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TEMAS BLOG OFICIAL DE LA POETA Y ESCRITORA andaluza Carmen Camacho ©2017
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Desde que era un preadolescente he oído hablar con admiración de Enrique Jardiel Poncela. De eso se ocupó mi madre, que lo sigue teniendo en un "altar", el altar de los autores que más la han hecho reír. 
Siempre me habló de "Amor se escribe sin hache", que fue la primera novela del escritor que leí, en una edición antigua, regalo de la misma que lo encumbró en mis oídos. 
Después vendrían la obra teatral "Eloísa está debajo de un almendro" y la novela "La tournée de Dios", libro que me dejaría una honda impresión. 
También tuve la ocasión de ver en el teatro Español "Carlo Monte en Montecarlo". 
El universo jardielesco se expandía y siempre tenía la sensación de que tras la risa -tan bien lograda- había mensajes de calado. Especialmente hondo en "La tournée..." que mencionaba antes. 
La obra teatral que hoy comento aparenta una exquisita frivolidad, fluyendo deliciosamente. El argumento se basa en una mujer que es infiel a su marido y sin embargo... ¡ama más al marido que al amante! Y el amante... se lleva un soponcio, y el marido... una alegría al alegrarse de semejantes cuernos. 
La señora -Fernanda- además es tan considerada que se inventa un marido muerto, es decir que el amante cree que ella es viuda, y el amante que elige es un hombre tan prestigioso como el propio marido (aunque en otra disciplina artística), como para no hacer de menos al esposo. Por todo ello llaman al adulterio "decente". 
Pero... hete aquí que el marido -Eduardo- piensa que ella desprecia su música (él es compositor de gran éxito). Y esto no es baladí: aunque ella no hace más que hablar a su amante del talento del músico -Federico, el amante, cree que sólo es un amigo de lacasa- Eduardo piensa que ella desprecia su música. ¿Por qué lo piensa? Es algo en lo que la comedia no profundiza pero nos deja el anzuelo para que lo piquemos y vayamos encontrando los motivos por nosotros mismos. ¿Acaso falta comunicación en la pareja? ¿Acaso ella teme que él se vuelva un fatuo si alaba su trabajo? ¿Acaso está mal visto hablarle bien al esposo de su trabajo? 
En la misma línea el final del libro -que no desvelaré- que deja al lector material para que reflexione, entre risa y risa. 
Algo de lo más encantador de ésta y otras obras de Jardiel Poncela es la maravillosa fluidez del diálogo que, tomando afluentes muy variados, corre con rapidez y suavidad. Hay escenas en las que varios personajes de muy diverso carácter y condición participancon sus frases breves sin que unos se pisen a otros, en una comunicación perfecta que resulta de una sorprendente naturalidad, sorprendente pues la vida real no es así. En esos diálogos no falta nunca el personaje avispado que permite al autor lucir su ingenio, ni el personaje medio bobo o terriblemente inocente que permite salidas inesperadas que también provocan la risa. Bárbara, una de las dos tías de Federico, el amante, es un "alma cándida", alguien que me parece el embrión (sale poquito) la desternillante Miranda Boronat que Moix retrató en "Chulas y famosas". Tanto es así que en la propia obra se justifica que se la llame Baruti en lugar de Bárbara. Su perfil le lleva a decir cosas absurdas como: 
"¿Qué buen día, verdad, maestro? Desde que han cambiado de director en el Observatorio Astronómico hace un tiempo magnífico".
Página 58.
Los graciosos momentos que nos proporciona se unen al despiste monumental del doctor Cumberri. Un hombre por el que todo el mundo confiesa veneración y al que reconocen como sabio, cuando menos por el tamaño descomunal de su distracción permanente. Tanto es así que toma los tapones de los radiadores de otros, pensando que son el suyo, lleva dos paraguas o se pone el abrigo pensando que es la americana. Este caso me sirve para incidir en esas cosas que, bajo las risas, te hacen pensar: el doctor es un olvidadizo pero... siempre se olvida para quedarse con objetos de los demás: encendedores, pitilleras, o los tapones de los radiadores que mencionaba antes. Como se decía en aquella época cuando el tendero se equivoca en las cuentas a su favor: "siempre barre para dentro". También es muy reseñable el principio de autoridad que tiene el "doctor" para todos los demás personajes. Sin embargo Jardiel Poncela hace una crítica ácida de los profesionales de la medicina, tanto a través de la figura del Dr. Cumberri como también a través de otros médicos que pasan muy brevemente por la obra.
Según se nos cuenta en el prólogo de esta cuidada edición el autor se vio obligado a terminar la obra a una velocidad de vértigo, y los autores ensayaban la obra según le iban "arrebatando" las cuartillas recién escritas. De hecho no quedó satisfecho con el tercer acto y quiso redactarlo de nuevo pero le convencieron para no hacerlo ya que de otra forma la compañía teatral se habría quedado dos semanas sin comer. 
A ello atribuyó Enrique Jardiel que la obra, siendo un éxito, no tuviese tanto como otras.
Disintiendo del genio me permito pensar que ese éxito "reducido" se debió al mensaje final de la obra y no a que el tercer acto no esté estupendamente escrito...
En fin, una exquisita lectura plagada de incorrección política, ingenio, risas y una solidez argumental enorme que queda "maquillada" por el entramado del humor en el que a Jardiel no le podía ganar nadie.
Guillermo Arroniz

 

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