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La tercera copa

La  tercera copa LA TERCERA COPA

La copa tercera, puede ser igualmente la sexta, pero lo importante no es el número, si no mas bien, digamos el concepto, con el permiso de la policía, que emplea la noche para detener a jovenzuelos díscolos que van tan campantes a bordo de sus coches, prometiéndoselas muy felices, acompañados por jovencitas algo piripis, hasta que les toca soplar en la prueba de alcoholemia.

¡Oh¡, maldito botellón con tibieza traidora de promesas y eructos alrededor de vasos de plástico de medio litro. Esa incertidumbre metafísica del calimocho y del craso error matemático de los chupitos. De nada les vale a las criaturas achispadas, alegres, e irresponsables, los estudios de ciencias económicas ni los master en Nueva York o en las mas prestigiosas universidades de reconocimiento mundial.

Porque los Alcaldes que sueñan con ciudades empedradas, con continuas penetraciones de excavadoras, no atiende a ecuaciones donde lo primero es averiguar el número, se valen de la cuenta de la vieja. Tanto mide el grado de alcohol en sangre, tanto no esta usted señorito en sus cabales, por mas que trate de mantenerse compuesto y entero, aunque eso si este en su sano juicio y capacitado para apoquinar las multas.

Pobrecitos víctimas de su torpeza y la sumisión democrática. Parar empinar el codo con sus camisas blueberry, el cabello engominado, son los primeros en caer, en medio del entusiasmo de sus risotadas.

Después del botellón los mas adinerados continúan a paso de baile, solo aspiran a que todo siga, con la triunfante sensación del todo vale, y optimismo de campanillas que incita a seguir con el bebercio.

Lo mas peligroso de este otro trago es esa amenaza (mayormente velada) de una caída irreflexiva en el amor Universal. Ese digamos momento en el que todo el personal están encantado de conocerse y se quieren mucho. A la par de considerarse seres excepcionales y estupendos, se dan muchos abrazos y besos viéndose entre los elegidos. La cosa se pone babosa y ridícula, sin necesidad de consumir antidepresivos ni psicotrópicos... Con tal de seguir trasegando.
Claro que las situaciones engañosas no duran mucho, y todo se va al garete cuando la gente caen bajo el peso del feliz amodorramiento. Y se inician las disputas bárbaras y demencia herida.

Los que sobreviven corren hacia los locales donde se toma la tercera copa, los camareros de estos garitos son seres hechos en pendencias y desasosiegos, impasibles ante la sed y los reproches. La camareras de buen ver -es lo normal-, despachan a la purria dando codazos y empujones para poder hocicar en sus dominios con una dureza que supera a las cantineras del salvaje oeste.

La realidad es entonces un caleidoscopio de las mas peregrinas ideas, cuelgan las conciencias en una percha del guardarropa y se abre la botella de las emociones como en un carrusel de sensaciones encontradas y aturdimiento colectivo.

Es la hora de salvese quien pueda, mientras se evitan o se hace cola en los baños. El personal enrojecido y enronquecido aporrean las puertas de los retretes.

A la misma hora en la que se desperezan las alimañas y ogros.

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