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“Malos amigos enemigos...” Por José Luis Díaz-Granados*

En el universo literario de las memorias, existe un peculiar método de realizar las semblanzas hechas por seres que yo no vacilo en denominar como “malos amigos enemigos”, utilizando un verso muy conocido de Pablo Neruda en un poema de Estravagario. 

Me refiero a un tipo de biógrafo ambiguo que se autopresenta como “íntimo amigo”, “confidente”, “hermano del alma”, “hijo espiritual” y “compadre fraternal” del biografiado y que sin embargo se debate a todo lo largo del libro entre el ser y el no ser que ama y que no ama a su personaje, y que en últimas, lo que quiere es adueñarse de su mito y acabarlo de una vez por todas.

La relación entre ese memorialista y su biografiado es algo así como lo que los psicoanalistas llaman “amor-odio” y en los últimos años sus libros han venido apareciendo en forma sistemática. Lo que llama la atención es que por lo general son semblanzas o biografías de personajes de la izquierda, escritas por “entrañables amigos”, situados políticamente a la derecha.

En este caso, la ambigüedad del autor se da desde el principio del libro: es “íntimo del alma” del personaje, cuenta dos o tres anécdotas muy afectuosas con las que, además, prueba públicamente la estrecha relación afectiva entre uno y otro, luego pasa a relatar los elogios y distinciones de que fue objeto durante años por parte del famoso, y finalmente “demuestra” con base a infidencias o exageraciones de mala fe, que el tan grande hombre no era (o es) ningún revolucionario sincero ni posee sensibilidad social alguna.

En Chile conozco dos casos con respecto a Neruda: el de Enrique Lafourcade con su libro Neruda en el país de las maravillas y el de Jorge Edwards con su libro de memorias Adiós, poeta. Seguramente existen muchos más, pero no he tenido hasta el momento el dudoso honor de conocerlos.

Como Lafourcade no hace en su libro alardes de intimidad con Neruda --- aunque pretende arrancar algunas hojas de la corona de laureles del poeta ---, no me ocuparé de sus capítulos. Con Edwards, la cosa es a otro precio.

El susceptible y bilioso autor de Persona non grata, intentó quizás quitarle el cetro al maravilloso Volodia Teitelboim en la hazaña de contar la vida de Pablo Neruda. Y narra en su libro cómo el poeta lo distinguió desde sus mocedades invitándolo al círculo íntimo de Isla Negra, cómo le paseó de un lado a otro en el mundillo literario de Chile y de América, hasta Europa; cómo le permitió entrar en la intimidad de su crisis matrimonial y arbitrar la relación entre Delia del Carril y Matilde Urrutia, y cómo le confidenció amoríos fugaces, adicciones báquico-gastronómicas, ocasionales achaques de salud y hasta impresiones políticas, que desde luego, Edwards acomoda para sus fines particulares. Además, cuenta cómo fue siempre invitado de honor a contemplar las siestas del minotauro y en alguna ocasión, a presenciar una abundante orinada callejera por parte del poeta de Temuco.

De todo ese rosario de confidencias e infidencias, el periodista pretende bajar a Neruda de su pedestal de revolucionario, con argumentos pedestres: que Neruda tenía gustos burgueses, que era “alessandrista” (porque era partidario estético de una bella sobrina del presidente derechista) que era grosero y agresivo con sus contradictores, y que alguna vez Delia del Carril le prestó a Octavio Paz  una peinilla “sencillamente asquerosa”.

En síntesis, el gran Neruda, el gran señor de la poesía del siglo XX, par de Picasso, Alberti y Aragón, queda reducido a su mínima expresión de niño glotón, caprichoso, majadero, crítico mordaz y terrible del socialismo, infiel, bebedor y perezoso. ¡Qué buena muestra de amistad!.

Algo parecido le ocurrió al escritor y presidente dominicano Juan Bosch, conocido por su lealtad a las causas progresistas y populares, convertido de pronto en un muñequito de trapo y de caucho, enclenque político y pobre diablo, por un rumano de apellido Baciu, “íntimo amigo del alma” del expresidente.

Tampoco escapó a esta extraña apología de la amistad el escritor guatemalteco Miguel Angel Asturias. Su coterráneo Luis Cardoza y Aragón, excelso poeta y paradigma de transparencia intelectual, escribió una ambigua biografía novelada del autor del El señor presidente en donde se muestra como uno de sus “dos o tres amigos íntimos” y sin embargo escribe que es un alcohólico, que se viste de cucurucho (nazareno) en la procesión del Cristo en Semana Santa. “Imagino, escribía Cardoza, que la embriaguez desempeñaba en Miguel Angel la misma misión de la plegaria: un refugio, un ocultamiento, una ausencia, un rapto, una manumisión”. Más adelante reconoce en él que es “un tipo de guatemalteco popular, refinado y culto, vulgar a veces” y que más que una persona era un personaje.

A lo largo de las 250 apretadas páginas de su libro, Cardoza y Aragón eleva a Asturias a alturas sobrenaturales, pero entre líneas recuerda cómo lo rescató en un bar del Hotel Continental de una embriaguez de días y cómo lo llevó sucio y en calcetines a su casa. Anécdotas por el estilo cuenta por docenas, aunque reconoce que “intentar descender a Miguel Ángel no es sencillo porque tiran de él y se quedan con sus pantalones”.

En ese ir y venir de elogios y denuestos descubiertos o encubiertos, encontramos que a Gabriel García Márquez también le han dedicado más de una vez esta clase de semblanzas  por parte de compañeros y hermanos de toda la vida. Siempre estos amiguísimos, compadres del espíritu y de navidades, camaradas de penurias y de juergas, en el colmo de su adoración y devoción por el celebérrimo amigo, terminan amañando anécdotas e interpretando a su manera sus posturas intelectuales y políticas, para culminar revelando hasta sus posturas sexuales.

Afortunadamente, no dejan de ser sino moscas que buscan sólo la porquería, “malos amigos enemigos, conocidos desconocidos que no volverán a mi casa”, como lo sentenció el gigante de Isla Negra en un poema que tituló con ancha satisfacción Por fin se fueron!

 

*José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946), poeta, novelista y periodista cultural. Su novela Las puertas del infierno (1985), fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. Su poesía se halla reunida en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).

 

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