo ser de alguna
utilidad, me dijo dándome su tarjeta, ahí es donde vivo, por favor, venga a
verme". Y fue realmente encantador, no por lo que pudiera hacer por nosotros
sino por lo amable que se mostró. Daba la impresión de haber conocido a nuestro
Tiny Tim y haberlo sentido con nosotros.
-Estoy segura de que es una buena persona -dijo la señora Cratchit.
-Ninguno de nosotros olvidará al pequeño Tiny Tim ¿verdad?
-Nunca, padre -exclamaron todos.
-Espectro -dijo Scrooge-, algo me dice que estamos a punto de separarnos. Lo sé,
pero ignoro cómo será. Decidme ¿Quién era el hombre a quien vimos muerto?
El espectro de las Navidades futuras lo llevó a los lugares de negocios.
-Esta plazuela es donde yo trabajo -dijo Scrooge, Dejadme contemplar cómo seré
en el futuro.
El espíritu señaló hacia otro lugar. Scrooge corrió y se asomó por la ventana de
su oficina, pero había otra persona en su lugar; el espectro seguía apuntando
hacia otro lugar. Scrooge le acompaño hasta que llegaron a una verja de hierro.
Un cementerio. Así que allí yacía bajo tierra aquel desgraciado cuyo nombre iba
a conocer ahora.
El espíritu estaba entre las tumbas y señaló una.
-Antes de aproximarme, contestadme una pregunta: ¿Son estas las sombras de lo
que será, o sólo de lo que puede ser?
El espíritu seguía inmóvil como siempre.
Scrooge se aproximó temblando y leyó sobre la losa su propio nombre:
¿Soy yo el hombre que yacía en aquella cama? -gritó Scrooge, cayendo de
rodillas.
El dedo fue de la tumba a él y de él a la tumba.
-¡No, espíritu! -gritó agarrando sus vestiduras-. ¡Escúchame! No soy el hombre
que fui. ¿Por qué me mostráis esto si estoy más allá de toda esperanza?
Por primera vez, la mano pareció temblar.
-¡Buen espíritu! -dijo Scrooge de rodillas ante él-. ¡Vuestra naturaleza
intercede por mí y me compadece! ¡Aseguradme que puedo cambiar las sombras que
me habéis mostrado, cambiando de vida!
La mano bondadosa tembló.
-¡Honraré las Navidades en mi corazón y trataré de festejarlas durante todo el
año! ¡Oh, decidme que puedo borrar la escritura de esta losa!
Alzando las manos en súplica postrera para cambiar su destino, vio un cambio en
la capucha y el vestido del espíritu, que se encogía, se derrumbaba, y que
finalmente se convertía en un barrote de la cama.
¡Sí! Y el barrote de la cama era el suyo. La cama era la suya. La habitación era
la suya. Y lo mejor y más feliz de todo era que el tiempo que tenía por delante
para enmendarse era el suyo.
-¡Oh, Jacobo Marley! ¡Alabemos al cielo y a la época de Navidad por esto!
Estaba tan excitado y tan resplandeciente de buenas intenciones, que su voz
entrecortada apenas le respondía.
-¡No sé qué hacer! -exclamaba riendo y gritando al mismo tiempo-. Estoy tan
ligero como una pluma, tan feliz como un ángel, tan contento como un escolar.
Tan aturdido como un borracho. ¡Felices Navidades a todos! ¡Un Feliz Año Nuevo a
todo el mundo! ¡Ea, hola! ¡Todo está perfectamente, todo ha sucedido, todo es
verdad! ¡Ja, ja, ja!
Realmente para un hombre que ha estado sin practicar durante tantos años, fue
una carcajada espléndida.
-No sé a qué día del mes estamos -dijo Scrooge-. No sé cuanto tiempo he estado
entre los espíritus. No sé nada. Soy un niño, no importa. No me preocupa.
Preferiría ser un niño.
Corrió hacia la ventana, la abrió y sacó la cabeza.
-¿Qué día es hoy? -gritó Scrooge llamando a un muchacho.
-¿Cómo? ¿Hoy? ¡Vaya! Hoy es Navidad.
-El día de Navidad -se dijo Scrooge-. No lo he perdido.
-¿Conoces la tienda de aves? -inquirió Scrooge dirigiéndose al muchacho.
-Supongo que sí -replicó el muchacho.
-¡Muchacho inteligente! ¿Sabes si han vendido el pavo premiado que tenían
colgado?
-Está colgado allí ahora.
-¿Sí? Vete a comprarlo. Si vienes con el tendero te daré un chelín. Si estás
aquí con él antes de cinco minutos, te daré media corona.
El muchacho partió como una bala.
-Se lo mandaré a casa de Bob Cratchit -decía Scrooge en voz baja.
Cuando trajeron el pavo le dio al tendero la dirección de Cratchit.
La sonrisa con que dijo esto, la sonrisa con que pagó el pavo, la sonrisa con
que recompensó al muchacho, solamente fueron superadas por la sonrisa con que se
sentó otra vez en su silla y rió entre dientes hasta llorar.
Se vistió con sus mejores galas y por fin salió a la calle.
Caminando con las manos a la espalda miraba a todos con una sonrisa encantadora.
Tenía un aspecto tan irremisiblemente agradable que tres o cuatro individuos le
dijeron:
-Buenos días, señor. Felices Navidades.
No había andado mucho, cuando vio que venía en su dirección el caballero que
había llegado a su oficina el día anterior y había dicho: "¿Tengo el placer de
dirigirme al señor Scrooge o al señor Marley?". Sabía qué era lo que tenía que
hacer, y lo hizo.
-Querido señor -dijo Scrooge al caballero-. Permítame pedirle perdón; y que
tenga la bondad de...
Y aquí Scrooge susurró algo a su oído.
-¡Dios me valga! -exclamó el caballero-. Mi querido señor Scrooge, ¿habla usted
en serio?
-Sí, por favor. Van incluidos muchos atrasos, se lo aseguro. ¿Quiere venir a
verme?
-¡Claro que sí! -exclamó el caballero.
-Gracias -dijo Scrooge-. Le quedo muy agradecido. Dios lo bendiga.
Por la tarde dirigió sus pasos hacia la casa de su sobrino.
-¿Está el señor en casa, querida? -preguntó a la muchacha.
-Sí, señor. Está en el comedor, con la señora.
-Gracias.
Abrió con cuidado y asomó la cabeza por la puerta.
-!Fred! -dijo Scrooge.
-¡Dios me valga! ¿Quién es? -exclamó Fred.
-Soy yo, tu tío Scrooge. He venido a comer. ¿Me dejas entrar, Fred?
¡Dejarle entrar! Milagro que no le arrancase el brazo. En cinco minutos se
encontraba con toda comodidad.
Realmente fue una fiesta maravillosa, ¡una felicidad ma-ravi-llo-sa!
Pero a la mañana siguiente estaba temprano en la oficina.
El reloj dio las nueve. Bob sin aparecer.
Scrooge se sentó con su puerta abierta de par en par, a fin de poder verle
entrar en su cuchitril.
Se retrasó dieciocho minutos y medio.
-¡Hola! -gruñó Scrooge, con su voz acostumbrada, imitándola lo mejor que pudo-.
¿Qué quiere decir el venir a esta hora?
Lo siento mucho, señor. Llego con retraso.
-¿Sí? Sí. Creo que sí. Venga por aquí, señor, por favor.
-Sólo es una vez a año, señor -suplicó Bob- no se volverá a repetir. Estuvimos
festejando
la Navidad, señor.
-Ahora le voy a decir algo, amigo mío -dijo Scrooge-. No voy a aguantar esta
clase de cosas más tiempo. Y por lo tanto -continuó saltando del taburete-, por
lo tanto, le voy a subir el sueldo.
Bob temblaba.
-¡Felices Navidades, Bob! -dijo Scrooge con una seriedad que no podía
confundirse, mientras le daba palmadas en la espalda-. ¡Le subiré el sueldo, y
trataré de ayudar a su batalladora familia; hablaremos de su problema esta misma
tarde sobre un jarro navideño de humeante ponche!
Scrooge hizo más que ser fiel a su palabra. Lo hizo todo e infinitamente más. Y
para Tiny Tim, que no murió, fue un segundo padre.
Se convirtió en un amigo tan bueno, un jefe tan bueno, un hombre tan bueno, como
jamás pudo conocer la buena y vieja ciudad.
No tuvo ninguna otra relación con los espíritus, y siempre se dijo de él que si
algún hombre vivo, sabía cómo celebrar bien las Navidades, ese era él.
¡Que eso se pueda decir verdaderamente de nosotros, de todos nosotros!
Y así como decía el pequeño Tiny Tim, que Dios nos bendiga a todos.


CHARLES DICKENS

 

 

CANCIÓN DE NAVIDAD

CANCIÓN DE NAVIDAD

 

Se amontonan las nubes,

espesas  grises en la tarde,

y en la calle, las neblinas.

 

 Luz de Ocaso pone  pinceladas finas

en el umbrío invierno de mi barrio

donde hay rumor de estrellas, cantar de villancicos.

 

Y las luces que cuelgan de los árboles en las aceras,  anuncian una triste navidad. 

 

A los desuncidos que habitan la noche de la pobreza y duermen en cartones,

y en sus ojos una bíblica tristeza.

 

Atardecer de invierno, su frío y sus hogueras,

su escarcha y sus estrellas brillando.

 

Y no hago nada

más que seguir viviendo, sufrir

saber que hay pasos

que vuelven por lo hondo de la calle a estas horas.

 

Mientras mis ojos sueñan otra navidad

aún perdura un sol tinto de anemia en las fachadas.

Saber que hay horas con un perro escarbando.

 

 Y nieve, y pedacitos de cristal en los charcos,

y troncos de arbolillos,

más del mes de diciembre,

de otra vida -otros días holgados- y sus muertos.

 

 

©Carmen María Camacho Adarve

 

La verdadera y secreta historia de los reyes magos

La verdadera  y secreta historia de los reyes magos

 

 

 

 

En la madrugada del cinco de enero los niños de costumbre católica dejan los zapatos preparados para que los mágicos monarcas depositen en ellos sus regalos con nocturnidad y sigilo. Se conmemora así la tradicional llegada a Belén, desde lejanas tierras de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar, que acudieron siguiendo la guía de una estrella para adorar al recién nacido rey de los judíos, y agasajarlo con sus ofrendas de oro incienso y mirra.




Qué quiere decir que eran magos ¿De dónde venían? ¿Cuántos eran y cómo se llamaban en realidad? Dónde está el nacido rey de los judíos. Son pocos los datos que se tienen de estos regios personajes. La primera referencia aparece en el Evangelio de Mateo, el único autor de los llamados sinópticos que los cita, ya que los otros dos, Marcos y Lucas, ni siquiera los mencionan. El texto dice así:
“Unos magos vinieron de Oriente a Jerusalén, preguntando: ‘¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Porque vimos en Oriente su estrella y hemos venido con el fin de adorarle”. El rey Herodes, al que iba dirigida la pregunta, los encaminó hacia Belén, rogándoles que se informaran bien sobre ese recién nacido para darle posterior detalle del asunto. Este escueto texto de Mateo, redactado en torno al año 50 después de Cristo. —y en el que aparecen por primera vez la figura de los Magos—, es todo lo que hay para sostener la gran historia de los mismos. Y, como hemos visto, el evangelista nada dice de que sean reyes, ni de que sean tres, ni de cuáles eran sus nombres. De la iconografía hoy habitual para recrear la Adoración de los Reyes Magos, en Mateo solo aparece su condición de magos, la estrella, y el lejano Oriente como punto de partida de su vía y los regalos de oro, incienso y mirra. ya está. Todo lo demás que hoy damos por cierto sobre estos enigmáticos personajes —y que escenificamos pacientemente cada Navidad en nuestro doméstico Portal de Belén con monarcas a caballo, pajes de vistosos atuendos y camellos cargados de presentes—, es una elaboración literaria posterior, acuñada en textos apócrifos y en tradiciones culturales muy dispares. Una leyenda que se va tejiendo con enorme éxito, sobre todo entre los siglos IV y IX, mezclando creencias mazdeístas, mitraicas, gnósticas, judaicas y cristianas, plasmada en textos de Santiago, el Evangelio de Mateo, el Evangelio árabe de la infancia, el Libro de la Caverna de los Tesoros y muchos otros. Una historia a la que la Iglesia romana nunca ha dado cobijo entre sus libros canónicos.

El problema de ser mago
Lo que para el evangelista Mateo no había duda era que los misteriosos personajes eran magos, ya que así lo dice expresamente. Y eso generó no pocos problemas a la iglesia incipiente, ya que mago, en aquella época, era un término que se aplicaba a un amplio espectro de gente, desde el farsante vendedor de pócimas “curalotodo” a los sabios astrólogos caldeos, pasando, entre otros, por los sacerdotes de culto mazdeista y por los taumaturgos gnósticos de Alejandría. Como reconoce el fraile dominico Santiago de la Vorágine en su obra La Leyenda Dorada, escrita hacia el año 1264, “La palabra ‘mago’ significa tres cosas diferentes: ilusionista, hechicero maléfico y sabio”. En cualquier caso, engañabobos de feria, adoradores de divinidades paganas, brujos o herejes. Malas compañías para el recién nacido descendiente del rey David. Sin embargo, en el Antiguo Testamento se habla de poderosos personajes que acuden presurosos a postrarse a los pies del nuevo rey de los judíos.
En el primer texto se dice: “Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones”, (Salmos, 10-11, 15).
Yen el segundo: ‘Un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro y de incienso y pregonando alabanzas a Yahvé”, (Isaías, 60, 6).
En estos textos proféticos se alude a quienes se postrarán ante el nuevo rey pero, curiosamente, no se dice que sean magos como afirma Mateo ni hay palabra alguna que los relacione con el sacerdocio o la taumaturgia. Antes al contrario, los presenta como reyes poderosos procedentes de países llenos de riquezas, entre ellos el portentoso reino de Saba, situado en la llamada Arabia felix y cuya reina enamoró a Salomón. Se trata, sin duda, de un precedente importante al que se agarraron los primeros padres de la Iglesia para quitarse de encima el incómodo asunto de los “magos” convirtiéndolos en reyes. 0, todavía mejor, en “Reyes Magos”, seres que reunían en su persona la máxima autoridad en lo terrenal y en lo espiritual, como el mismo rey David. A finales del siglo V, Cesario de Arles defendía ya esta postura afirmando que los “magos” eran también reyes, fundando así la tradición occidental de los Reyes Magos. Además, se entiende que son magos en la acepción más salvable, aquella que los interpreta como sabios que, aunque paganos, son capaces de reconocer los signos de la divinidad del recién nacido. Sin embargo, es en una versión Siria del Evangelio árabe de la infancia (sig.Vl) donde por primera vez se dice que los estos son a la vez “príncipes”. En este texto, al nacer Jesús un ángel es enviado como mensajero a Persia, donde se celebra la buena nueva con asistencia de los “magos”, que eran adoradores del fuego y de las estrellas. Entonces aparece en el firmamento una radiante estrella, que consideran señal definitiva de que ha nacido “el Rey de los Reyes, el Dios de los Dioses, la Luz de las Luces”.Y tres príncipes, hijos del rey de Persia, que a la vez son magos, emprenden el viaje guiados por el ángel y acompañados por un séquito de nueve hombres. Uno de ellos lleva como ofrenda tres libras de oro, otro tres libras de mirra y el último la misma cantidad de incienso. Visten lujosas ropas de ceremonia y lucen tiara en la cabeza. Bien, parece que ya tenemos encarrilado el asunto, ¿verdad? Pues no, ya que ésta no es más que una de las innumerables versiones que existen sobre el tema, aportando cada una un sin fin de variantes.

Los doce Reyes Magos
“De Oriente salen tres reyes todos tres en compañía/a adorar al Niño Dios que en Belén nacido había”, canta un clásico villancico. Pero, ¿eran tres los Reyes Magos? El asunto de cuántos fueron los monarcas que se postraron a los pies del Niño Dios en el Portal de Belén es una fuente de inesperadas sorpresas, algo más parecido a una adivinanza irresoluble que a una certeza. La tradición occidental, en general, defendió que eran tres con el sencillo argumento de que, siendo el mismo número los regalos que portaban en la narración evangélica de Mateo —oro, incienso y mirra—, lo normal es que fueran también tres los portadores. Así lo afirmaba Orígenes en el siglo III, entre otros autores. Sin embargo, en las tempranas representaciones de la Adoración de los Magos existentes en las catacumbas romanas, el número es variable. Por ejemplo, en la de los santos Pedro y Marcelino solo aparecen dos, mientras que en la de Domitila son cuatro los monarcas que se inclinan a los pies de la Virgen con el Niño. Esto indica la confusión y el entrecruce de leyendas sobre este acontecimiento que existía en los primeros siglos del cristianismo, aunque muchos estudiosos justifican su número variable por las necesidades de espacio y simetría de los autores de las pinturas. Aunque así fuera, quiere decirse que, en aquellos siglos, el número de los Reyes Magos era por lo menos tan impreciso que quedaba sujeto a la voluntad de los artistas que los representaban.
Sea como fuere, los textos apócrifos que han ido tramando la historia de estos mágicos soberanos ofrecen posibilidades para todos los gustos en cuanto a su número y sus nombres. En el “Pseudo Mateo” no se indica expresamente cuántos eran. Para la tradición siria, los magos son doce, procedentes de las tierras de Syr, y todos llevan nombres persas. No obstante, en el Evangelio árabe de la infancia, dependiendo de la versión que se consulte, su número es de tres, de diez o de doce. En el Libro de la Caverna de los Tesoros vuelven a ser tres, reconocidos como caldeos, que son presentados así: Hormizd de Makhodzi, rey de los persas; Jazdegerd, rey de Sabá, y Peroz, rey de Seba. En el Evangelio armenio de la infancia también son tres, pero distintos, ya que se trata de Melkon, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios, y Balttiasar, rey de los árabes. Además, los armenios son mucho más rumbosos con el asunto de los regalos. Melkon lleva como presentes mirra, aloe, muselina, púrpura, piezas de lino y los libros escritos y sellados por las manos de Dios”, que no es poco. Gaspar lleva nardo, mirra, canela, cinamomo, incienso y otros perfumes. Y Balthasar, oro, plata, zafiros, piedras preciosas y perlas. Para acompañar tanta riqueza, se rodean de un séquito que no desmerece: doce capitanes con un cortejo de doce mil jinetes. Los nombres citados en este texto suenan ya parecidos a los que conocemos en la actualidad, pero habrá que esperar hasta el siglo IX para que Agnello de Rávena los acuñe definitivamente, en su Liber pontificalis Ecclesiae Ravennatis, como Meichior, Caspar y Balthasar.

Oro, incienso y mirra
Otro texto, el Excerptiones Patrum, atribuido sin mucha fe al Venerable Beda y escrito en una fecha imprecisa entre el siglo VIII y el XII, nos dará la mejor y más razonada descripción de su aspecto. El Rey de más edad es Melchor, con cabellos y barba largos y canosos, que viste una túnica de color jacinto y capa naranja. A él le corresponde regalar el oro, que es presente adecuado para ofrecer al Señor en tanto que rey. El siguiente es Gaspar, joven, bello e imberbe, luciendo túnica naranja y capa roja, que regala el incienso, obsequio adecuado para el Señor en cuanto Dios. Y el último es Balthasar, de tez oscura, que lleva túnica roja y capa blanca jaspeada. Su presente es la mirra, ofrenda adecuada para el Señor en cuanto hombre .Y así quedan establecidos en Occidente su número, sus nombres y el sentido de sus presentes que señalan las cualidades de Cristo como rey, como Dios y como hombre. Claro que hay otras interpretaciones sobre el significado de las ofrendas, como ésta que nos propone el ya citado Santiago de la Vorágine: “...el oro, para regalar la pobreza de la Virgen; el incienso, para ahuyentar el mal olor del establo, y la mirra, para consolidar los miembros de la Criatura con la expulsión de todo mal de su vientre”.
Según el texto del “Pseudo Beda”, los Magos representan a toda la humanidad al ser descendientes de las estirpes fundadas por los tres hijos de Noé, cada una de los cuales pobló un continente: la de Sem, Asia; la de Cam, Africa, y la de Japhet, Europa. Hay otro detalle importante en su narración y es que, al indicar que Balthasar es de tez oscura, lo hace proceder de un continente concreto, Africa, y lo identifica con una raza específica, la camita. De manera que, gracias a esta descripción, el mago Balthasar se convertirá, con el paso del tiempo, en el rey negro de nuestro Belén.
Ahora sí que parece definitivamente resuelto el enigma. Pues tampoco. Dado que para muchos cada Mago representaba uno de los continentes conocidos, el descubrimiento de América inspiró a diversos autores la conveniencia de un cuarto Rey Mago, y como cuarteto los plasma el pintor Grao Vasco en el monasterio de Vizeu (Portugal), en una obra del siglo XVI. El último es un indio que refleja las características de los pueblos amazónicos, va armado de una larga azagaya y porta como presente una arqueta de madera cargada, se supone, de semillas de cacao. Esta variantaza adae cuanto Mago “americano” tuvo su relativo éxito y todavía se conserva en algunos lugares.

Las reliquias de los Reyes Magos
Lo más increíble de estos imprecisos Reyes Magos es que, a pesar de su escasa base existencial y su número tornadizo, existen sus reliquias corpóreas, que durante siglos se han contado entre las más famosas de la cristiandad. Su rocambolesca historia es la siguiente. Como siempre, fue la emperatriz Elena, madre del famoso Constantino y personaje al que se atribuye el descubrimiento de casi cualquier reliquia que exista, quien dio con sus cuerpos en alguna zona próxima a Palestina, trasladándolos a Constantinopla en el siglo IV. Eustorgio, obispo de Milán, se encargó de llevarlas a esta última ciudad pocos siglos después, en un viaje cargado de mágicas incidencias. Transportados en una carreta tirada por dos vacas, sufrió el feroz ataque de un lobo que dio muerte a una de ellas, pero Eustorgio castigó al fiero cánido obligándolo a uncirse al yugo para sustituir en el tiro a la vaca exterminada. Las reliquias permanecieron olvidadas en Milán hasta que, en 1162, el emperador del Sacro Imperio Romano Federico 1, el famoso Barbarroja, conquistó la ciudad y su archicanciller, el aizobispo de Colonia Reinaldo de Dassel, “redescubrió” las mismas en la iglesia de Sant’Eustorgio. Como corresponde a la tradición occidental, eran tres y se mantenían en tan buen estado que sus cuerpos conservaban piel y cabellos.
El objetivo de Reinaldo de Dassel era llevarlos a su sede arzobispal de Colonia, y así lo hizo en otro viaje preñado de aventuras que duró, según se dice, treinta días, y de cuyo itinerario dejó constancia en una carta dirigida a su punto de destino. Según ésta, pasó por Turín y por Moncenisio, y atravesó los territorios de Borgoña, Lorena y Renania. Por supuesto, otras crónicas hablan de itinerarios distintos, pero el caso es que numerosas poblaciones de Italia, Francia, Alemania y Suiza reclaman orgullosas el honor de haber dado cobijo y sustento a la comitiva de las reliquias, y recuerdan el acontecimiento con lápidas conmemorativas y albergues que se denominan “A los Tres Reyes”, “A las Tres Coronas”, “A la Estrella”, e incluso “Al morito”, refiriéndose a ese mago “negro” que describiera el “Pseudo Beda” . Incluso quedó un rastro de reliquias repartidas por las iglesias locales, como si el cortejo hubiese ido regalando a su paso fragmentos de los tres Magos.

La magia post-mortem de los Reyes Magos
Este despiece parece que no mermó en absoluto la cualidad milagrosa de los Reyes Magos, a los que los fieles atribuyeron de inmediato un gran poder curativo. De algo tenía que servir el que fueran magos. Con la experiencia de su viaje desde Oriente hasta Belén y tanta traslatio de sus reliquias de un lado para otro, se convirtieron rápidamente en protectores de los viajeros, como san Cristobal, y a ellos se acudía en demanda de ayuda antes de emprender el camino. Incluso se los consideró patronos del último viaje ya que, entre sus ofrendas, portaban mirra, una resina utilizada en la momificación de los cadáveres y que simbolizaba la inmortalidad, de manera que se les rezaba pidiendo una buena muerte.
También se confeccionaban filacterias, breves textos escritos en papel con sus nombres y una oración, que se llevaban como talismanes para librarse de las jaquecas, la epilepsia, las fiebres y los hechizos. Estas filacterias se consideraban verdaderos objetos consagrados, ya que se creía que habían estado en contacto con los cráneos de las veneradas reliquias. Pero tampoco era imprescindible este necrófilo contacto pues, según un manuscrito del siglo XIII conservado en París, para combatir la epilepsia bastaba con murmurar al oído del enfermo una jaculatoria con el nombre de los tres Reyes Magos y de sus regalos. El poder profiláctico de estos monarcas era tan grande que, en Alemania, llegado el día de la Epifanía, era costumbre escribir con yeso las iniciales de sus nombres, “C+M+B”, en la puerta de las casas para que sus moradores quedaran protegidos contra demonios y sortilegios durante todo el año.

Los hijos de Melchor, Gaspar y Baltasar
Una leyenda tan exuberante en matices y diferencias no podía terminar así, sin más ni más, de manera que el asunto siguió creciendo y los Reyes Magos tuvieron descendencia. Fueron numerosas las familias europeas que, durante los siglos XIV a XVI, afirmaban descender de los famosos monarcas, incorporando a sus insignias heráldicas algún símbolo que reflejaba. Es el caso, por ejemplo, de los señores de Baux, linajudos nobles de la Provenza, que decían ser descendientes del rey Balthasar y lucían un blasón rojo con una estrella de plata de dieciséis puntas y estela de corneta.
Sin embargo, de todos los descendientes del mágico trío de monarcas, el más famoso fue, sin duda, el Preste Juan, rey cristiano de un fabuloso reino situado en los enigmáticos confines de Asia. La fantástica historia cuajó en el siglo XII cuando apareció una carta enviada por este poderoso soberano al emperador de Constantinopla Manuele Comneno, aunque luego surgieron otras misivas enviadas a Federico Barbarroja y al propio Papa Alejandro III. Al igual que los Reyes Magos de quien descendía, el Preste Juan era un Rex et Sacerdos, es decir, aunaba la autoridad espiritual y terrenal, y en sus cartas describía los seres maravillosos que poblaban su reino, como el inigualable unicornio y el veloz sagitario “que tiene forma humana de la cintura hacia arriba, y de caballo hacia abajo”. ¿Leyenda? Quién sabe...

©Carmen María Camacho Adarve

FELIZ AÑO 2008

 

CUENTO DE NAVIDAD KURPIN EL VIEJO SOMBRERO

 

 

Kurpin  el viejo sombrero, fue publicado en la edición impresa, del Diario IDEAL Andalucía, el 24 de diciembre del 2007

NAVIDAD AZUL

 

NAVIDAD PARA TODOS:EL VIAJE DE PAPA NOEL



...Para esos "locos bajitos" que llegan a esta casa y para los grandes que no hemos dejado de ser niños.