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Lo catártico Por Gabriel Arturo Castro*

Lo catártico  

 

Existen dos factores fundamentales en el desarrollo del arte desde su teoría y práctica: lo ético y lo estético. La ética lleva a situar la expresión del hombre en un contexto que corresponda a su humanidad. Toda obra y posición artística dice de la acción moral del creador, de su manera de vivir y de pensar.

De acuerdo con lo anterior y siguiendo las palabras de Johannes Pfeiffer, estamos seguros que es tarea de nuestro tiempo “forjar un pensamiento y una expresión que posean fuerza crítica y sean a la vez accesibles a cuantos tengan dispuesto el ánimo y abierto el corazón”. Varias maneras del arte escaparían a tal propósito: el arte elitista, propio de una minoría selecta que privilegia el esteticismo y cuyo comportamiento está vinculado a la existencia o exigencia de una consideración social o política, equiparable a su función, lo que tiende a constituirlo como arte cerrado, de difícil acceso, generador de intereses específicos. O el arte panfletario, donde el elemento ideológico impera como un medio de doctrina y de lección.

Preferiríamos mejor aquel arte de intérpretes y creadores que acuñaron metáforas sobre la condición humana. Mencionemos a Charles Dickens, Chaplin o Kafka, visionarios de una realidad desconsolada e inhumana, revelada a través de la imaginación, el humor, la poesía, el sarcasmo y la fantasía. Igual podríamos hacer referencia a Picasso y su Guernica en ruinas (tras el bombardeo alemán, aprobado por Franco y que se hizo en día de feria, para causar el mayor daño y el mayor terror), su celebrado cuadro de la barbarie y la demencia, una obra que parte de un hecho histórico pero sublimado de la mano de los recursos expresivos.

Mediante una conmoción de orden estético realiza una conmoción catártica, recuperando la calidad ética de la obra, surgida ésta en la evocación y pasión de la tragedia.

Compromisos artísticos como los de Maiakowsky, César Vallejo, Bertolt Brecht, Peter Weiss, Augusto Roa Bastos, Miguel Hernández, Drumond de Andrade, Juan Goytisolo, Gunter Grass, Albert Camus, Luis Buñuel, Pier Paolo Pasolini, Mahmud Darwix, José  Saramago, Roque Dalton o Juan Gelman, así lo atestiguan.

Ya en la famosa obra de Tolstoi, La Guerra y la Paz, se encuentra el preludio literario a la apoteosis salvaje de  Hiroshima y Nagasaki, el mayor genocidio de la humanidad. Quizás allí también hallemos el lejano augurio de Auschwitz y su posterior réplica injusta en otros territorios (bastaría con evocar la masacre de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, Beirut, 1982, un crimen convertido en símbolo del terror de las nuevas políticas de exterminio). Recordemos que los campos de concentración son establecimientos para internamiento de prisioneros políticos, creados por los españoles en Cuba y los británicos en Suráfrica (apartheid). Fueron usados también por los militares argentinos durante la dictadura de 1976-83.

Actualmente, sólo para ofrecer dos ejemplos, funcionan los campos de la franja de Gaza y Guantánamo, conocidos por su crueldad, infrahumanas condiciones de vida, sadismo y exterminio. Cayó el muro de Berlín pero se levantaron los indignos cercos-espolones de los judíos sobre los territorios ocupados de Palestina, y el tapial de los norteamericanos en la frontera con México.

Los holocaustos aún continúan, altamente tecnificados y racionalizados y todavía subsisten formas del brutal estalinismo. Escuchamos los ecos de Siberia, Irlanda, Sarajevo, El Tíbet, Haití, El Salvador, Colombia, Guatemala, Honduras, África, y, al tiempo, como amarga coincidencia, bastaron pocos años para que el fascismo renaciera con sus lugares de la muerte.

Ética y estética, fundición que hace del arte una forma de la memoria, de la sensibilidad y del afecto, esencia y contorno en su difícil tarea de manifestar una parte del destino del hombre.  

  

*Poeta y ensayista colombiano

 

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