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TEMAS BLOG OFICIAL DE LA POETA Y ESCRITORA andaluza Carmen Camacho ©2017
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MI PARAGUAS NEGRO

MI PARAGUAS NEGRO


Al  comprobar que había olvidado mi paraguas en el mostrador  del negociado de hacienda, monte en cólera y fui echando chispas  hasta la delegación, mostrador por medio, apoye las manos en el y comprobé que el funcionario que me atendió momentos antes era ahora el dueño de mi paraguas ya que colgaba de un extremo de su mesa bastante visible ¡mi paraguas negro¡ era el mismo y  me encare con un funcionario (ex compañero) bajo y grueso supo -es un modo de decir- quién era yo. La impaciencia es en mí congénita y con el correr de los años se fue perfeccionando hasta llegar a límites intolerables. Además, andaba con los minutos contados; quería reclamar el muy traidor de Rufino al que yo gritaba cuentas.

 Dijo:

-A usted, a quien  le da por reclamarme mi propio paraguas  sepa usted ¡que no puede  quien no posee papeles  de el! , sin ton ni son, le va a venir.  Una deducía en forma de expediente...

Mi experiencia, la cara de ese hombre y sus irritantes palabras me dijeron que mi reclamación no me serviría para nada.

Yo sólo tenía una ambición: recuperar mi paraguas y  largarme, con la máxima velocidad de mis piernas.  Intenté decírselo. El funcionario, más allá de mis balbuceos, dijo:

-Resulta que yo tengo un gran sentido del humor. O, mejor dicho, tengo muy desarrollado el sentido del humor... y a pesar de su chiste este paraguas es ¡mío!

-Es lo mismo -lo interrumpí.

-Permítame, señor marques, permítame: no es lo mismo. Usted,  tendría que ser el primero en conocer y en manejar de modo adecuado la diferencia de matices existente entre los diversos paraguas que decoran nuestra  delegación de hacienda olvidados por gente sin escrúpulos.  Para ser más preciso, ya que, como usted sin duda sabrá (o, acaso, no lo sabe, y, siendo así, se lo digo ahora, ya que nunca es tarde para aprender) –probó-  era su oportunidad.

Lancé un ostentoso resoplido de impaciencia.

-Muy bien. Como le decía, yo tengo muy desarrollado el sentido del humor. Pues, en efecto, yo creo que todos nacemos con un cierto sentido del humor. Después, junto con el correr de los años (es una teoría mía), unas personas lo desarrollan más, y otras, menos. Yo, con toda modestia, creo contarme en el primer grupo, es decir, en el de las personas que desarrollan con más vigor. Menos vigor. ¿Me explico?  Espero que usted sepa perdonarme esta reserva: usted sabe que hay que obrar con prudencia. ¿Usted se ofende si le digo que el paraguas es mío?  ¿Me guardo el nombre de la paragüera donde lo compre?

-¿No  iba a  devolvérmelo? -la transpiración me corría por el cuello.

-A eso iba. Resulta que, momento, mencionar), me paso  la vida me la paso gastando bromas. Bromas de buen gusto, se entiende. Porque yo aborrezco las bromas subidas de tono, las bromas soeces… Como me la paso gastando bromas. Y no quiero incurrir en más digresiones, voy a ir directamente a la cafetería… A propósito, hay mucha gente que, de modo que tengo que ser puntual a la hora de irme a por mi café con leche y media tostada de aceite, como es lo correcto… Para su tranquilidad, le diré que usted no se cuenta en el número de esos que se abalanzan hacia el bar como muchos creen…

 Efectué un rápido pataleo de irritación.

-Vamos ya mismo  ¡enséñeme la factura donde consta la compra del paraguas! Me la paso gastando bromas…

Pensé que esta impertinencia lo haría cambiar de estilo.

-En efecto, señor marques: cuyo nombre prefiero, por el momento, no mencionar -replicó, agraviado-. Y le ruego que respete las razones que me llevan a adoptar estas prisas en asunto tan delicado como es mi media hora para desayunar. Pero debo decirle, asimismo, que no pensaba ahora repetir ese concepto, pues tenía la idea, ahora veo que errada, de que dicho concepto había quedado bastante claro. Por eso, es ágil y rápida, razón por la cual odio las repeticiones, los circunloquios y las digresiones de personas   poco avezadas,  no tengo ahora más opción que reiterar aquella idea: así es, mi estimado señor marques, prefiero, por el momento, me atrevo a conjeturar que con eficacia,  que este paraguas no es de usted, gracias a mi gran dominio de mi trabajo.

En casos así adopto actitudes teatrales:

-Si es necesario -gemí-, se lo suplicaré de rodillas y con lágrimas en los ojos: por lo que más quiera, ¡desvuélvame de una buena vez  mi paraguas!

-Es lo que haré de inmediato  (aunque no sea suyo) cuando regrese de desayunar. No hablaré más, no diré que prefiero no mencionar su nombre, no diré que me desempeño con eficacia en mi función ya mencionada. Y más aún me guardaré de decir el nombre de la paragüera Todas estas útiles informaciones dejaré, con dolor, en el tintero (metáfora, por otra parte, nada original, pero que puede emplearse lícita, aunque paradójicamente, en la lengua oral). Y relataré, sin permitirme la menor reflexión acerada ni el mínimo juicio lapidario.

 Consideré prudente guardar silencio.

 

(Cuentos del Marques de Posadas Ricas)

©Carmen María Camacho Adarve

 

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