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Vóciferación

JAVIER MARÍAS

EL PAIS SEMANAL - 12-03-2006

Un nutrido grupo de corresponsales extranjeros en España, bajo la coordinación de uno de ellos, Werner Herzog –al que no debe confundirse con el irregular cineasta del mismo nombre–, acaba de publicar un divertido libro del que lo único soso es el título, poco original, de ¡Vaya país!  La mayoría de estos periodistas alemanes, franceses, británicos, norteamericanos, holandeses, mexicanos y de otras nacionalidades llevan ya bastante tiempo viviendo aquí, sobre todo en Madrid o en Barcelona. Pero como se ven obligados a viajar con frecuencia por la Península entera y por las islas, poseen un conocimiento bastante amplio de la nación en su conjunto.  Casi todos están ya acostumbrados a nuestros vicios, peculiaridades y manías, y dan la sensación de sentirse bastante a gusto entre nosotros, superadas sus iniciales perplejidades, fobias y espantos, y la mirada que por lo general arrojan posee una mezcla de ironía y afecto que invita a sonreír al nativo y que casi nunca lo ofende (bueno, en mi lectura el nativo era yo, así que no sé).  Me permito destacar tres piezas que me han hecho especial gracia: la de la francesa Martine Silber, con una inesperada visión de las inagotables paciencia y resignación de los españoles; la del alemán Peter Burghardt, de gran comicidad ocasional (quizá por haber hecho considerables esfuerzos, coronados por razonable éxito, para comportarse como un madrileño); y la de su compatriota Paul Ingendaay, quien al parecer tiene un librito entero dedicado a España y que es lástima que no se haya traducido a nuestra lengua, vista la gracia con que en esta antología relata y describe un par de festejos o galas, uno con Julio Iglesias por medio, en Andalucía, y el otro con José María Aznar encaramado a El Escorial.

Ahora bien, a lo que estos veteranos periodistas no han logrado acostumbrarse, y así lo señalan unos cuantos, es a lo lunáticamente que se vocea y grita en nuestro país.  No me extraña: yo mismo, en mi calidad de aborigen, me pregunto a menudo por qué será. No creo que los españoles en general seamos duros de oído, aunque, si bien se mira, tendríamos todas las papeletas para serlo, dado el insoportable y constante ruido que padecemos, causado principalmente, como resulta innegable y archisabido, por quienes deberían evitárnoslo y protegernos de él, es decir, por las autoridades municipales, gubernamentales y autonómicas, en este orden.  Tal vez todo se reduzca a eso y aquí empiecen y acaben los motivos de la permanente vociferación.  Puede ser.  Lo cierto es que, cada vez que uno vuelve de un viaje al extranjero, lo que más le confirma que está de regreso, que de nuevo pisa España, es el desaforado tono de voz de la población. Aquí se ve a niños diminutos que sin embargo chillan con una potencia inverosímil para su tamaño y sus delicados rasgos; a ancianos decrépitos que casi no pueden moverse pero que se quejan o dan órdenes a sus familiares a berridos, nada acordes con su cadavérico aspecto y su cristalina fragilidad; las mujeres, a las que en otros lugares se concede en principio ciertas dulzura y suavidad comparativas, son aquí con frecuencia máquinas parlantes de maravillosa estridencia; y los hombres, por supuesto, a menudo dan la impresión de no poder dirigirse la palabra sin acallar con decibelios al interlocutor. No hay discriminación en esa sobrehumana capacidad:  ni por sexo, ni por edad, ni por clase social, ni por ideología.  Chillan los políticos de todas las tendencias, y no sólo eso, sino que duplican o triplican el número de acentos de nuestros vocablos, a poco largos que éstos sean, y así elevan la voz dos o tres gratuitas veces cuando dicen “déscongestiónamiento”, o “pérmeábilidad”, o “cónfratérnización”. Prueben a imitarlos, verán que es matador.

De todos es conocido, claro, el guirigay de los espacios cerrados, se trate de un restaurante, un bar, el Parlamento o un plató de televisión, y ya se sabe el proceso obligadamente infinito: como nadie oye nada, todos alzamos cada vez más la voz al mismo tiempo, por lo que cada vez se oye menos y pasamos a vociferar, con el mismo resultado, y así hasta perder el escaso juicio. Lo más llamativo, con todo, es que en mitad de la noche, en las calles vacías, cuando nadie ahoga con su griterío a dos viandantes que van conversando, éstos hablen igualmente a voces, a las cinco de la mañana como si fuera las de la tarde. Los corresponsales extranjeros no se lo explican, y lamento no poder ayudarlos, pese a mi condición de indígena.  A veces me pregunto si no es un exhibicionismo tan arraigado como invencible, el mismo que lleva a los ciudadanos a elevar aún más el tono si se pegan un móvil al oído:  “Que se entere todo el mundo de lo que le tengo que decir a este”, parece ser la declaración de intenciones.  Otras veces pienso que es una ilusa manera de querer tener razón:  “Cuanto más chille, más avasallarán mis argumentos cretinos a quien me escuche.  Por lo menos me van a oír”.  Y otras, finalmente, tiendo a creer que este país no soporta el secreto ni la discreción.  Si me dan a elegir, no sé cuál de las tres alternativas es peor.

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